martes, 18 de junio de 2013

Ian Kershaw Y La Solucion Final





IAN KERSHAW Y LA SOLUCIÓN FINAL

Cuando se entrevista a! autor de un libro sobre el holocausto, suele suceder que es más interesante lo que calla que lo que dice. En este caso se produce el caso inverso, pues el historiador británico lan Kershaw proclama abiertamente lo que hasta ahora ha sido tabú.
Kershaw cobró fama hace unos pocos años gracias a los dos tomos de su mastodóntica biografía de Hitler. El proyecto respondía a dos motivaciones básicas. La primera, mediante dos gruesos volúmenes repletos de notas, dar la apariencia de que se trataba de una sesuda biografía, imposible ya de superar en cuanto a rigurosidad y que hacía inútil cualquier ulterior biografía. La segunda, desmarcarla del resto al presentar a un Hitler que lejos de ser genial y cautivador, era en realidad vago, ineficaz, monótono y aburrido.
El objetivo era claro: mediante una tediosa lectura acerca de un líder que no tenía atractivo ni tan siquiera como encarnación del mal, convencer a cuantos lectores fuera posible de que no merecía la pena indagar más sobre el personaje.
El paso del tiempo ha demostrado que también este intento fue más bien vano, lo cual empero no detiene la inercia de la inversión editorial. Hay que aprovechar el esfuerzo realizado y pagar los favores prestados mediante la publicación de flecos, cual es la recopilación de artículos de Kershaw sobre el manido tema de los alemanes y el holocausto ("Hitler, los alemanes y la solución final").
En la promoción de esta obra menor su autor es entrevistado por "El Mundo" (26 may 09), y lo que declara de forma bastante natural bastaría para rasgar incontables vestiduras. Es necesario leer la entrevista varías veces para no tener la impresión de que se está soñando o que es fruto de una mala jugada por parte del traductor. Kershaw abre debates y establece afirmaciones con una naturalidad tal, que bien pareciera que la legislación penal que castiga la banalización del holocausto fuera igual de banal.
Kershaw proclama un criterio que treinta años atrás ya lanzó David Irving en su monumental "La guerra de Hitler", pero que entonces fue objeto de polémica mundial y censura en Alemania.
Consiste en que dado que no sólo no hay prueba alguna que relacione a Hitler con las cámaras de gas, sino que en ocasiones pareciera que éste no supiera nada o no tuviera mayor interés en la materia, cabría preguntarse si las mismas, en caso de existir como dicen, fueron iniciativa suya o de otros. Ante la asombrada interpelación de cómo sería posible que éstas se construyeran y pusieran en marcha sin su impulso o cuando menos su conocimiento, la curiosa respuesta de Kershaw es que Hitler no era un líder tan poderoso como se nos ha hecho creer, sino más bien débil e indeciso, viéndose superado por hechos consumados a los que posteriormente daba su aquiescencia.
Conozcamos en boca del docto y prestigioso historiador británico, la respuesta a la asombrosa pregunta acerca de la implicación real de Hitler en la llamada "solución final":
«¿Y Hitler?, ¿Fue el Führer un líder taciturno con raptos de melancolía que lo dejaban ausente de la toma de decisiones, como aseguran algunas crónicas que Kershaw recoge en su libro? ¿O fue el centro de todas las decisiones, la medida que dio forma al III Reich? “Hitler estructuró la doctrina nazi y otros interpretaron sus deseos. En el caso de la solución final y las cámaras de gas, la iniciativa correspondió a los gobernadores nazis, sí, pero la tomaron interpretando el discurso de Hitler y, en todo momento, con la autorización explícita de Berlín”.
Kershaw afirma por tanto que el llamado holocausto surgió de unos gobernadores civiles de Hitler, que sin órdenes de éste, actuaron por iniciativa propia en consonancia a sus deseos y discursos. Dado que deseos y discursos están sujetos a errores de interpretación, siguiendo su argumentación bien pudiera ser que la "solución final" fuera la consecuencia de un malentendido.
Por desgracia la entrevista no da mayor concreción, y queda sin indicar en cuál de los discursos de Hitler expresa su deseo de poner fin a la vida de cuanto judío caiga en sus manos. No hay tal discurso ni en ningún texto de Hitler se indica este deseo.
Por lo que se refiere a sus deseos, no puede descartarse que efectivamente el Führer en alguna ocasión expresara ante dichos gobernadores frases tales como "cuántos problemas me quitaría de encima si no hubiera judíos", palabras que Kershaw asume fueron interpretadas de una forma ciertamente drástica por subordinados ‘incontrolados’.
Así pues, los solícitos gobernadores decidieron dar una sorpresiva alegría al Führer materializando uno de sus deseos insatisfechos.
¿Constituyen las líneas anteriores una exageración de mal gusto? En absoluto, pues Kershaw, inasequible al desaliento, prosigue con su tesis:
« (¿De dónde salió la iniciativa para empezar la matanza? ¿De Berlín o de Warthegau?) »., se pregunta lan Kershaw en uno de los textos de "Hitler y la Solución Final". Warthegau fue el nombre de una de las provincias del III Reich en el noroeste de Polonia. Allí, y con cierta autonomía de decisiones, según dice Kershaw, fue donde se ‘inventaron’ las primeras cámaras de gas
En definitiva, según Kerhsaw, el gobernador de Warthegau -el Gauleiter Arthur Greiser, con sede en Posen- no sabía qué hacer con su exceso de judíos y propuso construir cámaras de gas. Y pretende que alguien en Berlín, tal vez el propio Hítler, dijera: "¡Buena iniciativa! Adelante, y a ver qué sale de todo esto!".
Lástima que al acabar la guerra, el gobernador que "inventó las primeras cámaras de gas" y al que se le asigna el inicio del holocausto, no despertara mayor interés entre sus captores norteamericanos. Éstos lo entregaron sin más a los polacos, que lo ejecutaron sin pena ni gloria el 14 de julio de 1946. Por desgracia, no estaba allí el historiador Kershaw para advertirles que tenían en su soga no sólo a un testigo clave, sino también a un “notable protagonista de la triste historia de la humanidad”.
Con posterioridad, siempre según el historiador británico, otros gobernadores se sumarían al proyecto para no ser menos, y cada uno aportaría su particular granito de arena. De tanto en tanto Hitler sería informado, expresando a lo sumo su desacuerdo aquí y su visto bueno allá, pero satisfecho a fin de cuentas de constatar que sus colaboradores tenían espíritu de iniciativa y lo llevaban a la práctica.

¿Nueva exageración de mal gusto? Nada más lejos de mi intención, pues la entrevista concluye de modo expeditivo:
«Kershaw analiza sus argumentos [el de "los primeros promotores"] y llega a la conclusión de que la idea de la Solución Final no tuvo un arquitecto global sino una suma de inspiradores y experimentadores casuales».
Lo dicho, que a Hitler no le interesaba especialmente el tema, y el exterminio surgió de la mente de quienes tenían a los judíos a su cargo, quienes como "experimentadores casuales" construían aquí y allá cámaras de gas que hacían operar según su buen entender. Kershaw lo puede decir más alto pero no más claro: el exterminio judío "no tuvo un arquitecto global".
Llegados aquí, uno no sabe si es el día de los Santos Inocentes, si Kershaw manifiesta síntomas de demencia senil, o si cree que los lectores son estúpidos.
Hitler, por lo general tan atento a la repercusión interior de sus medidas y al impacto diplomático de las mismas, parece ser que en lo referente a exterminar gente dejaba hacer.
Un célebre político francés manifestó que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares. Llegado el caso, Hitler habría dicho sin duda que el exterminio es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los verdugos.
Cuando supuestamente se tomó la decisión de gasear a los judíos, no hacía ni seis meses que se había producido en el país un terremoto que sacudió sus cimientos: el pulso entre el semidesconocido obispo de Münster, conde von Galen, y el todopoderoso Estado nazi. La disputa surgió a cuenta de la eutanasia forzada de los casos gravísimos de disminuidos psíquicos acogidos por el Estado. El impacto diplomático del escándalo, tanto en la Santa Sede como entre los países aliados y neutrales, y su hábil explotación por parte de las potencias enemigas de Alemania, forzó el cierre del incipiente proyecto y la insólita victoria de un solo hombre frente al aparato del Tercer Reich.
SI Alemania se vio incapaz de hacer valer, ante el interior y el exterior de la nación, su argumentación de que en los casos graves e irrecuperables de demencia, etc es humano y deseable evitar una vida vegetal inhumana, con mayor motivo debía mirar con temeroso recelo la nefasta repercusión de un proyecto tanto o más conflictivo: el gastamiento masivo de hombres, mujeres y niños sanos por su mera condición judía.
Si aquel programa eutanásico había llegado a oídos de la jerarquía eclesiástica y por ende a oídos del mundo entero, era más que aventurado creer que un exterminio tal iba a poder quedar oculto. En caso de conocerse, se produciría una nueva conmoción en el interior del país; un descrédito antes sus aliados; una condena firme por parte de los países neutrales, ya de por sí sometidos a una creciente presión por rusos y angloamericanos, y por último pero no menos importante, un elemento propagandístico de primer orden en manos de sus enemigos.
¿Creía Hitler realmente que podía crear un operativo secreto que diera muerte a millones de seres humanos sin que la noticia saltara más allá de sus fronteras? Difícilmente, si hemos de creer lo que él mismo escribió en el Mein Kampf,:
«No es posible, especialmente en vista de la locuacidad del pueblo alemán, construir una organización de una cierta magnitud y al mismo tiempo mantenerla secreta ante el exterior o tan siquiera ocultar sus objetivos. Todo propósito semejante será frustrado de mil modos distintos. No es sólo que nuestras autoridades policiales tienen hoy a su disposición una plana mayor de proxenetas y gentuza similar que por las treinta monedas de plata de la paga de Judas traicionarán cuanto puedan averiguar o incluso inventar, es que en tal caso los correligionarios mismos jamás pueden guardar el debido silencio» (1).
Cuando escribió esas palabras, Hitler tenía en su contra a las autoridades policiales germanas. En el momento del holocausto, a los servicios de inteligencia de las mayores potencias del mundo, tanto o más capaces de encontrar elementos dispuestos a la traición.
Sin embargo, parece ser que Hitler no se creía sus propios libros, y creyó poder ocultar la existencia de las cámaras de gas. Obviamente, el secreto era vital para el éxito de las mismas, no sólo para evitar la estampida de la población judía, sino también para impedir que la presión interior y exterior forzara un nuevo renuncio del régimen y una pérdida irreparable de su imagen.
La única fórmula imaginable pasaría lógicamente por un procedimiento férreamente centralizado que garantizara la máxima discreción (y Kershaw precisamente niega esta centralización y acepta que solo es posible pensar en ‘actos descentralizados y sin autorización’). Algo ciertamente ilusorio habida cuenta de que estamos hablando de transportar por media Europa a millones de seres humanos, destinados a una muerte industrial que requiere de importantes recursos, la participación de no pocas instancias y el empleo de cuantioso personal humano.
Pero la versión de Kershaw hacer creer que Hitler no obstante era una persona audaz y no se dejó amedrentar por los riesgos, aunque bien es verdad que en cuestión de secretos la suerte le abandonó en la guerra. Sus códigos secretos, sus instalaciones secretas, sus armas secretas, sus ofensivas secretas... todas fueron en mayor o menor medida traicionadas. La diosa Fortuna quiso sin embargo que la más sobrecogedora de sus presuntas realizaciones, el pretendido exterminio por medio de cámaras de gas de millones de seres humanos y su posterior cremación, quedara hasta el final de la guerra oculta ante sus enemigos.
Sin embargo, el Sr. Kershaw pretende hacernos creer que ello no fue mérito de una organización tremendamente compacta, juramentada por un pacto de silencio y hermética al exterior, sino a un milagro sin igual que permitió que un permanente manto de silencio cubriera las asesinas iniciativas personales de diversos gobernadores, asesorados por sus propios consejeros y técnicos. Sin el control ni el impulso de un "arquitecto global", sino por propia inspiración y por medio de "experimentaciones casuales".
El milagro es mayor si se tiene en cuenta que tal como nos refiere Kershaw, así como el conocimiento acerca de las cámaras de gas era extremadamente escaso, no sucedía otro tanto con los fusilamientos masivos de judíos en la retaguardia del Frente ruso.
« <La información sobre los fusilamientos en masa en el este de Europa estaba en el ambiente, era fácilmente accesible>, explica Kershaw a EL MUNDO en un correo electrónico. (Pero muchos alemanes decidieron no oír ni ver).
« (Otra cosa, continúa el historiador, es el asesinato en masa en las cámaras de gas. Al respecto hubo mucha menos información. Y, en cualquier caso, no hubo un conocimiento global de la escala de los asesinatos) ».
Kershaw hace una interesante equiparación entre esos fusilamientos masivos de la guerra anti guerrillera en Rusia y las cámaras de gas, pero las diferencias bien pudieran ser mayores que las analogías, y las consecuencias que de ellas se derivan irían mucho más allá de las apuntadas.
En primer lugar, esos fusilamientos tenían lugar en un área de guerra y especialmente sometida a la acción de las guerrillas comunistas que exterminaban a todos los oponentes sin piedad. Estaban encuadrados en las medidas de la lucha antipartisana y dependían jerárquicamente del ejército tanto por su ubicación como en razón a su propósito, por mucho que muchas acciones las llevaran principalmente a cabo Einsatzgruppen de la SS.
A su vez, por motivos obvios estos fusilamientos tenían lugar generalmente en la profundidad de los bosques, en pueblos perdidos donde habían acontecido represalias o actos de los comunistas, en los que previamente se habían cavado las correspondientes fosas. La misma naturaleza de los fusilamientos, el más bien escaso personal adscrito a los Einstatzgruppen, el laborioso proceso de ocultación de los cadáveres, la previa huida de buena parte de la población judía..., son todas ellas circunstancias que impiden que el número de sus víctimas pueda ser en absoluto comparable al que se asigna a las presuntas cámaras de gas.
Con todo, es natural que pese a la inmensidad del Frente ruso y a la triste cotidianidad de los fusilamientos durante la guerra, radio macuto funcionara y soldados de permiso hicieran llegar noticias de los mismos a la población germana.
Así lo confirman los testimonios secretamente recogidos en los informes periódicos de la SD, que con meticulosa precisión germánica daban cuenta del estado de ánimo de la población. Por el contrario, en los mismos no es posible hallar ni uno sólo que haga referencia a la muerte de judíos en cámaras de gas.
Resulta inaudito que tal como señala Kershaw, la población civil alemana tuviera conocimiento de lo que sucedía en secretas operaciones de castigo, acontecidas en recónditos bosques rusos situados a millares de kilómetros de distancia, y que a lo sumo se habrían llevado la vida de varias decenas de millares de personas, y por contra ignorara lo que sucedía en la propia Alemania -Auschwitz estaba ubicado en el Gau de la Alta Silesia-, o a escasos kilómetros de su frontera -en lo que quedaba de la antigua Polonia-, y que estaba ocasionando millones de muertos civiles.
El personal ferroviario, el adscrito a la custodia y vigilancia, el administrativo, el técnico, el sanitario, las auxiliares femeninas... todos demostraron una discreción que contradice la aseveración de Hítler acerca de la "locuacidad del pueblo alemán", e incluso su lamento de que "tos correligionarios mismos jamás pueden guardar el debido silencio".
Finalmente y volviendo a la entrevista, aunque Kershaw señale que "la iniciativa correspondió a los gobernadores nazis, sí, pero la tomaron interpretando el discurso de Hitler", tal vez para tranquilizar a las mentes bienpensantes añada que al menos éste efectivamente se manifestó a favor de "soluciones radicales":
« (Joseph Goebbels describió a Hitler como el "incuestionable campeón de las soluciones radicales a la cuestión judía". Creo que esa frase lo resume todo muy bien)».
Esta frase está extraída del Diario del ministro, y si hace falta acudir a los Diarios de Goebbels para probar la implicación de Hitler en las cámaras de gas... ¡apañados vamos!
En primer lugar, aclarar que los Diarios, si bien contienen alguna que otra anotación contra los judíos, en ningún lugar expresan que Hitler hubiera decidido matar a todos los judíos. Sólo en una ocasión alude a una especie de campo para criminales en el área de Lublin (27 mar 42), pero ni en ésta ni en ninguna otra ocasión hace referencia a las cámaras de gas. Auschwitz sólo es mencionado una vez (20 dic 44), en ocasión de un bombardeo aéreo contra sus fábricas. Dado que la edición de los Diarios de Goebbels, desde junio de 1941 a abril de 1945, ocupa quince tomos y totaliza 9.000 páginas, debería constituir una extraordinaria fuente del holocausto. Por el contrario, su resultado es increíblemente magro.
Quien crea que ello se debió a razones de secreto de Estado, yerra. Goebbels escribió abiertamente acerca de los principales temas objeto de secreto, planes militares inclusive.
De hecho, puestos a citar el Diario de Goebbels, hagámoslo en su integridad y no solamente en las ocasiones que convienen al caso. Consiguientemente, también deberían mencionarse anotaciones que están en contradicción con un plan de exterminio, siendo tal vez la más destacada de ellas la intención de Hitler, expresada en fecha tan tardía como el 30 de mayo de 1942, de trasladar a los judíos a África, lo que demuestra que no había orden de exterminio alguna.
Ciñéndonos a la frase que según Kershaw "lo resume todo muy bien", según la cual Hitler sería el "incuestionable campeón de las soluciones radicales a la cuestión judía", lo cierto es que lo único que resume muy bien es la pobreza de la argumentación de Kershaw.
Según Goebbels, Hitler es el campeón de cuanto positivo hay en la vida. Es el campeón de la perspicacia; el campeón de la camaradería; el campeón de la lealtad; el campeón de la armonía entre los pueblos... Si Hitler practicase el windsurfing, Goebbels escribiría que es el campeón de las olas.
No obstante, debe señalarse que en su diario suele ser Hitler quien por lo general coincide con Goebbels, y no al revés, matización harto importante puesto que el "incuestionable campeón de las soluciones radicales a la cuestión judía" es Goebbels, y no Hitler.
No tiene por tanto mucha significación que Goebbels incrementara sus méritos haciendo constar en su diario la plena concordancia del Führer hacia su política radical. Lo que sí tiene mucha significación es que Kershaw recurra a una simple y vaga declaración de intenciones, y no encuentre en ese mismo diario acciones que la respalden. De hecho, a la hora de la verdad y para frustración de Goebbels, "el campeón de las soluciones radicales a la cuestión judía" resulta no ser tan radical. Un buen ejemplo es la negativa dada por Hitler a Goebbels relativa a su intención de evacuar de Berlín a los judíos emparentados con arios (22nov41), ratificada de nuevo bastante tiempo después (25ene44). Cuando finalmente, seis meses antes de finalizar la guerra, Hitler toma una decisión al respecto, no es la de evacuarlos a un oscuro campo de concentración, sino la de integrarlos en unidades de construcción de fortificaciones (10nov44).
Si la tesis de Kershaw, consistente en que la muerte de millones de seres humanos respondió más a un criterio aleatorio que planificado, llevado a cabo sin orden ni concierto por medio de iniciativas individuales, nacidas de las particulares interpretaciones de deseos que Hitler expresó veladamente en conversaciones y discursos, entonces en lugar de "Hitler, los alemanes y la solución final" debería titular a su libro "Los dirigentes aliados y la solución final".
Si los "alemanes decidieron no oír ni ver", otro tanto cabría decir de sus enemigos. Más impactante que el grado de conocimiento del pueblo alemán, lo es el insólito grado de desconocimiento del mando aliado sobre la existencia de ese supuesto crimen de envergadura sin igual, realizado espontánea y descentralizadamente a lo largo de más de tres años. Kershaw haría bien en dar respuesta a esta cuestión. También a la de porqué se ha hecho creer a varias generaciones que Hitler llevó a cabo un exterminio metódico, si en verdad, tal como él sostiene, "la Solución Final no tuvo un arquitecto global sino una suma de inspiradores y experimentadores casuales".

NOTAS:
(1)- Adolf Hitler, Mein Kampf. Franz Eher Nachf. Munich, 1939. Pag. 608.

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