miércoles, 15 de mayo de 2013

Analisis Comparativo de las Enciclicas "Mit Brennender Sorge" y "Divini Redentoris"




 ANÁLISIS COMPARATIVO DE LAS ENCÍCLICAS ‘MIT BRENNENDER SORGE’ y ‘DIVINI REDEMPTORIS’

Me han mandado desde Covilhã, sin indicación de procedencia, un ejemplar totalmente nuevo del volumen del dominico J. V. Ducatillon tituladoLa guerre, cette révolution,publicado en 1941 con todas las licencias necesarias en Nueva York, en la conocida colecciónVoix de France.
En Covilhã sólo conozco a una señora que es amiga de mi casa, pero ésta, si quisiera regalarme un libro, no se escondería.
De suerte que no tengo la mínima idea de quien haya tenido la gentileza de obsequiarme tan hidalgamente. Y quien quiera que haya sido, aquí le dejo mis agradecimientos.
Las 290 páginas que forman este libro son una preciosidad como exponente del estado de confusión, incomprensión, pasión y morbidez a que llegó la mentalidad de ciertos sacerdotes católicos, y, por lo visto, en particular, la Orden de los Predicadores.
No quiero generalizar; pero no he de ocultar que fue de esa Orden donde han salido semanarios doctrinarios deplorables como elTemps Présenty elSept,y ciertas páginas tristes de laVie Intelelectuelleque han merecido del padre Marianno Cordovani, igualmente de la Orden de los Predicadores, la más severa reprimenda, editada en elOservatore Romano.
Cuando llamo la atención del peligro que algunos pensadores católicos, clérigos o laicos, agravan, fomentan o atraen con sus actitudes, que a fin de cuentas se traducen en una claudicación ante el Mal, se me designa como “escritor peligroso”, y se trata de reducirme al silencio, para que mi voz no alcance las inteligencias en formación (1).
Cómo si yo no supiera, cómo si todos no supieran que la Revolución francesa ha reclutado en el clero algunos de sus mejores servidores; cómo si yo no supiera, cómo si todo el mundo no supiera que inúmeros miembros del clero, del alto y del bajo clero, están afiliados en la Masonería; cómo si yo no supiera que el santo Pío X acusaba a católicos y sacerdotes, “católicos viros ac sacerdortes”, de prestar loas y homenajes a los maestros del Error, “errorum magistris”, que hacen pensar menos en los hombres que erran, que en lo que ellos propagan (2). Sin embargo, los principios filosóficos de la Revolución francesa fueron condenados (parece ser que ahora ya no lo son) por la Iglesia; la Masonería fue condenada por la Iglesia; los errores que la encíclica que catalogó Pío X fueron condenados por la Iglesia.
No extraña pues que en los tiempos que corren católicos y padres sonrían al comunismo, en la trágica ilusión de que pueden suavizarle la rudeza, y temperarle la ferocidad.
Como síntoma, este libro del padre Ducattillon es singularmente notable.
No quiero negar al señor Maritain, o a sus satélites de todos los matices y de todos los países, su buena fe. Quisiera, por caridad, concedérsela. Pero no puedo menos que afirmar la pasión que los ciega, los dementa, y los arrastra hacia el más horrible confusionismo.
Parece ser que todos obedecen a unmot d`ordremisterioso y tenebroso: que el Nacional-Socialismo alemán, nazismo o hitlerismo, se equivale al comunismo; y como sea que el Pontífice los ha condenado a ambos, debemos combatir a los dos por igual.
Esto se dice y escribe en todos los tonos, desde las más altas esferas hasta las esferas más mezquinas; se repite en todos momentos a propósito de nada.
Y nadie procura saber si tal propaganda tiene fundamento o si, puestos en los platos de la balanza pontifical, el Nacional-Socialismo y el comunismo son objeto de la misma condenación.
Hay un hecho, aunque de importancia mínima frente a lo que estoy enfocando, que ayuda a aclarar hartamente el asunto: la actitud de esos propagandistas ante los tratados germano-ruso y anglo-ruso de 1942.
Ya no tienen cuenta las veces que mostré aquí, en Portugal, la infinita diferencia que existe entre los dos tratados. Nadie me ha refutado. Se finge que tal demostración no existe, y se insiste en la propaganda mentirosa.
¡Ahí tenemos el padre Ducattillon apelando al tratado germano-ruso como prueba de la identidad del comunismo y del nazismo!. (3)
Este sistema de insistir en la mentira sin hacer caso de la verdad es viejísimo, y la Iglesia ha sido víctima de él a través de los tiempos.
Si ponemos ante nosotros las dos encíclicas, laMit brennender Sorge,de 14 de marzo de 1937, “sobre la situación de la Iglesia católica en el Reich alemán” (“uber die Lage der katolischen Kirche im Deutschen Reich”), y laDivini Redemptoris,de 19 del mismo mes y año, “sobre el comunismo ateo” (“de comunismo ateo”), no pueden escaparnos las diferencias en la indicación de sus objetivos, y el espacio que ocupan. La primera trata de la situación de la Iglesia en Alemania – expresión puramente informativa, pues no habla de Nacional-Socialismo ateo o anti-católico –; la segunda trata del comunismo ateo – expresión crítica y por sí sola elocuente, pues no habla de la situación de la Iglesia católica en Rusia –. La primera ocupa quince páginas. ¿No son ya muy diferentes?
La encíclicaCon ardiente inquietudempieza por exponer las negociaciones del Concordato, y las dificultades, embrollos y oposiciones que encontró en su conclusión por parte de “mil fuentes”. Y luego vienen los ejemplos justificativos de las severas acusaciones. Hasta aquí, están en causa los responsables por la manera de efectuar el Concordato. Nada doctrinario o ideológico. Se acusan las autoridades alemanas, y nada más.
La parte doctrinaria surge ahora.
La encíclica enseña que sólo mentes superficiales pueden caer en el error de hablar en “Dios nacional” o en “religión nacional”.
Esta doctrina impecable sugiere una reflexión: ¿se aplica exclusivamente al Nacional-Socialismo, el cual además no es citado, o, diciéndolo mejor, a Alemania? ¿Cuál el país moderno, cuál el Estado moderno que puede decirse exento de culpas en esta materia?
Unos más, otros menos, unos más declaradamente, otros más disimuladamente – ¡ay de nosotros! –, todos deben bajar la cabeza y confesar su error. Que alguien me apunte un ejemplo excepcional. El Nacional-Socialismo no citado por la encíclica, repito, no tiene el privilegio y exclusividad de esos errores.
¿Dónde está, en el mundo de hoy, el Estado íntegramente católico?
Y si del Estado bajamos a las personas, será bien reducido el número de aquellas que no sean alcanzadas por las palabras de la encíclica.
¡Cuántas no hablan de Dios sin poseer el auténtico y digno concepto de la Divinidad! ¡Cuántas no hablan y creen en el Destino “sombrío y personal”! ¡Cuántas no divinizan, unas más, otras menos, la raza y el pueblo, el Estado y la forma del Estado! ¡Y el “Dios nacional”, esto es de todos los tiempos! Incluso los portugueses, en nuestras batallas de todos los siglos, invocamos a Dios, haciéndole nuestro, contra, ya no diré los infieles y heréticos, sino contra nuestros correligionarios castellanos...
Luego la encíclica expone la noción de la auténtica fe en Jesucristo. Doctrina impecable. Condena la expresión: “Creo en Dios, y esto me basta”.
Pero si tal expresión traduce doctrina nacional-socialista, no es exclusiva del Nacional-Socialismo; pues abarca todo el protestantismo y las religiones no-católicas. ¿Será necesario demostrárselo?
Sigamos. La encíclica enseña cual sea la verdadera fe en la Iglesia, “columna y fundamento de la verdad”. Doctrina impecable. Pero es obvio que no visa solamente al Nacional-Socialismo, sino todos los Estados, pueblos, doctrinas y hombres que viven fuera de la Iglesia católica, apostólica, romana, la cual es sólo una. Hay un pasaje en esta parte de la encíclica que cae de lleno sobre cierta casta de católicos que justifican el comunismo o las persecuciones de las que es víctima la Iglesia por parte de las repúblicas liberales y de los soviets, con lo que hay o puede haber de condenable o malo en la vida exterior de la Iglesia o de los católicos – casta de católicos mandada por el señor Maritain, y que en Portugal está llena de maritainzillos...
Dice la encíclica: “No basta con hacer parte de la Iglesia de Cristo: es preciso ser un elemento vivo de esta Iglesia en espíritu y verdad. Y sólo lo es el que se mantiene en estado de gracia y vive continuamente en presencia de Dios, en la inocencia, o en una sincera y efectiva penitencia”.
¿Quién sería capaz de decir que esto se aplica exclusivamente al Reich alemán? ¿Quién osa negar que este precepto envuelve todo el mundo católico, invadido desde hace mucho por el modernismo que caracteriza la vida social de nuestro tiempo?
Hay en Alemania quienes incitan a las personas, cómo dice la encíclica, en abandonar la Iglesia. ¿Pero sólo en Alemania? ¿No hubo siempre adoctrinadores de esa especie en todas partes? ¿No los había en muchos países de Europa, cuando se promulgó la encíclica?
A continuación, la encíclica expone la verdadera fe en el primado. Doctrina impecable, pero que no tiene aplicación solamente en la Alemania hitleriana, por supuesto, sino en todos los países no-católicos
Condena después la encíclica las interpretaciones falseadas de palabras y conceptos sagrados: revelación; fe; inmortalidad; pecado original; cruz de Cristo; heroísmo; gracia.
Doctrina impecable. Pero, por desgracia, esta terminología está universalmente laicizada – a excepción de la cruz de Cristo, que en Alemania se hermana con la cruz gamada, con intuitos que según observo con el debido respeto, no parecen intencionadamente anti-católicos –.
Pues la “fe en los destinos de la patria”, la “inmortalidad de la patria”, el “heroísmo nacional”, la “gracia de la Historia”, la “revelación del genio”, o su intuición, o su profecía, el “pecado original” como sinónimo de una tara individual o colectiva, son lugares comunes, moneda corriente, clichés del lenguaje político contemporáneo. Dice la encíclica que hay que evitar estos falsos conceptos; pues sí, evitémoslos, pero no hagamos de ellos un pecado exclusivo del Reich hitleriano.
La encíclica aborda la cuestión de la moral y del orden moral para sostener la doctrina impecable de que su fundamento no puede ser otro que la fe.
Y muestra las consecuencias de los que pretenden dar como fundamento de la moral “la arena movediza de las razas humanas”.
Pero la existencia de la moral no religiosa o no-católica aparece señalada desde mucho antes del Nacional-Socialismo, y no consta que haya desaparecido aun de la enseñanza universitaria oficial de los países que no tienen nada que ver con Alemania.
Finalmente, la encíclica afirma la legitimidad del derecho natural. Doctrina impecable, pero no hay ninguna legislación en el mundo que esté subordinada a sus principios, o proclame su anterioridad teórica, y reconozca tal legitimidad. Así pues, en el espacio y en el tiempo, la doctrina de la encíclica alcanza mucho más que a la Alemania nazi. Y no se puede olvidar que buenos teólogos católicos han llegado a admitir que el derecho natural puede ser restringido por el derecho positivo.
Terminó la parte propiamente doctrinaria de la encíclica. Lo que sigue son consejos de orden práctico a la juventud, al clero y a los laicos católicos.
Concluyendo: la encíclica señala unoshechosy unastesis doctrinales:los hechos son de la responsabilidad de las autoridades alemanas, y semejantes a los que en todos los países y en todos los tiempos han llevado la Iglesia a protestar, e incluso a actos más graves; la historia de los dos poderes está al alcance de todo el mundo.
Las tesis doctrinales condenadas no son privativas del Nacional-Socialismo. La encíclica no habla de éste, ni cita tampoco el nombre del dirigente supremo de Alemania. Se limita a exponer la situación de la Iglesia en el Reich, y las dificultades emanadas de las circunstancias creadas por el Concordato en el campo de las realizaciones. Ni combate, ni ataca, ni condena al Nacional-Socialismo: eso sí, combate, ataca y condena las ideas o tesis que sobrepasan el plan doctrinario del nazismo porque informan sectores, no ya de Alemania, sino del pensamiento contemporáneo o de la política constitucional de otros Estados.
Transcurridos poco más de dos años, estallaba la guerra; y los enemigos de Alemania entraron a fondo en la confusión y en la conjugación de dos situaciones que el pontífice jamás hubiese integrado en sus encíclicas.
¿Y la encíclicaDivini Redemptoriscontra el comunismo ateo?
Manifiestamente se distingue una de otra, incluso en las palabras de su augusto autor; la primera trata de una situación de hecho; la segunda, de una doctrina. Las situaciones de hecho fácilmente se modifican; las doctrinas difícilmente se extirpan o reducen.
La encíclicaMit brenennder Sorgetermina con palabras de esperanza en mejores días, los cuales deberán aprovecharse “en la lucha contra aquellos que niegan a Dios y arruinan al Occidente cristiano”, o sea, ¡el comunismo! Y tanto es así que elOservatore Romanode 22 y 23 del mismo mes de marzo afirma no creer en la existencia de uno solo alemán que no hubiera apreciado el deseo del pontífice de ver Alemania “en su lugar de honor entre las naciones cristianas contra el satánico flagelo bolchevique”.
El tono de la encíclica sobre Alemania es de quejumbre; el de la encíclica contra el comunismo es muy otro: luego en sus primeras palabras nos revela que “pueblos enteros corren el riesgo de caer en una barbarie más horrible que aquella en que se encontraba la mayor parte del mundo antes de la venida del Redentor”.
Y la encíclica esclarece: “Este peligro que nos amenaza es el comunismo bolchevique y ateo que pretende destruir el orden social y arrasar los fundamentos de la civilización cristiana”.
¿Por ventura hay en la encíclica sobre Alemania palabras que se acerquen a éstas?
¿Qué se propone ahora el pontífice? Tras recordar múltiples condenaciones de sus antecesores y suyas propias, expone “los principios del comunismo ateo, principalmente cómo se manifiestan en el bolchevismo, y sus métodos de acción”.
¿Cuándo declaró el pontífice que iba a exponer los principios del Nacional-Socialismo? ¿Cuándo apodó a éste de “flagelo satánico”?
Y la encíclica hace la exposición que había prometido, enfocando el falso ideal del comunismo, el materialismo evolucionista de Karl Marx, el concepto que tiene de la persona humana, y concluye, sintetizando, que la sociedad comunista será la humanidad sin Dios.
¿Cuándo se dice algo semejante en la encíclica sobre Alemania?
Luego viene la revelación de los procesos de difusión del comunismo: éste ha llegado a penetrar “en medios sociales en los que por principio se rechaza el materialismo y el terrorismo”.
¿Quién facilitó la puerta a esta penetración? ¿Quién fue su caballo de Troya? La encíclica lo dice claramente: la economía liberal y el laicismo. ¿Quién su agente? Son muchos, desde la prensa hasta la radio, desde el teatro hasta el cine, etc., etc., y por otra parte el silencio de la prensa mundial sobre los horrores comunistas.
Habla la encíclica, después, de las consecuencias de todo ello en Rusia, Méjico, España. Esas atrocidades no son hechos pasajeros o esporádicos, sino que son sus frutos naturales.
¿Cuándo se ha dicho algo semejante sobre Alemania?
La encíclica señala la doctrina de la Iglesia y alude a los disfraces que adopta el comunismo para infiltrarse: se muestra pacifista; se introduce en las corporaciones católicas y religiosas; incita a los católicos a colaborar consigo en el terreno humanitario, y hasta propone cosas que parecen conformes al espíritu cristiano y a la doctrina de la Iglesia. Lleva su desfachatez hasta el punto de afirmar que está decidido a abandonar el programa de lucha contra Dios.
El pontífice proclama: “El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir, sean cuales sean los motivos, ninguna colaboración con él por parte de los que deseen salvar la civilización cristiana”.
Oíd bien, leed bien: no se puede admitir ninguna colaboración con el comunismo, sean cuales sean los motivos. ¿Habéis oído? ¿Habéis leído bien?
¿Cuándo fue que el pontífice dijo lo mismo del Nacional-Socialismo?
La encíclica está a punto de finalizar. El Pontífice no condena “masivamente a los pueblos de la Unión Soviética”, pues unos viven tiranizados y otros engañados, sino que condena “el sistema, sus autores y propagadores”; luego se dirige a los católicos “alcanzados por el mal comunista”, exhortándolos viva y paternalmente a que “abandonen el camino resbaladizo que los arrastra a todos hacia una inmensa catástrofe”.
Pregunto a los hombres de buena fe, a los espíritus desapasionados, a las inteligencias lúcidas y críticas: ¿Hay alguna comparación posible entre las dos encíclicas? ¿Hay alguna comparación posible entre las dos condenaciones? ¿Es el Nacional-Socialismo tan condenado como los es el comunismo? Desde el punto de vista de la Iglesia, ¿son iguales el nazismo y el comunismo? A la luz de los preceptos pontificales, ¿es el nazismo tan peligroso como el comunismo? A través de estos preceptos, ¿tiene que temer el católico tanto a un sistema como al otro? En la lucha actual ¿no puede un católico optar, sin que peligre su consciencia, por la victoria del Reich contra la Rusia comunista? En la lucha actual, ¿no tiene el católico el deber de desear la victoria de Alemania contra Rusia?
El episcopado británico proclamó el 29 de noviembre de 1936: “Un católico no puede ser comunista, y un comunista no puede ser católico”. ¿Cuándo dijo el pontífice, en su encíclica o fuera de ella, que un católico no puede ser nacional-socialista, y que un nacional-socialista no puede ser católico?
El episcopado alemán proclamó el 24 de diciembre de 1936: “El Führer y Canciller Adolf Hitler vio llegar el bolchevismo, y se consagró a alejar este terrible peligro para el pueblo alemán y todo Occidente. Los obispos alemanes comprenden que les cumple ayudar al jefe del Reich alemán con todos los medios de los que pueden disponer”.
¿Dónde y cuándo se ha hablado así a propósito del Nacional-Socialismo?
Que cada uno juzgue al nazismo como se le antoje, con o sin rancor, con justicia o sin ella. Pero que no se baje a la ignominia repugnante de decir y enseñar que el Nacional-Socialismo y el comunismo son equivalentes, aun católicamente considerados. ¡Y sobre todo no se mienta tan descaradamente, atribuyéndose a ambas encíclicas, laMit brennender Sorgey laDivini Redemptoris,la misma intención, el mismo alcance, la misma significación, la misma fuerza de expresión, y la misma sustancia doctrinaria!
Sólo no soy nazi porque no soy alemán. Pero soy anti-comunista porque soy católico y portugués.
Expuse con mi más serena objetividad el contenido de las dos encíclicas, laMit brennender Sorgesobre la situación de la Iglesia católica en el Reich alemán, y laDivini Redemptorissobre el comunismo ateo; demostré que, vistas a cualquier luz, son fundamentalmente diversas, y que no existe el más pequeño motivo para que se confundan, como hacen los enemigos de Alemania – no de la Alemania hitleriana, sino de toda y cualquier Alemania: la Alemania kaiseriana de 1914 y la Alemania nacional-socialista de 1939 –.
La primera encíclica apunta a una situación de hecho, condenando determinadas circunstancias; sobre su parte doctrinaria, el mismísimoOservatore Romanodice que “muchos de los errores doctamente refutados en la encíclica circulan ya por todo el mundo... He aquí porque tiene el documento pontificio un valor universal”.
Sí. La doctrina de la encíclica que alcanza la condenación no es exclusiva al Nacional-Socialismo. Si lo fuera, el Santo Padre hubiese dicho que la encíclica era contra el Nacional-Socialismo, cómo dijo en su momento que la encíclicaDel Divino Redentorera contra el comunismo ateo.
El Nacional-Socialismo no es una filosofía, una religión, una metafísica, una ética: es una política constitucional, económica y social.
Como política constitucional, es una forma de Estado con una finalidad concreta y típicamente alemana: en el interior: poder central fuerte, autoritario y exclusivo, con la preocupación de la unidad del pueblo de raza alemana: luego, ni Estados secundarios ni partidos: un pueblo en toda extensión de la palabra; en el exterior: reconquista de la libertad de vida, de la autonomía, y de la voluntad de poder.
Como política económica, pretende liberar a Alemania de la tiranía de la banca sionista, y lógicamente subordina todas las actividades del pueblo a esta pretensión.
Como política social, rechaza el criterio de la lucha de clases, sustituyéndola por la íntima colaboración de todos los elementos de la producción, fundamento de la paz social.
Es en la concreción de la política constitucional, en la manera de alcanzar el fin que busca, donde aparecen los atritos, desinteligencias y conflictos con la Iglesia (4). No se puede olvidar que en el cuadro político del Imperio de Guillermo II y de la República de Weimar, había un gran partido político, el Centro católico, legítimo en un régimen liberal o democrático, pero absolutamente extraño en un régimen autoritario que se propone la tarea colosal de traer a flote el pueblo alemán esclavizado, ultrajado y vilipendiado por el tratado de Versalles, y que para tal disolvió todos los partidos políticos. La grandeza del pueblo alemán en todas sus escalas, desde las familias reinantes o principescas hasta los más modestos trabajadores, reside principalmente en la comprensión unánime de la misión que afirma el Nacional-Socialismo, y en la obediencia sincera y libremente consentida. Los bombardeos masivos y criminales de que han sido víctimas las poblaciones indefensas confirman esta realidad.
Ahora bien, los hombres no son ángeles, aunque puedan formar parte de centros católicos. Por consiguiente, los componentes del Centro católico alemán no podrían aceptar sin más la inactividad política que les esperaba, el abandono de las influencias de las que disponían, y de aquello que está agregado a la vida o a la orgánica de los partidos políticos. Nótese que éste fue el último partido en disolverse.
Los dos poderes – el espiritual y el temporal – procuraron, por medio del Concordato, ajustarse a las nuevas realidades. Que algo de importante se consiguió, lo prueba el hecho de no haber sido denunciada nunca; pero en su aplicación surgieron conflictos, atritos, desentendimientos.
Hacer un detalle de las responsabilidades es un problema demasiado complicado, por lo que no me aventuro a encararlo livianamente.
Lo que es indiscutible, sin embargo, es que el Nacional-Socialismo no siendo una filosofía, una ética, una metafísica o una religión, no es ni podría ser anti-católico en sus bases de formación, en sus intenciones prácticas, y en los procesos de la vida.
Dentro de la su acción política, no hay un solo precepto o una sola determinación que resulte hostil al dogma católico o a la moral católica. Nadie ha dicho nunca autorizadamente que el católico no puede ser nacional-socialista, y que el nacional-socialista no puede ser católico.
¿Es que no hay en el Nacional-Socialismo nada de filosófico, ético, metafísico o religioso? Lo que sí hay en el Nacional-Socialismo bajo ese aspecto es visiblemente secundario: la obra o preocupación de éste o de aquel elemento, lo que resulta manifiestamente fortuito y provisorio.
El Nacional-Socialismo no es un fin, sino un medio del que se sirve el jefe de Alemania para dar a Alemania el lugar que en su entender deberá ocupar, o la fisionomía que en su entender deberá poseer: la unidad indestructible internamente, y la fuerza imperial externamente.
He de decir ahora, anticipándome, que al contrario del Nacional-Socialismo – que es un medio –, el comunismo es un fin. El Nacional-Socialismo es puramente nacional, y tiene por objeto a Alemania; el comunismo es internacional, y tiene por objeto la revolución mundial.
Pero el racismo...
El racismo, en la concepción nacional-socialista, es la defensa de Alemania contra el talmudismo. No contra el judaísmo como religión, sino como grupo activo y embaucador.
El catolicismo, siendo universalista, no comprende tal actitud; pero mientras haya nacionalidades, y el catolicismo no se declare enemigo de las patrias, hay que aceptar que éstas se defiendan contra su disolución o descomposición. Y no hay elemento más disolvente o desorganizador que el talmúdico (5).
La verdad es que el Nacional-Socialismo encontró a Alemania apoyada en una constitución elaborada por un judío: Preus; la de Weimar, en una organización económica, obra de otro judío: Rathenau; y en un socialismo comunista, obra de los judíos Marx y Lasalle.
Todos los Estados, todas las familias, todos los grupos u organismos son más o menos racistas, según la fuerza de su constitución, y la consciencia que tienen de su misión. O sea: que se defienden, rechazando todo cuanto sea portador de gérmenes de descomposición o disolución. Es la lucha por la vida; la aplicación del precepto evangélico relativo a las ramas estériles de las vides (según San Juan, XV, 6); la aplicación de la doctrina de Santo Tomás (II de la II, cuest. XI, art. 3).
Si los nativos de Angola o Guinea si infiltraran en dosis macizas en la sociedad portuguesa, y por sus cruces la amenazaran de disolverse, manchándola, deformándola, y anulando su consciencia histórica, ¿no tendría el gobierno responsable la obligación indeclinable de impedir tal infiltración, y defender a pureza del nuestro sangre y de nuestra conciencia nacional? ¿Qué son sino medidas racistas las limitaciones que ciertos Estados decretan contra la inmigración?
No, no se confunda lo que es inconfundible. No se caricature, para que no se desvirtúe lo que pretende juzgarse.
En el racismo hay dos aspectos. El aspecto negativo: repudio de la raza enemiga; y el aspecto positivo: exaltación de la propia raza.
Nadie me condenaría si yo tratara de impedir que mi patria se disolviera en el mestizaje biológico, o a causa de la invasión de no-portugueses en puestos-llaves de las actividades nacionales – en las universidades, bancos, empresas, administración, tribunales, industria o talleres –; y nadie me condenaría si yo proclamara la superioridad del pueblo portugués, y no dijera amén con los que afirman su inferioridad.
Cuando el jefe del gobierno portugués nos dice: “Nada contra la nación, todo por la nación”, yo aplaudo, y no hago caso de lo que pretende laVie Intelectuelle,publicación de los domínicos, por lo demás muy prestigiada en los medios católicos, cuando proclama que ¡la patria es una realidad no agresiva, y que la nación es un mito agresivo!
Así que ¿no hay en Alemania un enfrentamiento entre la Christenkreuz y la Hakenkreuz? No, desde luego. Este enfrentamiento sólo existe en la propaganda anti-alemana, o mejor, en la propaganda liberal, democrática y anti-autoritaria.
Véase este ejemplo: en catecismo político italiano se lee este precepto: “Benito Mussolini a sempre ragione”. Contra él se levantaron clamores indignados, entre los cuales se oían distintamente voces de católicos protestando contra lo que llamaban “la nueva infalibilidad permanente”. El precepto ofendía la ortodoxia de esos católicos, y la sensibilidad de sus colegas en el clamor. ¡Pero a nadie se le ocurrió que el tradicional precepto político de los ingleses: “The king can do no wrong” hace competencia a la infalibilidad pontificia!
También se acusa al Nacional-Socialismo, y ciertos elementos notables del Partido, de preconizar el regreso al culto del paganismo por haber celebrado en 1935 elSonnenwende.
¿Acaso serán pasibles de paganismo aquellos portugueses ilusionados por el mito de nuestra ascendencia lusitana al exaltar, celebrar y honrar a Viriato, al que elevan al rango de símbolo de la raza lusitana?
No hay comparación posible entre el Nacional-Socialismo y el comunismo, por más menuda o penetrante que sea la vista de quienes los analice.
El único punto del contacto – aunque más aparente que real – que puede haber entre los dos, es que tanto el uno como el otro son la única fuerza formativa y animadora del Estado. Pero esto es una calidad o característica esencial de los Estados autoritarios. El episcopado belga, preconizando el régimen de libertad que en su opinión “implica el derecho de los ciudadanos de agruparse en partidos políticos”, concluye: “Un Estado sin partidos no puede ser sino un Estado autoritario”.
De modo que hemos de concluir que, si acaso existe algo de común entre el Nacional-Socialismo y el comunismo, el mismo punto de contacto existe entre ellos y el Estado fascista italiano, el Estado Novo portugués, y el Estado español.
No obstante, ¡qué diferencia profunda existe entre el hitlerismo, el mussolinismo, el salazarismo y el franquismo, de un lado, y el comunismo, del otro, en sus intenciones próximas o lejanas, y en las respectivas maneras de ser!
Tan profunda, que en la opinión del episcopado británico “…el católico no puede ser comunista, y el comunista no puede ser católico”. Pero ¡el obispo católico de Osnabruck puede formar parte del Consejo del Estado de la Prusia hitleriana!
Casi iba a jurar que el 99% de los que combaten el Nacional-Socialismo, y de los que invocan en contra de él la encíclicaMit brennender Sorge,nunca han leído ésta, ni elProgramm der N.S.D.A.P.,niEl Estado Alemán (Der Deustche Staat)de Gottfried Feder – donde se encuentra el cuadro de las directrices, proyectos y finalidades del Nacional-Socialismo, su programa integral en una palabra –, ni tampoco la encíclica pontifical. Hago este juicio para no tener que acusarles de trapaceros, sinvergüenzas y mistificadores sin perdón.
Lo que expone la encíclica ya lo he mostrado. Ahora veamos, en el sector que nos importa, lo que piensa el Nacional-Socialismo.
La doctrina que conforma su programa, y también éste, se lo puede encontrar cualquiera en los dos citados trabajos de Gottfried Feder.
En materia religiosa, queda establecido el principio: garantía de libertad religiosa.
En el programa: libertad total de religión y consciencia; protección especial hacia las confesiones cristianas; supresión y rechazo de las doctrinas confesionales que están contra el sentimiento y la moralidad alemana, y de aquellas cuyo contenido posea uno carácter destructor del Estado y del pueblo.
Feder señala a los tres enemigos del Nacional-Socialismo: el marxismo; el parlamentarismo y el capitalismo usurario o mamónico.
A fin de solucionar el problema religioso concerniente a los católicos, el Nacional-Socialismo se encontró el año 1933 con el Pontífice, y de este encuentro salió el Concordato; con relación a los luteranos, promovió la constitución de la Iglesia evangélica alemana.
En respuesta a las insolencias injuriosas de una revista alemana editada en los Estados Unidos, laAurora und Christliche Woche,el ya citado vicario capitular de Berlín, Mons. Steinmann, proclamó: “Dentro de la concepción católica del Estado, el gobierno de Adolf Hitler es la autoridad alemana que representa la voluntad de Dios. El presidente del Reich von Hindenburg le otorgó constitucionalmente el poder el 30 de enero de 1933, y el pueblo alemán confirmó unánimemente esa transmisión el 5 de marzo de 1933 en las elecciones para el Reichstag”.
Pero no es sólo por eso, aclaraba el vicario capitular de Berlín, sino por algo más: “El gobierno alemán considera que el cristianismo constituye una base inconmovible de la vida moral de nuestro pueblo. Para ejecutar en la práctica este pensamiento, el gobierno del Reich hundió al bolchevismo, aniquiló el movimiento marxista de los sin-Dios, y liberó al pueblo alemán de la peste de la inmoralidad pública”. “Algún día – concluye Mons. Steinmann –, el futuro agradecerá reconocidamente a Alemania, país central de Europa, el haber trazado una frontera contra el bolchevismo, defendiendo al Occidente del diluvio rojo”.
¡No podría imaginarse Mons. Steinmann que nueve años más tarde grandes masas católicas europeas iban a alinear, por odio contra Alemania, al lado del bolchevismo, obedientes a la consigna satánica de que no existen entre el Nacional-Socialismo y el comunismo diferencias sensibles, y que el pontífice había condenado tanto el uno como el otro, conjugando las dos condenaciones! ¡No podía imaginarse el vicario capitular de Berlín que nueve años más tarde Europa asistiría a la realidad trágica de ver a los católicos tocados por los sofismas de Maritain, Ducattillon y otros, rezar por la derrota de Alemania en su lucha contra el bolchevismo. ¡No podía imaginarse Mons. Steinmann que nueve años más tarde vería a los católicos mezclados con masones, liberales y comunistas en un frente único anti-alemán en la guerra que Alemania sostenía contra el bolchevismo!
¡Hay quienes dicen que la Alemania nacional-socialista sólo ahora está contra el comunismo! Los que así hablan o bien no saben lo que dicen, o bien callan lo que saben.
El Nacional-Socialismo, en el fondo, es originariamente, como ya he dicho, una reacción contra el comunismo en la vida interna de Alemania, y contra el tratado de Versalles en su vida externa.
Bastará con fijarse en esto: en diez anos, desde 1923 hasta 1933, doscientos muertos y 20.319 heridos nacional-socialistas cayeron víctimas del comunismo. ¿Es sólo ahora que el nazismo está contra el bolchevismo?
Téngase presente que mi objetivo no es, ni podría ser, desmentir la encíclicaMit brennender Sorgeen sus censuras, quejas o condenas, por más severas que se presenten. Esto está fuera de mis intenciones por todos motivos; y por motivos específicamente científicos, digamos, sale fuera de mi competencia. Si acaso no existieran aquellos motivos generales, me bastaría el de la imposibilidad de estudiar el procesoin locopara abstenerme de contradecirla.
Mi finalidad es patente por confesión expresa, y también por el contenido de las páginas que tiene el lector ante sí: desenmascarar las patrañas de los que evocan las dos encíclicas, la que se atiene a la situación de la Iglesia en Alemania, y la que concierne el comunismo ateo, para afirmar, publicitar y inculcar en el espíritu del hombre de la calle la mentira de que el Nacional-Socialismo y el comunismo son igualmente anti-católicos, y que el pontífice los condenó igualmente en esas encíclicas, y que, por consecuencia, los católicos sólo tienen una actitud digna de su disciplina, y de la sinceridad de sus creencias: la que preconizan los varios Maritains de este mundo al envolver en el mismo repudio al Nacional-Socialismo y al comunismo.
Como si no fuera bastante esta infamia contraria a la evidente realidad y al expreso testimonio de los textos pontificales, los varios Maritains de este mundo – cobijados y tranquilamente instalados, unos a la sombra del sionismo nueva-yorquino, otros en la admirable tierra portuguesa – hacen votos por la victoria de Rusia a la vez que desean ardientemente la derrota de Alemania, sin importarles para nada las palabras que el 19 de marzo de 1937, en la encíclicaDivini Redemptoris,el Papa les dirigió a los católicos “alcanzados por el mal comunista”, exhortándolos a que abandonaran el camino resbaladizo.
Ya en la prensa portuguesa ciertas plumas católicas escribieron que el Nacional-Socialismo es peor y más peligroso que el comunismo, concluyendo, como si nada, que la victoria de Alemania sobre Rusia será más catastrófica para el mundo que la victoria del comunismo sobre Alemania. ¡Y se trata de plumas católicas!
Mi finalidad es dilucidar, aclarar, abrir los ojos a los que no juzgan por sí mismos y se creen todo lo que les dicen esos propagandistas infernales puestos al servicio del diablo contra Dios.
El comunismo es intrínsecamente perverso, y como tal, enemigo del Espíritu. Su plan proclama lo siguiente:
           a) la rebelión contra Dios;
           b) la extirpación metódica de la fe en Dios;
           c) el desprecio de los mandamientos de Dios;
           d) el escarnio y envilecimiento público del Antiguo y del Nuevo Testamento, expuestos para tal en el museo ateo de Moscú;
           e) la expulsión del emblema sagrado de la cruz no sólo de las calles, sino también de las mismas casas particulares;
           f) la lucha contra el sacerdocio y todo lo que se presenta con un carácter eclesiástico;
           g) el desconocimiento de la existencia de la Iglesia, si acaso resulta imposible perseguirla, difamarla y extinguirla;
           h) el cierre o destrucción de los templos católicos, y prohibición de todas las ceremonias religiosas.

¿Dónde y cuándo ha proclamado el Nacional-Socialismo tales doctrinas, él que en sus principios y en su programa preconiza y establece no sólo la libertad religiosa, sino también unas garantías especiales hacia las confesiones cristianas? (6)
Me dirán que en Alemania, e incluso dentro del Nacional-Socialismo, hay quienes pretenden organizar sectas anti-católicas o paganas. ¿Qué responsabilidad tienen el Nacional-Socialismo y el gobierno alemán en ello? ¿Qué apoyo han prestado a esas aberraciones el Nacional-Socialismo y el gobierno alemán? ¿Qué protección han dispensado a esas locuras el Nacional-Socialismo y el gobierno alemán? ¿Qué repercusión han obtenido en Alemania estas manifestaciones deplorables de espíritus extraviados?
Siempre hubo de esto, y en todas partes...
Pregunto: ¿continuó el partido comunista en Alemania, tras el acceso al poder del Nacional-Socialismo, con su campaña anti-religiosa y atea?
Mientras que en la Alemania nacional-socialista aquellas manifestaciones no pasaban de casos aislados y desautorizados, en el comunismo los principios citados constituyen su esencia doctrinaria, filosófica, metafísica y religiosa.
¿Es que no hay aquí ninguna diferencia?
Dentro de su acción anti-espiritual, el comunismo preconiza:
           a) la rebelión contra la autoridad legítima, empezando por la destrucción de los lazos domésticos;
           b) el desprecio del amor conyugal y la fidelidad de los esposos, expresión ésta que se traduce en el amor libre;
           c) el desconcierto sexual de la infancia y de la juventud a través de aquello a que en Alemania se llamabader sexuelle Kampf der Jugend,al que el Nacional-Socialismo puso termo definitivamente.

¿Quién osa acusar al Nacional-Socialismo de tales objeciones, o siquiera de protegerlas o tolerarlas?
¿Y no estaban ellas permitidas en Alemania antes de la llegada del Nacional-Socialismo, cuando en la política interna alemana actuaba con todo su peso y toda su organización el Centro católico, en colaboración con republicanos, socialistas y comunistas? (7)
En la vida material, el comunismo defiende la expropiación de los bienes personales a favor del Estado, o sea, la extinción de la propiedad privada, base material de la familia.
En su derecho agrario, el Nacional-Socialismo estableció el reconocimiento fundamental del derecho de propiedad privada del suelo, y, como nuestras leyes de Sesmarías, su entrega al Estado en caso de negligencia.

III

Naturalmente, un régimen humano realizado por hombres y para hombres tiene imperfecciones, como todas las cosas humanas.
La misma Iglesia, en su aspecto humano, no está exenta de imperfecciones y errores. Pero así como no es lícito a la crítica independiente y objetiva abultar los errores y las imperfecciones del aspecto humano de la Iglesia – o sea, de sus pontífices, cardenales, arzobispos, obispos, superiores y órdenes, curas, religiosos y religiosas, apocando lo que en ese aspecto hay de grande, bello, ejemplar, digno y eterno, desde la santidad hasta el sacrificio, desde la cultura hasta la humildad –, tampoco es lícito calumniar al régimen político de un pueblo, atribuyéndole propósitos que no tuvo, actos que no cometió, defectos que no reveló, identificándolo, por pasión política y interesada, a una doctrina intrínsecamente perversa, negadora de la civilización, de la humanidad, de la belleza, del honor, y de Dios.
Y aún menos lícito es obligar unos documentos pontificales a decir lo que no dicen, prestándoles un alcance que ni en la letra ni en el espíritu poseen.
En 14 de marzo de 1937 laMit brennender Sorgeexpone la situación de la Iglesia católica en el Reich alemán, apuntando unos hechos que condena; laDivina Redemptoriscondena el comunismo ateo, o sea, toda una ideología.
Los hechos condenados en la primera son de fácil remedio, dependiendo el remedio, a veces, de una sencilla sustitución del personal; pero la ideología condenada en la segunda encíclica tiene un alcance universal, y la simple derrota militar de Rusia, su centro propulsor y animador, no la podría borrar totalmente.
La primera encíclica, en lo que se refiere a Alemania, señala unos hechosepisódicos;la segunda apunta a unasideasfalaces que se traducen en crímenes irreparables.
Aun admitiendo que los hechos condenados por la primera encíclica pudieran atribuirse a la responsabilidad del Nacional-Socialismo, y no a los agentes de la autoridad, es indiscutible que el comunismo jamás podría alinear con el pontífice para combatir tales hechos, incluso alegando que no toleraba nacional-socialistas en su tierra.
El Reich alemán puede legítima y honradamente alinearse con el pontífice y contrarrestar las ideas condenadas por la segunda encíclica, pues expulsó el comunismo de sus fronteras, como el mismo pontífice manifestó el deseo de que así se hiciera.
En tiempos pasados, la Iglesia llegó a pedir algunas veces a los Estados su intervención contra los enemigos de nuestra civilización. En esta hora de angustias, en que todo parece disolverse, y Alemania se está enfrentando al enemigo supremo de la civilización, ¿quiénes impiden la Iglesia de bendecir y estimular a Alemania en esa gigantesca cruzada?
Que responda la consciencia de cada uno...
Insisto porque es indispensable insistir. No pretendo constituirme en juez de la encíclicaMit brennender Sorgey apreciarla, ya sea a través de las circunstancias que confluyeron a su elaboración y publicación, ya sea a través de su complejo contenido. En cuanto a las circunstancias, no será en mi vida, ni tampoco en la vida de dos o tres generaciones posteriores a la mía, cuando se pueda formular tal juicio. Probablemente sólo dentro de dos siglos esas circunstancias podrán ser justamente valoradas, cuando los archivos secretos del Vaticano sean abiertos a un nuevoVonpastor que se dedique a continuar laHistoria de los papas desde finales de la Edad Media.
En cuanto a su contenido, los principios de la doctrina, que declaro impecables, van mezclados con unos hechos, incidentes y episodios de los que quiero alejarme. Mi posición es la de intérprete, y ésta es tanto más legítima, cierta y necesaria, cuanto es público y notorio que muchos otros se han consagrado a su exégesis.
Interpretar no es juzgar; esto puede ser la primera condición del buen juicio, pues sólo se juzga lo que se comprende. Así pues, me quedo en la opción hermenéutica: en el paso a su frontera. No quiero saber de los hechos, incidentes o episodios en los que se basan las quejas, censuras o condenaciones del pontífice. Están en la encíclica.
Lo que sí me interesa es interpretar la encíclicaMit brennender Sorgeen función de laDivini Redemptoris,y saber hasta qué punto tienen razón, o no la tienen, los propagandistas católicos que difunden por todas partes que el Nacional-Socialismo fue condenado por aquella encíclica tanto como el comunismo lo fue por ésta, y que ante estas condenaciones, tan pernicioso yvitanduses el Nacional-Socialismo como el comunismo. Y finalmente, que por fuerza de esas condenaciones, a un católico no le es lícito preferir la victoria de la Alemania nacional-socialista sobre la Rusia comunista, debiendo mantenerse, como mucho, en una estricta indiferencia ante la guerra germano-rusa.
Quede claro que ya no estoy hablando de los Maritains, Ducattillons y Mauriacs que enseñan descaradamente el comunismo color de rosa...
Si estos señores y sus satélites, o hijos, pueden interpretar las encíclicas, también yo puedo hacerlo, pues ni su autoridad es superior a la mía, ni su fe más ardiente, sincera y profunda que la mía.
La interpretación que dan estos señores es falsa, deliberadamente falsa, pues el señor Maritain, el señor padre Ducattillon y el señor Mauriac no son imbéciles, aunque lo sean la casi totalidad de sus satélites o hijos, especialmente los de origen portugués. Y si acaso no fuera falsa, no habría lógica que pudiera imponerse, con lo cual se volvería espeso el caos.
En ocasión de la encíclica– y no se olvide que lo que significaba en 1937 puede muy bien no significar hoy, pues las circunstancias del mundo eran muy diferentes a la fecha de la encíclica –, había en varios países de Europa y América, excepto en Alemania, Italia y Portugal principalmente, fortísimos partidos comunistas obedientes a la dirección de Moscú que actuaban sin trabas en todos los sentidos, haciendo libremente su propaganda escrita o oral, doctrinaria y activa, culta y popular. Lógicamente, en ninguno de estos países había gobiernos católicos en comunión espiritual con Roma, aunque en algunos de ellos había partidos católicos.
Nadie podrá negar esta situación de hecho.
A ningún crítico católico le está permitido ignorar por lo menos laDocumentation catholique; y si la ignora, que se calle y no emita opiniones.
Ahora bien, si hojeamos los volúmenes de laDocumentation catholique,vemos diseñarse el panorama del partido comunista en Europa y América. Los múltiples episcopados nacionales señalan el peligro en términos impresionantes, a la vez que denuncian el sistema de disfraces que adopta la peste bolchevique.
Repúblicas democráticas dan cobijo al comunismo; monarquías liberales toleran al comunismo, y nadie las censura, nadie las reprocha ni condena. Y el Nacional-Socialismo alemán que lo disolvió, expulsó y exterminó (8); el Nacional-Socialismo alemán que lo considera uno de sus tres enemigos fundamentales, a la par del parlamentarismo y del capitalismo; el Nacional-Socialismo que por causa del combate contra el comunismo cuenta en sus filas más de veinte mil víctimas, ¡¿es este Nacional-Socialismo el que debe ser condenado?!
Si todos los países del mundo hubiesen dado sus manos a la Alemania nacional-socialista, o la hubieran imitado, como era su deber, el peligro comunista en estos momentos sólo pertenecería a la categoría de una pesadilla; si todos los Estados de Europa estuvieran cooperando con Alemania en la guerra contra la Rusia comunista, como era su más elementar obligación, no pesaría sobre nuestras cabezas, y sobre la civilización cristiana, la terrible amenaza de la catastrófica subversión (9).
Pues sí, señores míos, ¡se combate más la Alemania nacional-socialista que el comunismo ruso!
¡Y el padre Ducattillon enseña que se juzga el comunismo, sin tan siquiera conocerlo!
No es por culpa de Alemania que el comunismo sigue existiendo legalmente en tantos y tantos Estados del mundo. Y se debe a Alemania que no exista, a no ser clandestinamente, en los Estados que ocupan los ejércitos alemanes. ¡Pues es contra Alemania que golpean los reconocidos católicos, es la derrota de Alemania que desean los propagandistas católicos, es la victoria del comunismo la que aspiran ansiosamente!
Por ocasión delAnschluss,solución lógica de un problema que plantearon las democracias con la paz imbécil que impusieron al mundo en 1919, el episcopado austríaco, encabezado por el cardenal Innitzer, arzobispo de Viena, aceptó con la más espontánea sinceridad el hecho consumado.
Fue horrible lo que pasó en el campo católico anti-alemán. Nadie se acordó del respeto debido a los obispos; nadie recordó que los obispos representan nuestro Señor; nadie habló por obediencia a la jerarquía; todos se pusieron de pie, vociferando con el dedo apuntado al episcopado austríaco, en particular al cardenal-arzobispo de Viena: “¡Fuera! ¡Fuera!”
¡Incluso en la emisora del Vaticano el jesuita padre Immer sacudió el pobre episcopado austríaco acusándole de falso catolicismo político!
En Inglaterra los católicos apodaban “Heil Hitler Cardenal” al arzobispo de Viena, y en la prensa católica anti-alemana hubo un auténtico festival de bastonazos.
Me recojo en profunda meditación, y no digo lo que pienso cuando contemplo el silencio que acogió la noticia de que “de acuerdo a las instrucciones de Karl Marx”, el obispo protestante de Ohio ¡había dejado toda su fortuna para la propaganda de la causa comunista!
Sólo conozco una alusión a este hecho: la que hizo S.E. el cardenal Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo. El prelado toledano le llamó “síntoma”. ¡Y qué síntoma!
Ante este síntoma gravísimo (hace días, el obispo protestante americano de York, declaró que ¡no había incompatibilidad entre el cristianismo y el comunismo!), no cundió la alarma; entre tanto, al episcopado católico de Austria, se le machacó como en centeno verde: “Áron, áron, stauroson autón!” “¡Llevadlo! ¡Llevadlo y crucificadlo!”
Durante la guerra de 1914, cierto escritor católico portugués se puso al lado de las democracias porque Alemania era Alemania, y Austria era... regalista ("regalismo": "Sistema de los que defienden las prerrogativas del Estado en contra de las pretensiones de la Iglesia"). ¡La Austria apostólica regalista! Ahora que Austria se unió a Alemania sin que el episcopado austríaco se haya revelado, se veía el episcopado en buen aprieto...
A fin de cuentas, ¿qué es lo que quieren estos católicos? ¿Que la sombra siniestra de la hoz y del martillo cunda en el mundo y apague el fulgor de la cruz divina, o qué?
No me hablen de la cruz gamada; no me vengan con el cuento de que la cruz suástica pretende sustituir nuestra cruz, la cruz del Señor.
El comunismo es universalista, es internacional, es planetario, es católico y es ecuménico en el sentido etimológico de los términos: “¡Proletarios de todo o mundo, uníos!” Lo es, y no lo oculta.
El Nacional-Socialismo es particularista, nacionalista, germánico. No ha declarado nunca, ni directa ni indirectamente, que pretendiera sustituir la cruz de Cristo, símbolo de la redención del hombre, por la cruz gamada que Hitler adoptó como símbolo de la lucha por la victoria del ario y la victoria de la idea del trabajo productivo, idea que fue y será eternamente antisionista (10).
¿Quién declaró en Alemania, dentro del Nacional-Socialismo, que la cruz gamada va a destronar la cruz del Señor? ¿Quién autorizadamente proclamó en Alemania, dentro del Nacional-Socialismo, que a la suástica, símbolo del paganismo, se la alza como símbolo de la lucha anti-cristiana?
¿Quién dentro de Alemania o fuera de ella, dentro del Nacional-Socialismo o fuera de él, ha llegado a descubrir o comprobar el significado histórico y religioso de la multisecular suástica, cuyos orígenes se pierden en los horizontes más distantes de los siglos?
No hay nacional-socialismo portugués, español, francés, inglés, italiano, suizo, belga, holandés, danés, sueco, noruego, americano, argentino, etc., etc., pero hay un partido comunista portugués, español, francés, inglés, italiano, suizo, belga, holandés, danés, sueco, noruego, americano, argentino, etc., etc.
El partido Nacional-Socialista es alemán, y gobierna a los pueblos de raza alemana; el partido comunista, aunque exista un partido comunista en Rusia, no es ruso. El partido comunista es mundial, y visa la bolchevización del mundo a través de la revolución mundial.
Así pues, ¿cómo puede pretenderse que la encíclica pontificalMit brennender Sorgesobre la situación de la Iglesia en Alemania, y la encíclicaDivini Redemptorissobre el comunismo ateo, sean idénticas en su significado?
Decenas, centenas de documentos (11) portadores de excomuniones contra reyes y pueblos, similares a la primera encíclica, y aún más graves, se podrían elegir en el Bulario.
Sin embargo, ninguno de ellos significa lo mismo que la encíclica contra el comunismo ateo, pues este sistema político, adoptado por un Estado de muchos millones de hombres, fue admitido en la convivencia internacional junto a agentes diplomáticos y consulares en casi todos los Estados del mundo, y poderosísimas filiales en todos los centros poblacionales.
El comunismo cuenta con todo lo que posee un Estado civilizado cualquiera, y además tiene en cada uno de los Estados de la Tierra sus sucursales ideológicas, mantenidas bajo la más estricta obediencia y disciplina. Cada una de estas sucursales constituye un Estado comunista esperando la hora de actuar por orden de la central de Moscú con objeto de convertir al mundo en una federación de repúblicas soviéticas.
¿Dónde se ha visto, o siquiera sospechado, de que tal fin o ideal hubiese estado nunca en el pensamiento del Nacional-Socialismo?
Por otra parte, todos los principios fundamentales del comunismo, y todas sus realizaciones, son contrarios a la civilización cristiana, o católica, como prefiero llamarle, pues es más correcto este término, y además no se presta a confusiones.
Lo que defiende el Nacional-Socialismo como cuerpo de doctrina organizado, y lo que realiza como Nacional-Socialismo en acción, no afecta los fundamentos morales o sociales de la civilización católica. Pues el racismo ario, debe encararse a una luz desapasionada.
Para la Iglesia, todos los hombres de todas las latitudes, de todas las sangres, de todos los colores, de todos los orígenes, son iguales ante Dios, en el plan de Dios y en relación a Dios. El Nacional-Socialismo no lo niega, tampoco le compete hacerlo.
Lo que proclama y enseña es que, ante el Estado, en el Estado y con relación al Estado, los no-alemanes no son iguales a los alemanes; que todos los alemanes conscientes de su comunidad, cultura y destino pueden ser ciudadanos; los no-alemanes solamente pueden residir en Alemania como huéspedes, es decir, como extranjeros, pues los derechos y intereses de los alemanes son anteriores a los de los extranjeros.
Para la Iglesia, todos los hombres, vengan de donde vengan, son iguales, o deberán serlo.
Pero un príncipe de la Iglesia, después de haber proclamado que los seminaristas pobres son “generalmente, por varias razones, vocaciones de calidad inferior”, y afirmar que “la mayoría de las vocaciones que aparecen en el Patriarcado de Lisboa no son las mejores”, pide a Dios que le envíe vocaciones de élite, “como raza, inteligencia, educación, virtud y medios”. Con piadoso despecho el mismo príncipe de la Iglesia advierte que el catolicismo en Francia debe su prestigio a poseer “…una fina flor de padres seglares distinguidos por la sangre, la ciencia, la virtud y la educación”. Y revela haber encontrado en Bélgica, como maestro de ceremonias, a un cierto pontifical “...un hermano de una de las damas de la reina”, hijo del conde de Wiart, obispo auxiliar del cardenal de Malines (12).
El Señor no se fue a buscar sus apóstoles en los medios aristocráticos, en la alta burguesía, o en la plutocracia. No se hizo rodear de personas “de raza, inteligencia, virtud y medios”. Sólo eligió almas simples, corazones inocentes, caracteres virtuosos.
La doctrina del príncipe de la Iglesia portugués que pide sangre noble proveniente de medios abastados, y desprecia a los padres plebeyos y pobres, no contradice la doctrina de la Iglesia. De acuerdo al plan de las necesidades o conveniencias del Patriarcado, Su Eminencia excluye o dispensa a los seminaristas pobres y plebeyos. Y les cerraría las puertas de los seminarios si la población aristócrata o capitalista viniera a disputar su lugar. Su Eminencia evita confesar que se quedaría casi sin curas si no los aceptara. ¡Todavía son los pobres los que le valen!
También el Nacional-Socialismo, sin entrar a contradecir la doctrina católica de la igualdad de los hombres ante Dios, quiere que en el plan de las conveniencias del Estado alemán se dé preferencia a los alemanes-alemanes, es decir a los arios, antes que a los no-alemanes.
Comprendí que la Iglesia combate al nacionalismo cuando oí a Pio XI recomendar a las misiones y misioneros que “no deberán hacer nacionalismo en ningún modo, sino sólo catolicismo, pues el nacionalismo ha sido siempre un flagelo para las misiones, no siendo incluso exagerado llamarle maldición”, y que por arriba de todo “deberán ocuparse de las cosas de Dios...” (13)
Pero todavía es temprano para pensarse en la extinción del nacionalismo, y en estos momentos no me parece viable el consejo que ha dado a los misioneros de los varios países a que asistan con los brazos cruzados a la desnacionalización que fomentan y desarrollan ciertos elementos o agentes extranjeros en las colonias africanas, asiáticas o oceánicas.
El día que los misioneros portugueses dejen de ser portugueses y pasen a la categoría de a-portugueses; el día que dejen de enseñar la palabra de Dios y de la patria; el día que a las misiones no les quepa la misión de predicar la verdad divina y la verdad nacional; el día que se seque para siempre el amor de la patria en el corazón de los misioneros; en una palabra, cuando sea declarado incompatible el servicio de Dios y el servicio de la patria, porque, como dijo el pontífice, “nadie puede servir a dos señores” (14), ese día será de una grande, profunda y irreparable tristeza. Espero que Dios me ahorre el dolor de presenciarlo...
Pero, teniendo en cuenta los consejos de Pio XI y su declaración de que “somos espiritualmente semitas”, comprendo su repugnancia hacia el racismo alemán, o el racismo de otro país cualquiera. No voy a juzgar su doctrina; pero interpreto el racismo preconizado por el Nacional-Socialismo, no como un concepto anti-católico, sino como un concepto a margen del dogma de la igualdad de los pueblos ante Dios por su origen y destino.
Sin negar esa igualdad y sin poner obstáculos a su reconocimiento, el Estado puede, y en ciertas circunstancias debe, defender la idiosincrasia de su pueblo, haciendo inoperantes todos los intentos de mestizaje y desorganización.
Pregunto incluso si la misma civilización católica no está protegida indirectamente de graves inconvenientes y peligros gracias a medidas racistas que tomen o hayan tomado los Estados. El problema no fue estudiado todavía, y tal vez mereciera serlo.
Todos los hombres de todas las razas, colores y castas se pueden acercar, sin privilegios o desigualdades, a la pila bautismal o a la mesa eucarística. Pero esto no es de la competencia del Estado; en ello no debería intervenir el Estado. Sin embargo, está dentro de sus poderes considerar la desigualdad étnica o histórica de los pueblos, y defenderse de los que en algún modo puedan perjudicar o descaracterizar el suyo.
Perfectamente sé que el mismo pontífice empezó a hablar años más tarde en “nacionalismo exagerado”, e incluso en “racismo exagerado”. Pero lo que hasta entonces se comprendía en su expresión geométrica dejó de comprenderse en esta elástica y gris expresión, pues falta saber dónde empieza y dónde acaba la exageración de un concepto.
Sea como fuere, lo que resulta absolutamente contrario a la letra y al espíritu de la encíclica, es la interpretación que le dan los propagandistas católicos enemigos de Alemania al generalizar sus censuras y condenaciones, y cuando gritan, para hacer un vacío en torno a la Rusia soviética, que tanto el comunismo como el Nacional-Socialismo fueran condenados en la misma medida por el pontífice.
Pero esto no es verdad ni podría serlo, pues, como he dicho antes, lo que el Nacional-Socialismo defiende como cuerpo y doctrina organizada, y lo que realiza como Nacional-Socialismo en acción, no abala para nada los fundamentos morales o sociales de la civilización católica.
Repito: no soy nacional-socialista sólo porque no soy alemán; pero soy anti-comunista porque soy católico, portugués y monárquico.
¿Hay algo en el Nacional-Socialismo que resulte incompatible con mi fe católica, mi nacionalidad y mis ideas políticas? No. Evidentemente, no pienso en actos, incidentes o actitudes públicas de uno u otro elemento nacional-socialista. Me refiero al Nacional-Socialismo como cuerpo de doctrina organizado.
Algunas de sus directrices no podrían aplicarse en Portugal, pues las circunstancias históricas, geográficas, étnicas y culturales de los dos pueblos son distintas. Sin embargo, principalmente en el campo económico y social, ¡quisiera Dios que nos abalanzáramos a aprovechar las lecciones experimentales del Nacional-Socialismo!
¿Hay algo en el comunismo que contienda con mi fe católica, mi nacionalidad y mis ideas políticas? ¡Todo! En la teoría y en la práctica; en el ideal y en las realizaciones; en el conjunto y en los detalles.
Pues soy oriundo de una civilización que representa la orden tradicional fundadamente expuesta en la encíclicaMirari vos,de 15 de agosto de 1832, de Gregorio XVI, y porque el comunismo es la negación absoluta, decidida, formal y feroz de esta orden.
Por detrás de las encíclicasMit brennender SorgeyDivini Redemptorisestá, y no podría dejar de estar, a informarlas, a animarlas, a dirigirlas, una idea superior a todo, que lo sobrepasa todo: el residuo de todo el pensamiento de su augusto autor, el cual, aunque no formulado, palpita vivo y ardiente como si lo fuera: “¡Católicos de todo el mundo, uníos contra el comunismo ateo! ¡Alejad de vosotros todo lo que os separa! ¡Rehuid todas las divagaciones, echad fuera todas las confusiones, expulsad todas las incomprensiones, huid de todos los fingimientos y embustes! ¡Abandonad el camino resbaladizo en el que algunos de vosotros se dejaron caer, pues os arrastrará a una inmensa catástrofe! ¡Católicos de todo el mundo, uníos con quien combate el comunismo ateo; uníos contra el comunismo ateo, si todavía hay tiempo!”

16 de marzo de 1944
Alfredo Pimenta

NOTAS:

(1) El cardenal Van Roey decía en 16 de enero de 1938: “A despecho de la prohibición formal de sus obispos, muchos católicos hacen causa común con los comunistas justo en el momento en que estos exterminan a sangre y fuego la Iglesia católica en España”.
(2) Encíclica Pascendi dominici gregis, del 8 de septiembre de 1907.
(3) El Izvestia de 24 de agosto de 1939 escribía comentando este tratado: “Las diferencias ideológicas, así como las diferencias del sistema político de los dos países, no pueden y no deben perturbar el establecimiento y la manutención de relaciones de vecindad entre la U.R.S.S. y Alemania”. El Pravda expone la misma doctrina. Esta confesión de la diferencia entre el Nacional-Socialismo y el comunismo no podría ser más autorizada.
(4) Mons. Steinmann, vicario capitular de Berlín, decía en 6 de octubre de 1933: “Si hay conflictos entre instituciones católicas y organismos del Estado, no provienen de que el Estado busque oprimir la religión católica, sino que se explican por las medidas naturales de un período de transición, destinadas a integrar la comunidad del pueblo alemán en formas enteramente nuevas” (in Documentation catholique, XXX, col. 923). Y es digno de lectura atenta el discurso que el 14 de enero de 1934 pronunció Von Papen en Gleiwitz.
(5) Inocencio III advertía: “Qui tamquan misericorditer in nostran familiaritatem admisi, nobis illan retributionem impendunt, cuam, juxta vulgare proberbium, mus in pera, serpens in gremio & ignis in sinu suis consueverunt hospitibus exhibere” (apud Benedicto XIV, in A quo primum, encíclica de 14 de julio de 1751 – Bulladium, III, nº 49, p. 170).
(6) En el período de 1933 a 1938 el Estado nacional-socialista puso a disposición de de la dos confesiones la suma de 1.770 millones de Reichsmark, habiendo del primero hasta el último año una diferencia de más de 370 millones. ¡Y esto en un país en el que, después del Estado, la Iglesia es el mayor terrateniente!
(7) Situación idéntica se observa en Portugal. Antes de la revolución del 28 de mayo, el Centro católico desempeñaba, junto a la República democrática, una función colaboracionista; la miseria a que llegó el país creó las circunstancias que forzaron al ejército a intervenir y a instituir el Estado autoritario. Éste, no reconociendo partidos, puso fin a la misión del Centro católico, y realizó, sin él, una obra que nunca el partido católico hubiese podido efectuar, a despecho de colaborar con la República democrática.
(8) Decreto de 28 de febrero de 1933 para la protección del pueblo contra la acción de los comunistas peligrosos para el Estado; la ley de 31 de marzo de 1933 prohíbe candidaturas de comunistas, anula votos de comunistas y elecciones de candidatos comunistas; la ley de 26 de mayo de 1933 persigue quienes favorezcan ideas comunistas en el dominio político, intelectual o literario, confisca las propiedades del partido comunista y de los organismos con él relacionados; la ley de 14 de julio de 1933 prohíbe la reconstitución, o el intento de reconstitución del partido comunista, sea cual sea la forma que emplee.
(9) El 21 de octubre de 1933 el obispo de Ratisbona dijo en su carta pastoral: “La revolución nacional ahogó en Alemania el marxismo y el bolchevismo, y de este modo pudo detener su guerra abierta contra la fe y a la Iglesia”.
(10) Mein Kampf, II, cap. 7 – La lucha contra el frente rojo.
(11) Se sabe que la primera encíclica con este nombre fue la Gloriosan Ecclesiam, de Juan XXII, del 23 de enero de 1318. Pero sólo a partir de Benedito XIV, con la encíclica Ubi primum, de 3 de diciembre de 1740, se generalizó esa categoría de documentos. Hasta entonces, aparte de la encíclica Honestis petentium, de León X, de 15 de febrero de 1521, los documentos pontificales llevaban los nombres de constituciones, letras apostólicas, bulas, breves, motu-proprio, epístolas, etc.
(12) Don Manuel Gonçalves Cerejeira, Obras Pastorais, I, pp. 158 a 166.
(13) Discurso en 6 de diciembre de 1929.
(14) Sin embargo, el episcopado británico enseñaba en 6 de septiembre de 1939: “En esta hora de probación y esfuerzo nacionales nosotros, la jerarquía católica de Inglaterra y del país de Gales, queremos insistir tenazmente con todos los fieles en el deber de obediencia leal a Su Majestad el rey, y en la cooperación dada a todas las formas del servicio nacional”.

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