viernes, 26 de abril de 2013

Francis Parker Yockey-Imperium



INTRODUCCIÓN

AL HEROE DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Was mich nicht umbringt, macht mich stärker.
(Lo que no me destruye, me fortalece)

NIETZSCHE

En la obscuridad, pude distinguir la silueta de este hombre ‑este hombre extraño y solitario ‑ a través del espeso alambre. En mi interior, maldije la pesada reja que impedía nuestro careo. Porque a pesar de que nuestro mutuo anfitrión era la Cárcel del Condado de San Francisco y aunque el hombre a quien visitaba estaba encerrado en pié de igualdad de ladronzuelos y criminales, me daba cuenta de que me encontraba en presencia de una gran figura, y podía sentir a la Historia erguida ante mí.
Ayer, los titulares de los periódicos hicieron estallar su sensacional descubrimiento. “El misterioso hombre de los tres pasaportes encarcelado aquí”, anunciaban. Un hombre misterioso ‑malvado‑ había sido capturado. Un hombre acostumbrado a hechos obscuros y ‑mucho peor‑ a pensamientos prohibidos también, alborotaron los periodistas. Un hombre que había atravesado la Tierra en misteriosas misiones y que había sido considerado tan peligroso que su fianza había sido fijada en 50.000 $ una cifra de diez a veinte veces mayor que la normal por fraude de pasaporte. La excitación de los periódicos y el misterio de que se rodeó el caso parecían indicar que este desesperado era un gángster internacional o un agente comunista de primera fila.
Por lo menos, esto es lo que los periódicos insinuaron. Pero ahora yo sé que esta “prensa libre” que padecemos se equivocó en muchas cosas.
Ahora yo sé que el único crimen auténtico de Francis Parker Yockey fue escribir un libro, y por ello debía morir.
Es casi siempre imposible comprender la esencia de la grandeza. Existen los hechos conocidos de una gran vida, pero los hechos están inanimados y prácticamente mudos cuando buscamos la realidad esencial de una personalidad creadora. Pero repasemos algunos de los hechos que conocemos de una vida que es a la vez significativa, fascinadora y trágica.
Francis Parker Yockey nació en Chicago en 1917. Asistió a universidades americanas alcanzando el título de Bachiller en Artes en 1938 y, tres años después, el de abogado en Notre Dame, donde se graduó cum laude.
Desde su infancia Yockey se hizo notar por su prodigioso talento, que provocó el resentimiento de muchos. La Historia nos revela que la combinación de originalidad y alta inteligencia en unos pocos individuos es esencial para el progreso humano, pero los mortales admiramos más esas cualidades en las biografías que en los compañeros de clase, los amigos o subordinados.
Yockey era un pianista a nivel de concierto; también era un dotado escritor. Estudió idiomas y se convirtió en lingüista. Como abogado, nunca perdió un caso. Poseía una comprensión extraordinaria del mundo de las finanzas... lo cual es sorprendente, porque sabemos que en su filosofía la economía es relegada a una posición relativamente poco importante. Y es como filósofo que Yockey llegó a la cumbre y como a tal se le recordará; fue un hombre de una visión increíble. Además, su personalidad se completaba con el precioso don del sentido del humor.
Como la gran mayoría de americanos, Yockey se opuso a la intervención de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. No obstante, se alistó en el Ejército y sirvió hasta 1942, donde recibió una honorable licencia médica. Durante los siguientes años se dedicó a la práctica de su carrera, primero en Illinois, y después en Detroit donde fue nombrado Ayudante del Fiscal del Condado de Wayne County, en Michigan.
En 1946, a Yockey se le ofreció un empleo en el tribunal de los crímenes de guerra y fue destinado a Europa, concretamente a Wiesbaden, donde los Nazis de “segunda línea” debían ser juzgados y castigados. La Europa de 1946 era un continente asolado por la guerra, no la próspera tierra que conocemos hoy. Contemplando las matanzas, y viendo con sus propios ojos los efectos del inmundo Plan Morgenthau cuyo propósito era la muerte por inanición de treinta millones de alemanes, y que estaba poniéndose en práctica en aquél momento, él debió, sin duda, sentir reforzada su convicción de que la entrada de América en la guerra había sido un espantoso error. Y sintiendo la fuerza del siniestro poder del Este, probablemente debió preguntarse qué intereses estaban siendo protegidos con una tal “victoria”.
Como el Senador Robert A. Taft y muchos otros hombres de aquélla época que tuvieron el coraje de declarar sus convicciones, Yockey llegó a la conclusión de que todo el procedimiento de los “Juicios por crímenes de guerra” servía a los intereses ‑y había sido creado para servir los intereses - del comunismo internacional. El uso de la tortura, la falsificación de pruebas y el uso de leyes ex‑post‑facto ante un tribunal que era juez, jurado, fiscal y defensa a la vez constituían solamente una parte de los absurdos aspectos jurídicos. De una mayor importancia fue la reversión al barbarismo inherente a aquél espectáculo: una reversión tan sutilmente explorada más tarde por el británico F.J.P. Véale en “Advance to Barbarism”.
Durante once meses, el trabajo de Yockey en Wiesbaden consistió en preparar informes sobre diversos casos. Poseyendo un completo conocimiento de la Historia, intentó llevar a cabo un trabajo objetivo. Finalmente en Washington, alguien se quejó, y fue llamado por su inmediato superior: “No queremos esta clase de informes”, se le dijo. ”Los suyos tienen un sesgo equivocado. Deberá usted escribirlos de nuevo alineándolos con el punto de vista oficial”.
Yockey sintió que había llegado el momento de tomar una decisión a pesar de que ello significara la ruptura con el conformismo y la inmersión en las solitarias aguas del ostracismo social. “Yo soy un abogado, no un periodista”, dijo “tendréis que escribiros vosotros mismos vuestra propaganda”; y dimitió en el acto.
Después del incidente de Wiesbaden, regresó a América donde permaneció cinco meses. Pero de acuerdo con el gusto de la WeItpolitik fue incapaz de instalarse de manera permanente. No pudo soslayar el insistente sentimiento de que debía inmolarse a sí mismo en las llamas de la controversia. Y esta convicción conturbó de tal modo su mente que se dio cuenta de que no tenía elección.
Fue a finales de 1947 cuando Yockey regresó a Europa. Se instaló en una tranquila posada de Brittas Bay, en Irlanda. Aislado, concentrado en sí mismo, empezó a escribir, y en seis meses ‑trabajando sin notas‑ Francis Parker Yockey completó “Imperium”.
La formidable tarea de publicarlo fue el siguiente paso. Nuevamente Yockey debió enfrentarse a serios problemas, pues ningún editor quería saber nada del libro, encontrándolo demasiado “polémico”. Los hambrientos editores de nuestros adelantados tiempos saben que cualquier montón de basura, suciedad, sexo, sadismo, perversión e insanidad se venderá si está envuelto entre dos llamativas cubiertas y recibe el nombre de libro, pero saben también que bajo ninguna circunstancia deben permitir a los lectores entrar en contacto con una obra seria a menos de contener los acatamientos standard hacia los reclamos de la igualdad, la democracia y la fraternidad universal.
No obstante, finalmente Yockey consiguió asegurar la necesaria financiación y la producción del libro se llevó a cabo.
La primera edición de “IMPERIUM” se hizo en dos volúmenes. El I Volumen consta de 405 páginas y tres capítulos. El II Volumen, de 280 páginas y también tres capítulos. Ambos fueron publicados en 1948 en el nombre de Westropa Press. El I Volumen fue editado por C. A. Brooks & Co. Ltd. y el II Volumen por Jones & Dale, ambos de Londres. Los dos volúmenes miden 5 por 7 y media pulgadas y llevan una sobrecubierta en rojo, con el título escrito en negro sobre un fondo blanco.
Se sabe que tan sólo mil ejemplares del I Volumen y doscientos del II Volumen se terminaron. La discrepancia en la cantidad y el cambio de casa editora parece indicar que existieron dificultades en financiar la edición. Los ejemplares de la primera edición, naturalmente, no pueden obtenerse hoy en día.

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