jueves, 25 de abril de 2013

Relato del alboroto en una reunión

Relato del alboroto en una reunión
(por Kurt Massmann)


En cierta ocasión se celebró una reunión en un suburbio obrero. Había sido convocada por nosotros, estudiantes nacionalsocialistas. El local era muy pequeño. Una sola unidad de las SA guardaba las entradas. Aproximadamente a las nueve, y al objeto de proteger a los participantes de posibles ataques...
A las ocho en punto, el orador, el gigantesco Schirmer, que era quien tenía que hablar aquella noche, se enrolló las mangas de la camisa y, sonriendo amistosamente, dio una palmada con sus manazas. Schirmer había permanecido en la URSS durante tres años y, por lo tanto, se encontraba familiarizado con la tensión del ambiente que allí se respiraba. A su regreso a Alemania se convirtió al nacionalsocialismo en cuerpo y alma, y puede decirse que era de los que sabía llegar hasta lo más profundo de los tímidos burgueses, inquietos ante el peligro del socialismo. ¡Un gran hombre! Un hombre al que podía uno confiar todo su dinero con la seguridad de que antes moriría de hambre que tocar una sola moneda.
Se contaba de él que una vez fue presentado al Führer. El hombre alto y rústico al que nunca se le había cortado la palabra, en aquella ocasión permaneció de pie, atragantándose, parpadeando y sólo acertó a decir finalmente: «Bien, Adolfo Hitler...” y, repentinamente, le estrechó las manos con entusiasmo. Entonces volvió a sus cabales, enrojeció y ¡oh milagro!, se irguió, saludó y diose media vuelta con la cara seria.
Gran tensión reinaba en el ambiente desde hacía media hora. Schirmer permanecía de pie en el fondo de la tribuna, cruzados sobre el pecho sus poderosos brazos, y su sonrisa tranquila iba de una parte a otra del salón. Gradualmente esta sonrisa fue produciendo su efecto y, poco a poco, la tensión fue disminuyen do y dando lugar a un aire de  expectación. Alrededor de las 8:30 Schirmer tomó una jarra de agua, bebió un trago, colocó parte del agua en un vaso y la arrojó cuidadosamente por encima de las cabezas de los hombres de las SA, ' directamente al cuello de un hombre de la primera fila que había estado chillando, abucheando y animando a la multitud durante todo el tiempo. Entonces, Schirmer, bruscamente y con poderosa voz, gritó: «¡Quietos! ¡Ahora voy a hablar!» La calma se instaló en el salón a partir de ese instante. Hablaba de forma simple, con palabras claras y en el lenguaje corriente y diario de aquellos trabajadores. Ellos le escucharon. En la mitad del salón, en el lugar donde se habían iniciado los desórdenes durante la noche anterior, estaba un pequeño judío con gafas, encaramado sobre una silla, que comenzó al mismo tiempo un discurso de oposición en un tono desagradable, con voz estridente, como un eunuco.
Schirmer hizo un gesto desdeñoso con las manos y continuó hablando en un tono de voz tan poderoso que el eco resonaba en las paredes y ahogaba completamente al quisquilloso hombrecito levantado sobre la silla. Sin embargo, éste persistía en su idea de romper la reunión y aumentaba sus gesticulaciones. Cuando Schirmer, que había estado hablando acerca de la unión y de la comunidad de los hechos y de los actos del pueblo, hizo una pausa momentánea, pudo oírse al pequeño judío chillar: «¡Trabajadores, proletarios, vuestro frente es el proletariado internacional, vosotros...!». No pudieron oírse más palabras. Schirmer se abrió paso a través de las gruesas filas de los hombres de las SA y avanzó hacia la multitud rugiente que rodeaba al pequeño judío, líder y orador de los comunistas. El judío cortó bruscamente su discurso con asombro, y, aunque estaba rodeado por trescientos cincuenta camaradas, bajó rápidamente de la silla, con la agilidad de un mono, y retrocedió unos cuantos Pasos. Schirmer se encogió de hombros y una torva expresión se extendió por su cara; entonces volvióse hacia la gente del salón y gritó: «¡Trabajadores! Mirad al bastardo que habéis traído aquí y miradme después a mí. Yo soy un trabajador como vosotros. Trabajo con mis brazos como vosotros. ¿Vais a seguir a éste o a mí?»
Por su parte, el judío chillaba: «¡Camaradas, quiere provocarnos!». Schirmer no pudo hablar más en medio del creciente tumulto. Bruscamente se subió de nuevo a la tribuna y desde allí continuó hablando de nuevo.
El pequeño judío se había colocado otra vez sobre su silla; realmente tenía razón en temer que la gente fuera influenciada por el otro orador, y dio la señal de disolver la reunión. «¡Adelante ‑dijo‑ Moscú, adelante!». En un momento el caos se apoderó del salón. Schirmer permanecía de pie en la tribuna y gritó unas cuantas veces la palabra «Alemania», que resonó en la reunión con tal fuerza que podía oírse su eco. «¡Alemanial» sonaba como una llamada de trompetas. No sé si realmente esta palabra formaba parte de su discurso o si fue la última exhortación lanzada en el inicio de la pelea. Inmediatamente se lanzó a la refriega con sus poderosas fuerzas. En este momento la puerta principal del salón se abrió y apareció la segunda unidad de las SA. El pequeño judío, que hacía un minuto parecía un desgraciado Napoleón, permaneció de pie en su silla, totalmente paralizado. Schirmer, que estaba golpeando a sus oponentes a derecha e izquierda, se hallaba muy próximo al judío, conjuntamente con una pareja de hombres de las SA. En un movimiento realmente artístico, el judío se lanzó de su silla y corrió como una comadreja a través de todo el salón, entre la gente que se peleaba, lanzándose por una ventana cerrada al patio, rompiendo cristales y dejando a todo el mundo tras él. Por unos instantes una carcajada general atronó el salón.
Con verdadera prisa los comunistas se precipitaban a través de las puertas abiertas. Solamente un pequeño grupo de ellos se defendían tenazmente en un rincón. Me di cuenta de que aquellos que resistían eran precisamente los mejores entre los comunistas, la mayoría antiguos trabajadores. Pronto se rompió toda resistencia y les fue permitido a estos últimos salir del salón sin ser molestados, una vez terminada la pelea. El salón era una escena de desolación. No se mantenía en pie ni una sola silla, y los destrozos se esparcían por todas partes. Algunos comunistas, desde luego ninguno del último grupo resistente, habían empleado en la lucha cascos de botella y vasos rotos.
Aproximadamente ocho hombres de las SA habían recibido heridas serias causadas por estas armas primitivas, pero eficaces. Las caras de algunos estaban tan cubiertas de sangre que les impedía ver; tuvieron que ser sacados del salón como si fueran ciegos.
Varios comunistas permanecían tendidos sobre el suelo. Cuando los médicos de las SA comenzaron a atender a sus heridos, un viejo trabajador de noble rostro que había luchado hasta el final y se había defendido con verdadero valor cambiando golpe por golpe, sacó de su bolsillo el carnet del Partido, se arrancó su insignia y, entregando ambas al gigante Schirmer, a quien había pedido ver, le dijo, estrechando sus manos: «Ahora estoy ya curado». Inmediatamente pidió una insignia de los trabajadores pertenecientes al Partido nacionalsocialista y firmó una hoja de inscripción en blanco.
Los pequeñoburgueses se quejaban de los términos salvajes que imperaban en la política; decían que las cosas no irían bien en Alemania con aquellas gentes dispuestas a entrar en camorra unos contra otros. No sabían lo que estaba en juego. La lucha por el alma del hombre alemán y de la nueva Alemania había comenzado; las peleas que se registraban en los centros de reunión y en las asambleas eran parte inseparable de esa lucha.
Nosotros, los estudiantes nacionalsocialistas, no íbamos a los barrios de las clases trabajadoras a que nos rompieran nuestras cabezas por nada. Ni tampoco lo habríamos hecho por ganar una docena de votos para una u otra elección; nada de ello valía la pena. Podíamos haber tenido discusiones académicas por las tardes, lo que, por lo menos, hubiese sido menos peligroso.
Pero luchábamos por el trabajador alemán. Queríamos ayudarle a obtener su puesto en la nación y, para ello, a veces teníamos que utilizar nuestros puños y las patas de las sillas, a fin de captarlo y alejarlo de sus «dirigentes», que permanecían detrás de él, y conducirle hacia nosotros.

(DeKanzpf: Lebensdokiimente deutscher Jugend von 1914‑1934,compilado y editado por Berth Roth [Leipzig: Phillip Reclam jun., Verlag, 19341, pp. 228‑232.)

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