lunes, 22 de julio de 2013

Las Primicias de Una Profesion-Heinrich Hoffmann



LAS PRIMICIAS DE UNA PROFESIÓN


Capítulo I
(extractos)

HEINRICH HOFFMANN, fotógrafo de Hitler: bonito título para consignar en lastarjetas de visita.
La presentación está hecha: ese fotógrafo soy yo.
Fotógrafo lo soy desde siempre; y los domingos, un maniático del lápiz y delpincel. Mi padre era fotógrafo, hice mi aprendizaje en su estudio, bieninstalado, al que acudió a «posar» todo cuanto existía de famoso en calidad dereyes y de príncipes, de artistas, de cantantes, de políticos.
Adolfo Hitler fue una de esas «estrellas» de la actualidad.
Todo hubiera podido quedar reducido a unos segundos ante la cámara: «Levante lacabeza, sonría, no se mueva ya»; pero he aquí que de ese con­tacto surgió entreél y yo una amistad que nada tiene que ver con la polí­tica (de la cual loignoraba yo todo y que no me importaba en absoluto), aunque se originó, como sedecía antes en electricidad, de la atracción de los polos opuestos; élconcentrado por completo en sus ideas, austero, no fumador; yo, un alegrevividor, bohemio a ratos. Debía yo servirle para descansar de sí mismo. Yteníamos en común dos caracteres impulsivos, apasionados por el arte.
Una amistad la explica uno como puede, generalmente muy mal.
Lo realmente cierto en la amistad Hitler-Hoffmann es que permaneció incólume enel curso de los años caóticos que hemos vivido, y aunque Adolfo Hitler no fueraya la «estrella» política que venía a posar ante la cámara, sino el personajecentral de la historia del mundo.
No sigamos una pista falsa; Heinrich Hoffmann y Hitler, Führer y Canciller delTercer Reich, ni la menor relación tenían (o muy poca). Pero Adolfo Hitler fuemi amigo, desde el día de nuestro primer encuentro hasta su muerte. Y yotambién fui su amigo.

(…)

***

—No puedo indicarle todavía la fecha de la autorización para fotogra­fiarme;pero eso se hará, se lo prometo, señor Hoffmann, y usted tomará las primerasfotos.
Quien así hablaba era el propio Adolfo Hitler. Con el corazón conmo­vidoestreché la mano que me tendía.
Estábamos en 1923. Esas palabras, que forman parte de mi pequeña historia,constituyen los cimientos de una carrera que construí durante más de veinteaños: la de fotógrafo libre. En efecto, libre de toda función oficial, aunqueperteneciendo al círculo íntimo que le rodeaba. Esas pala­bras señalan tambiénel final de un episodio que había empezado para mí con este telegrama: «Envíeinmediatamente fotos Adolfo Hitler. Oferta, cien dólares». Expedido por unafamosa Agencia fotográfica americana, ese mensaje me llegó estando en Munich, el30 de octubre de 1922. El precio me pareció excesivo. Por una foto de Ebert,presidente de la Repú­blica, el precio corriente estaba fijado en cincodólares; y los precios por personajes análogos eran semejantes: y he aquí quepor las de Hitler, rela­tivamente desconocido, aquellos americanos me ofrecíanveinte veces más. ¡Qué locos!
Comuniqué mi asombro a Dietrich Eckart, redactor-jefe del VoelkischerBeobachter, uno de mis amigos que se hallaba conmigo. Eckart era tam­biéníntimo de Hitler, uno de los que sostenían financieramente el movi­mientopolítico con los porcentajes obtenidos de su traducción de Peer Gynt y losderechos de autor dramático que recibía de Suiza.
¡Cien dólares! Un negocio que no se podía dejar escapar. «Eckart es uncompañero», me dije. «Va a ponerme en relación con Hitler.» Había yo pensado envoz alta. Eckart se apresuró a desengañarme. Me explicó sua­vemente, con unénfasis refrenado:
—Si una agencia desea alguna foto de Hitler, habrá de pagar, no cien, ni mil,si no, se lo aseguro, treinta mil dólares.
¿También Eckart se había vuelto loco? Intenté explicarle que Hitler era unaespecie de patrimonio público, que ningún fotógrafo tenía exclusivi­dad algunasobre él, que toda cámara, con tal de hallarse en su camino, tenía derecho a captarsus actos y gestos sin pagar un céntimo.
—Entonces —añadí—, ¿quién es el imbécil que por ese placer gratuito iba aofrecer pagar treinta mil dólares?
Me exalté, argumenté: había yo hecho fotos de emperadores, de reyes y decelebridades del mundo entero. Y no me habían pedido un solo «pfenning» porello. Al contrario, era a mí a quien pagaron, incluso Caruso, al que no lehabía enviado nunca una factura ningún fotógrafo del mundo. ¿Y quién iba ahacerme admitir que Caruso era un personaje mínimo compa­rado con Hitler?
Pero Eckart no cejaba. Hitler, según él, tenía sus razones para negarse a serfotografiado; era ésta una de sus actitudes en la partida de ajedrez políticoque jugaba. Todo el mundo oía hablar de él, todo el mundo estaba al corrientede su ascensión política y nadie había visto nunca su imagen. La gente sesentía curiosa, intrigada hasta el frenesí. A esto se debía el que seprecipitase a sus mítines políticos. Cuando salía de ellos, la curiosidad erasubstituida por una convicción; y aquellas gentes se con­vertían en miembrosdel Partido.
—Hitler —seguía él diciendo— tenía el poder de dar a cada uno la impresión deserle indispensable.
Y mi buen Eckart, entregándose a su manía favorita, hacía girar su «disco»Hitler. Y clamaba:
—Pretende usted que no hay nadie lo suficientemente loco para ofre­cer treintamil dólares por una foto de Hitler. Pues yo le digo que él ha rechazado ya unaoferta de veinte mil.
No lograba yo comprender cómo un hombre, fuera el que fuese, no había brincadode entusiasmo ante semejante proposición. Pero por lo visto (según Eckart) yono entendía a Hitler. Aquellos treinta mil dólares valederos por una foto quesería una rareza gráfica le permitirían extender el grupo en formación que eraresponsable del orden durante sus reunio­nes políticas; treinta mil dólares,después de todo, no era un precio exor­bitante por una foto en exclusiva quepodía ser distribuida en el mundo entero.
Eckart estableció una especie de colaboración con el semanario de MunichSimplissimus, bastante mal dispuesto con respecto a Hitler, pero que hacía unservicio apreciable a su propaganda. Con el pie de «¿A quién se pareceHitler?», aquel periódico publicó una serie de caricaturas que pretendíanresponder a la pregunta.
Todo esto me daba mucho qué pensar. Si podía yo «cazar» a Hitler, como decimosen nuestro argot profesional, nadie vendría a disputarme los famosos veinte mildólares. Pues bien, nada era para mí imposible. Penetró una decisión en migruesa testa bávara ¡tan dura como el cráneo austríaco del señor Hitler! Eckartme prometió guardar silencio sobre mi proyecto de «atentado fotográfico».
—Aunque Hitler —añadió— conocía todos los trucos del oficio.

* * *

Ahora bien, mi estudio del número 50 de Schellingstrasse estaba pre­cisamenteenfrente de la imprenta Mueller: allí era donde se tiraba el dia­rio de HitlerVoelskischer Beobachter. Hitler iba allí a hacer sus visitas de inspección ensu viejo auto verde, y yo empecé a vigilar: la fiebre del caza­dor meatenazaba.
Después de una semana de inacción, descubrí una buena mañana el famoso cocheparado ante la oficina del editor. ¿Estaba allí Hitler? Para comprobarlo entrétranquilamente en las oficinas del diario con el pre­texto de saber si mi amigoEckart estaba en ellas.
Y, en la sala de redacción, a quien vi no fue a Eckart, sino al propio Hitlerescribiendo ante una mesa. Le hubiera reconocido ante cien, sólo por subigotito característico, su impermeable, su corbata-talis­mán, colocada sobrela mesa junto a él. Se volvió hacia mí; aproveché la ocasión:
—¿Sabe usted si está aquí Eckart? —le pregunté.
—No —contestó Hitler—; yo también lo estoy esperando.
Le di las gracias, asegurándole que volvería más tarde. Y, una vez cerrada lapuerta, corrí hacia mi estudio para coger mi máquina, una gran 13/18 «Nettel».Hagamos memoria: esto se sitúa «antes del diluvio», es decir antes de la épocade las máquinas portátiles, que son la comodidad y la seguridad de los actualesfotógrafos de Prensa.
De vuelta en la calle, tenía yo los ojos clavados en el auto verde. No era muybonito, que digamos, aquel coche. Una vieja caja silenciosa sólo cuando estabaparada y que dejaba escapar por el asiento posterior los res­tos de crin conque había sido tapizada. Un carro se colocó detrás del «cacharro», que el caballo,hambriento, tomó por un seto engullendo un enorme bocado de relleno. Pero,asqueado por el polvo, estornudó, tosió, resopló y acabó por arrojar la crinque le había engañado. Entretanto, el chófer, con un aburrimiento sombrío,desconocedor del drama, contem­plaba el paso del tiempo. Mi objeto era entraren conversación con él. Grité sin miedo a las represalias:
—¡Eh, buen hombre! ¿No ve usted que ese penco se está almorzando el asientotrasero?
El chófer se volvió para vomitar una sarta de insultos en el mejor bávaro (esdecir, en el peor), dirigidos al dueño del caballo. Pero él y yo, éramos yaunos camaradas.
Pasaron, unas tras otras, las horas. Siempre y sin cesar examinaba yo mimáquina, la ponía a punto por centésima vez: así distraía la espera. Estaresperando ha acabado siempre con mi buen humor: y, sin embargo, eso forma partede mi oficio.
¡Por fin!
Por fin salió Hitler, acompañado de tres personas. Había llegado el momento deentrar en acción. El segundo del destino: el disparador fun­cionó. ¡Ya le teníaen mi cámara! Sí, pero un instante después mis puños fueron asidos por unasmanos sin la menor suavidad. ¡Los tres hombres de la escolta se habíanabalanzado sobre mí! Uno de ellos me agarró por el cuello y se entabló unalucha furiosa entre ellos y yo. Hubiera escogido la muerte antes que abandonarmi máquina. Sin embargo, la lucha resultaba demasiado desigual. Impotente,mientras uno de aquellos hombres me sostenía, vi cómo los otros dos seapoderaban de la placa y la exponían a la luz. ¡Se habían derretido mis treintamil dólares! Aullé que era aquello un atentado injustificable a la libertadindividual... hallándome en el ejer­cicio legal de mi profesión...
La cólera amontonaba las palabras en mi boca, mientras que, sin con­testar unapalabra, los tres hombres volvieron hasta el coche, que se ade­lantabalentamente. Hitler ya estaba sentado dentro cuando subieron, colocándose a sualrededor.
Permanecí pues, allí, con la corbata torcida, la máquina averiada y obteniendocomo único pago una sonrisa de Adolf Hitler.
Después de aquel fracaso indescriptible, fui víctima de una obsesión: tenía quelograr una foto de Hitler. Pasaron unos meses.
Un día tendí un lazo a mi amigo Hermann Esser, miembro del círculo de Hitler,que me había anunciado su casamiento. Estaba obligado a hacerle un regalo.
—Pero —dije, después de un momento de reflexión—, mejor que regalarle a ustedun tercer juego de cubiertos o una quinta fuente de postre, permítame queorganice su «lunch» de boda. Daré una fiesta tan bonita en mi casa deSchnorrstrasse que el propio Lúculo se sentiría complacido.
Mi idea le encantó. Me dijo entonces que Drexler, fundador del Par­tido ObreroAlemán, del que debía salir más adelante el N. S. D. A. P, y Hitler en personahabían prometido ser testigos de su boda.
¡Hitler! ¡Adolf Hitler! ¡Entonces o nunca! Iba a realizar aquella hazaña en mipropia casa, del modo más fácil del mundo. Hitler—me lo había dicho Eckart— eramuy aficionado en aquella época a los pastelillos y a los dulces.
Encargué una gigantesca tarta de boda en casa de un amigo mío, apa­sionadohitleriano, que me prometió confeccionar una obra maestra. Gui­ñándome un ojo,aquel maestro en su profesión me anunció también una sorpresa.
Cuando Hitler llegó me reconoció inmediatamente entre los otros invitados.
—Me abochorna lo que sucedió —me dijo—. Le trataron a usted con demasiadadureza. Espero poder darle hoy explicaciones sobre ese incidente.
Por diplomacia tomé el asunto a broma y le aseguré a Hitler que en mi profesiónhabía que afrontar aquella clase de aventuras.
Ahora era él quien pareció agradecido de no guardarle rencor.
—Señor Hoffmann —declaró—, hubiera sentido mucho que ese mal recuerdo pudieraensombrecer su buen humor, echando a perder un poco esta velada.
Sirvieron el lunch. Aunque Hitler no bebía nunca alcohol, sabía ponerse a tonocon la alegría de la reunión y mostrarse como un conver­sador atractivo eingenioso. Sin embargo, cuando Esser le pidió que hablase, se negó:
—Ante una multitud, lo haría. Pero, en un círculo íntimo, es imposi­ble. Ya seaen una boda o en un entierro, no valgo nada, y les defraudaría.
Después de la comida sirvieron el café con la tarta de boda, un monu­mento decerca de un metro de altura; y en el centro de ella la famosa sorpresa: unAdolf Hitler de bizcocho recubierto de almíbar rosado, Estaba yo inquieto:¿cuál sería la reacción de Hitler ante aquel homenaje almibarado?
Él clavaba una mirada sin expresión en la figurilla, en la cual sólo elbigotito de caramelo ponía un rasgo de parecido con el original. Hice cuantopude por disculpar al pastelero:
—Su intención había sido buena —dije—, lo cual merece siempre disculpa.
Por último, Hitler tomó el partido de echarse a reír, mientras Esser memusitaba al oído:
—No podemos, sin embargo, desprender la figura y comérnosla ante sus propiosojos. Zanjé aquel dilema:
—Sírvanse ustedes —exclamé alegremente, con un amplio gesto hacia la tarta, allado de la cual había un gran cuchillo de plata.
Cada invitado cortó delicadamente un trocito de tarta, procurando con todocuidado no tocar la figura
... Pero, al día siguiente, Heini, mi pequeño, con un aplomo carente deescrúpulos, se zampó los restos de la tarta, con figura y todo.
Todo se repite en la vida. Veintidós años después, otra tarta con una figurillarepresentando a Hitler fue colocada sobre la mesa del general Eisenhover y desus invitados. Hay que reconocer que las circunstancias eran bastantediferentes. La ofrenda almibarada de un pastelero en 1923 era un sencillohomenaje al vencedor, mientras que en 1945 se repartían sus restos. Allítambién se zamparon la tarta sin escrúpulos.
¡De gustibus non est disputandum!
El momento del café me pareció propicio. Entablé conversación con Hitler y lellevé solapadamente hacia el retiro de mi gabinete. Puse ante sus ojos mismedallas y diplomas, que coleccionaba escrupulosamente; meda­lla de oro delProgreso en el Arte de la Fotografía, concedida por la Aso­ciación Fotográficade Alemania del Sur; medalla de oro del Rey Gustavo de Suecia; gran medalla deplata de Bugra; medalla de Leipzig y otras más.
—Estaba decidido a ser pintor, e incluso fui alumno de la Academia del profesorHeinrich Knirr. Desgraciadamente, mi padre no consideraba el arte como unaprofesión. Tenía además un «slogan»: «Más vale ser un buen fotógrafo que un malartista».
—A mí también me fue negada la carrera de pintor —me dijo Hitler con unasonrisa triste.
Discutimos un momento y, como Hitler parecía cada vez más encan­tado, tuve elvalor de dar otro giro a la conversación:
—Eckart me ha explicado no hace mucho las razones de la timidez de usted anteel objetivo. Hasta cierto punto, se comprende. Pero, ¿puede rechazarse unaoferta de veinte mil dólares?
—En principio —me lanzó él con énfasis— no acepto ninguna oferta. Soy yo quienformulo las peticiones. Y estas peticiones están meditadas, fíjese usted bien.El mundo es muy grande, no lo olvide. De modo que si piensa usted en elprovecho que representa para un diario la exclusiva de una foto que podráaparecer en miles de periódicos del mundo entero, comprenderá que esos treintamil dólares son tan sólo una gota de agua en el mar. Quien acepta una ofertamodesta pierde la cara, como dicen los chinos y no gana nada.
Su tono era desdeñoso.
—Vea usted esos políticos —dijo—. Viven en un estado de compro­miso perpetuo.¿Y qué les espera? Un triste fin. Escúcheme bien; ya verá cómo me impongo atodos esos malos actores que se mueven en la escena política.
Y al decirlo, la voz de Hitler crecía. Se le habría creído en un estrado,dominando a la multitud. Los invitados a la boda, en un salón contiguo,interrumpieron sus conversaciones y prestaron atención. Hitler y yo, alzando lavoz, parecíamos disputar. Confieso que aquellas voces se hacían de prontoazarantes para mí. Hitler notó mi turbación, dejó de gritar y prosiguió conmucha calma:
—Cuándo voy a permitir dejarme fotografiar, es cosa que no puedo decirle. Perolo que le prometo, señor Hoffmann, es que será usted el pri­mero en saberlo.
Y  me tendió la mano.
En aquel momento, mi ayudante entró y me entregó un negativo. Sí, había yoinstalado mi máquina y, por sorpresa, la foto de Hitler estaba hecha. Expliquétodo esto, dije que había dado orden de revelar el clisé inmediatamente. Hitlercontempló, primero la prueba y, luego, a mí. Tenía un aire burlón. Levanté laplaca hacia la luz:
—El negativo es bueno, véalo usted mismo —le propuse.
—Poca exposición —declaró Hitler.
Yo me mantenía.
—La suficiente para una tirada perfecta.
Y  repetí:
—¡Este negativo sería suficiente! —rompiendo el clisé contra la mesa.
Hitler se sorprendió. Yo expuse mis argumentos.
—Un trato es un trato. No le fotografiaré hasta el día en que me lo pida.
Diecisiete años después, en el Kremlin, hubo una segunda parte de este asuntocon José Stalin. Estamos en 1939, con ocasión de la firma del Pacto de noagresión. ¿Estamos? No, no, ya llegaremos a eso.

—Señor Hoffmann, le quiero de verdad. ¿Puedo venir a verle a menudo?
La voz de Hitler expresaba una absoluta sinceridad. Respondí de todo corazón,sin la menor segunda intención comercial, que me congratularía mucho recibir suvisita.
Aquel mismo día, los recién casados, Hitler, mi primera mujer y yo, fuimosjuntos a Obersalzberg. Hitler nos había invitado a pasar unos días en laPlaterhof mientras él permanecía en Wechenfeld (el Berghof del mañana), unagradable hotelito de estilo campestre que había él alquilado a dos señoras deHamburgo. El Platerhof era por entonces un hotel que llevaba el nombre deJudith Plater: fue el escenario de la novela mundialmente conocida de RicardoVoss, Zwei Manschen.
Hitler cumplió su palabra y fue un asiduo de mi casa.

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