jueves, 3 de octubre de 2013

"Nuestra causa", por el Dr. William Pierce

 
"Nuestra causa", por el Dr. William Pierce


Dejadme que os cuente una pequeña anécdota que creo que ilustra nuestro problema. Hace varios años dí una charla a una clase de un instituto privado de Maryland. Era la Indian Spring Friend's School, gestionada por los cuáqueros, pero con un cuerpo estudiantil al parecer aproximadamente dividido por igual entre judíos y gentiles, más unos cuantos negros simbólicamente dispersos por aquí y por allá. Durante toda mi charla una chica rubia y el único 'negro' de la clase estuvieron sentados juntos en primera fila, besándose y manoseándose, en un esfuerzo obviamente planificado de distraerme.

El tema de mi conferencia era la importancia de que los americanos blancos desarrollaran un sentido de identidad racial y de orgullo racial, si es que queríamos sobrevivir. Cuando acabé, un estudiante blanco de unos 17 años se levantó para hacer la primera pregunta. Su pregunta fue «¿Qué le hace pensar que sea tan importante que la raza blanca sobreviva?»

Me quedé atónito y sin palabras. Y mientras yo estaba ahí de pie con la boca abierta, saltó de pronto un joven judío y le dió su propia respuesta: «No hay ninguna buena razón en absoluto para que los blancos sobrevivan,» anunció el judío, «porque no han aportado nada a la raza humana, excepto el conocimiento de cómo matar gente. Las demás razas han aportado todo lo que merece la pena, todo lo que permite a la gente ser más feliz y vivir más cómodamente». Y a continuación recitó de corrido una lista de cinco o seis nombres: Freud, Einstein, Salk, y unos cuantos más -todos judíos-. Entonces le pregunté si también él era judío y con toda la arrogancia y desprecio de que pudo reunir replicó: «¡Sí, lo soy, y estoy orgulloso de ello!». En ese momento la clase en pleno se levantó, incluídos los blancos, y puestos en pie le dedicaron una ovación al joven judío. Al fondo del aula el profesor sonreía de oreja a oreja.

Ni que decir tiene que mi conferencia en aquella clase fue un notable desperdicio. Los chavales blancos de allí habían sido sometidos a tamaña intimidación moral, habían sido tan imbuidos de culpa racial y auto-odio, y les habían retorcido de tal modo la mente, que dudo mucho que nadie pudiera ya enderezarlas. Por cierto que en una hora no podría nadie.

Pero lo que más preocupado me dejó, más incluso que la falsa culpa racial colectiva que les había sido imbuida a estos chicos y chicas, fue mi incapacidad de responder a la pregunta del joven blanco. ¿Por qué deberíamos sobrevivir? Ésta es una de esas preguntas al estilo de ¿por qué es mejor el bien que el mal? O, en nuestros días, ¿por qué es la heterosexualidad mejor en algo que la homosexualidad? Si dos personas quieren practicar sexo juntas, ¿quiénes somos nosotros para decir que es mejor que sean un hombre y una mujer, que no dos hombres, o dos mujeres? Una pregunta relacionada con esto se refiere al mestizaje racial: ¿por qué no van a vivir juntos un hombre negro y una mujer blanca, o viceversa, si pueden ser felices? Son preguntas éstas que la mayoría de los blancos, incluso los blancos normales y sanos, no saben responder satisfactoriamente hoy día.

Hace cien años, antes de que los judíos inundaran nuestro país y se apoderaran de nuestros medios de comunicación de masas y de nuestro sistema educativo, probablemente ni siquiera hubiéramos necesitado las respuestas. Sencillamente sabíamos que era importante que nuestra raza sobreviviera y progresara. Sabíamos que la homosexualidad y el sexo interracial eran algo malo. Era algo que nos decía nuestra intuición. Las respuestas estaban en nuestra alma, por mucho que no supiéramos expresarlas con palabras. Pero entonces aparecieron los judíos -que son gente astuta, una gente muy astuta-, y comenzaron a hacer estas mismas preguntas. Y si no sabíamos responderlas, comenzaban a suministrar sus propias respuestas.

En la actualidad todos los que estamos aquí esta noche sabemos cuales son las respuestas de los judíos. Las leemos en nuestros periódicos y las oímos en la televisión, todos y cada uno de los días. Algunos blancos, de hecho al principio la mayoría, se opusieron a los planes judíos. Pero las razones esgrimidas para oponérseles eran todas razones equivocadas. Por ejemplo, cuando se les preguntaba «¿Por qué no debería tu hijo o hija casarse con un negro/a?» respondían «Bueno, dos personas con unos antecedentes tan distintos no van a ser felices juntos. Tendrán niños de raza mixta a los que no aceptarán blancos ni negros. Es más probable que un matrimonio funcione si ambos son de la misma raza. Sencillamente, el mundo aún no está preparado para los matrimonios mixtos». Bueno, por supuesto que a los judíos no les costaba demasiado despachar tan triviales y superficiales objecciones. El problema era que nuestra gente ya había aceptado la mayor parte de las premisas básicas judías. Nuestro criterio para elegir compañero/a de matrimonio era la felicidad -¡la felicidad!-, fuera la nuestra o la de nuestros hijos. Nadie tenía respuestas realmente sólidas, respuestas basadas en algo fundamental. Por cierto que las iglesias, cuyo papel debería haber sido proporcionar las respuestas correctas, no fueron de ninguna ayuda. De hecho estaban, y están, en la vanguardia del asalto judío contra todos nuestros valores e instituciones. Están tan entrampadas con los judíos que ahora andan atareadísimos discurriendo como reescribir el Nuevo Testamento para quitar o modificar todas las partes que los judíos consideren ofensivas, como la responsabilidad judía en la crucifixión de Jesús.

Los judíos se las arreglaron para continuar machacando a los americanos blancos --sondeando, fisgoneando, haciendo más preguntas, suscitando más dudas--, hasta que perdimos toda fe en lo que anteriormente sabíamos intuitivamente que era lo correcto. Nuestra ética, nuestro código de conducta, nuestros valores, nuestros sentimientos, y nuestras aspiraciones, todo se fue por el retrete. Lo que nos dieron a cambio fue la nueva «moralidad» de «si hace que te sientas bien, hazlo». A nuestros hijos les enseñan en la escuela que progreso significa más felicidad para más gente. Y felicidad, por supuesto, significa sentirse bien. Hay un anuncio de Coca-Cola que resume todo este asunto, seguro que lo habréis visto en televisión: un corro de unas veinte personas de todos los colores, de ambos sexos, y tan obviamente felices y despreocupados como pueda estarse, todos cogidos de la mano y cantando «Me gustaría darle al mundo una Cocacola». Y ahora, ¿quién va a criticar algo así, más que los racistas más miserables y estrechos de miras?

Los americanos corrientes -incluso los que no aprueban el mestizaje racial- no saben cómo reaccionar ante una proclama tan astuta como la del anuncio de Coca-Cola; y obviamente los chavales blancos corrientes de nuestras escuelas de hoy día no saben. Y una vez que han aceptado inconscientemente las premisas ocultas de este anuncio -y toda la actitud hacia la vida de la que surge el anuncio- se sigue con toda naturalidad la pregunta que me hicieron en la escuela de Indian Spring Friends: puesto que todas la razas -blancos, 'negros', judíos, gitanos, chinos, mulatos- son esencialmente iguales y la misma, y puesto que todos pueden ser felices haciendo el mismo tipo de cosas, ¿por que íbamos a preocuparnos por cuál es la raza de una persona, o ni siquiera por cuál es nuestra propia raza? ¿Es que no sería el sexo igual de placentero para nosotros si en vez de blancos fuéramos negros? ¿Es que no sabría igual de buena una Coca-Cola? ¿Qué más da que nuestros nietos sean mulatos, con tal de que la economía siga fuerte y puedan permitirse bonitos coches y televisiones de 25 pulgadas?

Pues bien, uno puede atacar este mundo de fantasía judía con hechos; uno puede señalar que aunque los judíos son astutos, no han hecho nada meritorio en el mundo. Que los blancos han hecho algunas cosas aparte de matar a otros pueblos. Y puede uno señalar que las diferencias raciales son algo más profundo que la piel. Puede uno hablar sobre los niveles de coeficiente intelectual; puede citar ejemplos históricos en los que una civilización tras otra declina y se arruina cuando la raza que la erigió comenzó a entrecruzarse en matrimonios con sus esclavos. Pero en realidad nada de ésto va a convencer a un chaval cuya máxima preocupación es si los consumidores del mundo -si los felices bebedores de Coca-Cola- van a ser algo menos felices en un mundo sin blancos.

En lo que hemos fracasado en el pasado ha sido en comprender la profunda fuente interior de la que manaban nuestros sentimientos e intuiciones sobre la raza, y sobre otros asuntos. En realidad no teníamos ninguna cosmovisión sana y saludable que ofrecer a los chavales blancos, como sustituto de la oropelada y plástica cosmovisión judía del anuncio de Coca-Cola. Y así, no podemos en realidad responder a su pregunta sobre la supervivencia de la raza blanca, no más de lo que podemos darle una razón auténticamente convincente de porqué no debería simplemente hacer cualquier cosa que le apetezca -ya sea tomar drogas, o acostarse con negros/as, o experimentar con la homosexualidad.

Podéis pensar que ése chaval era un caso de 'liberalismo' extremo, pero en realidad no es distinto del empresario medio -y quiero decir medio- de este país. Hace unos cuantos años solían ser segregacionistas, pero cuando a finales de los 60 los negros comenzaron a alborotarse y quemar cosas, se volvieron integracionistas. Después de todo, los disturbios son malos para los negocios. Quizá sus [respectivas] visiones del mundo sean algo distintas, pero el empresario y el chaval de Maryland basan ambos su manera de pensar en una y misma cosa: el egoísta materialismo judío. El chaval que cree que el sentido de la vida es la felicidad, sabe que no hay en este planeta muchas cosas más felices que un puñado de 'pequeninos' chapoteando en un charco de barro. Y el empresario que cree que el sentido de la vida es hacer dinero, sabe que el dinero de un cliente negro es tan verde como el de los clientes blancos.

En efecto, una persona que acepta este tipo de premisas, no puede ver ninguna razón auténticamente convincente del porqué debería sobrevivir la raza blanca. Su meta es vivir una 'buena vida'. Y para él, éso significa una vida con montones de dinero, comida y bebida de sobra, sexo en abundancia, coches nuevos, casas grandes, y continuas diversiones.

Entretenimientos: ésto es todo para lo que vive, lo único que le importa, y lo único que comprende. Háblale del sentido de la vida y te pondrá los ojos en blanco. Háblale sobre la eternidad y se reirá de tí. Aunque no le gusta pensar en ello, sabe que no va a vivir para siempre, y su intención es exprimir la vida al máximo. Más allá de ésto, nada tiene significado para él. Qué diferente de ésta era la actitud hacia la vida de nuestros antepasados del norte de Europa de hace unos cientos de años. Por supuesto sentían codicia por el dinero como nosotros, y les gustaba divertirse cuando podían, pero ésto no era para ellos el sentido de la vida. Quizá lo que mejor resuma su actitud hacia la vida y la muerte sea una estrofa de una vieja saga nórdica. Dice algo así:

La gente muere, y muere el ganado
Y así uno mismo debe morir,
Pero algo hay que sé que no muere nunca,
Y es la fama de las hazañas de un muerto.

El filósofo alemán Arthur Shopenhauer expresaba esencialmente la misma idea al decir que a lo máximo que puede aspirar un hombre es a un paso heróico por la vida. En otras palabras, que la grandeza, y no la felicidad, es la marca distintiva de una buena vida. Bien, no es que quiera decir que todos nosotros debamos pensar en términos de hacernos famosos, o de morir heroicamente en el campo de batalla, con la espada o el revólver en la mano. Quizá a algunos de nosotros nos sea concedido éso, pero lo que es importante, lo que sí podemos hacer todos nosotros, incluso los que piensan que son intrínsecamente no-heróicos, es adoptar esa actitud hacia la vida y hacia la muerte que estaba implícita en las viejas sagas, y en la afirmación de Shopenhauer.

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