sábado, 8 de febrero de 2014

Robert E. Howard-Conan- Más Allá Del Rio Negro

MÁS ALLÁ DEL RÍO NEGRO

(Cuento clásico)

Robert E. Howard




Capítulo 1. Conan pierde su hacha



La calma del bosque era tan primitiva que las suaves pisadas eran una perturbación alarmante. Al menos eso parecía a los oídos del caminante, aunque avanzaba por el sendero con la cautela que debe practicar cualquier hombre que se aventura más allá del Río Trueno. Era un hombre joven, de estatura media, con un semblante abierto, y con una mata de leonado pelo en desorden que no cubría gorra ni yelmo. Su atavío era muy corriente en aquel país; una túnica rústica, sujeta a la cintura, unos calzones cortos de cuero por debajo, y botas de ante que llegaban debajo de la rodilla. La empuñadura del cuchillo sobresalía desde el borde una bota. El ancho cinturón de cuero sostenía una pesada espada corta y una bolsa de piel de ante. No había sombras en los grandes ojos que revisaban los verdes muros que bordeaban el sendero. Aunque no era alto, estaba bien conformado y los brazos que dejaban ver las amplias mangas de la túnica eran gruesos y musculosos.

El viajero continuaba caminando imperturbable, aunque la última cabaña de pobladores estaba kilómetros atrás y cada paso lo acercaba al sombrío peligro que colgaba como una melancólica sombra sobre el antiguo bosque.

No estaba haciendo tanto ruido como él creía, aunque bien sabía que la leve pisada de sus pies con botas sería como un toque de alarma para los aguzados oídos que podían estar al acecho en el traicionero refugio verde. Su actitud despreocupada no era genuina; sus ojos y oídos estaban muy alertas, especialmente los oídos, ya que ninguna mirada podía penetrar la frondosa maraña más de un metro o dos en cada dirección.

Pero más que sus sentidos externos, fue su instinto lo que le obligó a detenerse de repente, la mano en la empuñadura. Permaneció inmóvil en medio del sendero, el aliento contenido sin querer, preguntándose qué había escuchado, y preguntándose si efectivamente había escuchado algo. El silencio parecía absoluto. Ninguna ardilla castañeteaba, ningún pájaro piaba. Entonces su mirada se clavó en una masa de arbustos al costado del sendero, delante de él. No había brisa, sin embargo había visto temblar una rama. Se le erizó el cabello y se quedó parado, indeciso durante un instante, seguro de que un movimiento en cualquier dirección causaría su muerte.

Un pesado golpe sonó detrás de las hojas. Los arbustos se agitaron con violencia y al mismo tiempo salió de ellos una flecha, que siguió una trayectoria errática y desapareció entre los árboles a lo largo del camino. El caminante observó el vuelo mientras saltaba, acuciado por cubrirse.



Ilustración: Valeria Uccelli

Agazapado tras un grueso tronco, la espada temblando entre sus dedos, el hombre vio que los arbustos se abrían y que una alta figura avanzaba sin prisa hacia el sendero. El caminante se quedó mirando sorprendido. El extraño vestía como él en lo que se refería a botas y calzones, aunque estos últimos eran de seda y no de cuero. Pero usaba en lugar de una túnica una larga y oscura malla articulada, y un yelmo colocado sobre una oscura melena que atrajo su mirada; no tenía cimera sino que iba adornado con dos cortos cuernos de toro. Ninguna mano civilizada había forjado ese casco. Pero tampoco era civilizado el rostro que había debajo: oscuro, con cicatrices y unos ardientes ojos azules, resultaba tan salvaje como el bosque primitivo que le servía de fondo. El hombre sostenía una espada ancha en la mano derecha y el borde chorreaba carmesí.

—Sal —gritó, con un acento poco familiar para el caminante—. Todo está seguro ahora. Era sólo uno de los perros. Sal.

El otro salió indeciso y se quedó mirando al extraño. Se sentía curiosamente indefenso e inútil mientras miraba las proporciones del hombre del bosque; su sólido pecho cubierto de hierro y el brazo que sostenía la espada enrojecida, la piel tostada por el sol y cruzada por los músculos. Se movía con la peligrosa soltura de una pantera; era demasiado flexible para ser producto de la civilización, incluso de ese borde de civilización que componía las fronteras exteriores.

Se volvió, caminó otra vez hasta los matorrales y los apartó. Aun inseguro de lo que había sucedido exactamente, el caminante del este avanzó y miró entre los arbustos. Un hombre yacía allí, un hombre bajo, oscuro y de poderosos músculos, desnudo a excepción de un taparrabo, un collar de dientes humanos y una pulsera de bronce. Una corta espada estaba metida en la faja del taparrabo y una mano todavía aferraba un pesado arco negro. Tenía el pelo largo y negro; eso era todo lo que el viajero pudo distinguir de su cabeza, porque sus rasgos eran una máscara de sangre y sesos. El cráneo estaba partido hasta los dientes.

—¡Un picto, por los dioses! —exclamó el caminante.

Los ardientes ojos azules se volvieron hacia él.

—¿Te sorprende?

—Bueno, me dijeron en Velitrium, y de nuevo en las cabañas de los colonos a lo largo del camino, que estos demonios a veces se deslizaban a través de la frontera, pero no esperaba encontrar a uno de ellos a esta distancia en el interior.

—Estamos a sólo seis kilómetros al este del Río Negro —le informó el extraño—. Han sido abatidos dentro de un kilómetro de Velitrium. Ningún colono entre el Río Trueno y Fuerte Tuscelan está realmente seguro. Encontré el rastro de este perro a unos cuatro kilómetros al sur del fuerte, esta mañana, y lo he seguido desde entonces. Llegué detrás de él justo cuando lanzaba una flecha contra usted. Un instante más y habría un extraño en el Infierno. Pero le arruiné el disparo.

El caminante miraba con los ojos desorbitados al otro hombre, pasmado ante la idea de que en realidad le había seguido el rastro a uno de esos demonios del bosque y lo había matado sin que sospechara. Eso implicaba un conocimiento del bosque de una calidad nunca soñada, incluso para Conajohara.

—¿Eres uno de la guarnición del fuerte? —preguntó.

—No soy soldado. Recibo la paga y las raciones de un oficial de línea, pero hago mi trabajo en los bosques. Valannus sabe que soy más útil recorriendo las orillas del río que encerrado en el fuerte.

Con indiferencia, el matador empujó el cuerpo con el pie dentro de la espesura, reacomodó los arbustos y se volvió para seguir por el sendero. El otro caminó detrás.

—Me llamo Balthus —dijo—. Anoche estuve en Velitrium. Aún no he decidido si voy a tomar una parcela de tierra o entrar al servicio del fuerte.

—Las mejores tierras cercanas al Río Trueno ya están tomadas —gruñó el matador—. Abundante buena tierra entre la Cañada Pelada, que has cruzado unos kilómetros atrás, y el fuerte; pero se está poniendo endemoniadamente cerca del río. Los pictos lo cruzan para quemar y matar; como ése. No siempre vienen solos. Algún día intentarán barrer a los colonos de Conajohara. Y puede que tengan éxito, probablemente tengan éxito. Este asunto de la colonización es descabellado, de todos modos. Hay abundante buena tierra al este de los límites bosonianos. Si los aquilonios fraccionaran algunas de las enormes propiedades de sus barones, y plantaran trigo donde ahora sólo cazan venados, no tendrían que cruzar la frontera y despojar a los pictos de sus tierras.

—Es una extraña forma de hablar de un hombre al servicio del gobernador de Conajohara —objetó Balthus.

—No es nada mío —replicó el otro—. Soy un mercenario. Vendo mi espada al mejor postor. Nunca planté trigo y nunca lo haré, siempre y cuando haya otros cultivos que cosechar con la espada. Pero vosotros los hiborios os habéis extendido hasta donde les permitieron. Habéis cruzado los límites, quemado algunas aldeas, exterminado varios clanes, y empujado la frontera hasta el Río Negro, pero dudo si seréis capaces de sostener lo que habéis conquistado, y nunca empujaréis más la frontera hacia el oeste. Vuestro idiota rey no comprende las condiciones aquí. No os enviará suficientes refuerzos, y no hay bastantes colonos para resistir el impacto de un ataque conjunto a través del río.

—Pero los pictos están divididos en pequeños clanes —insistió Balthus—. Jamás se unirán. Podemos derrotar a un solo clan.

—O incluso tres o cuatro clanes —admitió el matador—. Pero algún día surgirá un hombre que unirá treinta o cuarenta clanes, exactamente como los cimerios, cuando la gente de Gunderlan intentó de empujar la frontera hacia el norte, años atrás. Trataban de colonizar los límites del sur de Cimeria; destruyeron unos pocos clanes, construyeron una ciudad-fuerte, Venarium... has oído el cuento.

—Así es, efectivamente —respondió Balthus, con una mueca.

El recuerdo del rojo desastre era una mancha oscura en las crónicas de un pueblo guerrero y orgulloso.

—Mi tío estaba en Venarium cuando los cimerios invadieron por encima de los muros. Fue uno de los pocos que escaparon a la matanza. Le he escuchado contar el cuento, más de una vez. Los bárbaros bajaron desde las colinas en una horda predadora, sin previo aviso, y atacaron Venarium con tal furia que nadie pudo resistir. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados. Venarium quedó reducida a una masa de ruinas carbonizadas, y así sigue hasta hoy. Los aquilonios fueron obligados a cruzar los límites y desde entonces nunca han intentado colonizar Cimeria. Pero tú hablas de Venarium con familiaridad. ¿Tal vez estuviste allí?

—Sí —gruñó el otro—. Era uno de la horda que invadió por encima de los muros. Ni siquiera había vivido quince inviernos, pero mi nombre ya era repetido alrededor de las hogueras del consejo.

Balthus retrocedió involuntariamente, con los ojos fijos. Parecía increíble que el hombre que caminaba con tranquilidad a su lado fuera uno de esos locos demonios sedientos de sangre que habían escalado los muros de Venarium ese día tan lejano, para volver sus calles de color carmesí.

—¡Entonces también eres un bárbaro! —exclamó sin querer.

El otro asintió, sin ofenderse.

—Soy Conan, un cimerio.

—He oído de ti —dijo Balthus, con un nuevo interés en la mirada. ¡No le extrañaba que el picto hubiera caído víctima de su propia ingenuidad! Los cimmerios eran tan bárbaros y tan feroces como los pictos, pero mucho más inteligentes. Era evidente que Conan había pasado mucho tiempo entre hombres civilizados, aunque obviamente ese contacto no lo había suavizado, ni había debilitado ninguno de sus primitivos instintos. El temor de Balthus se convirtió en admiración mientras notaba el tranquilo andar felino, el fácil silencio con que el hombre se movía a lo largo del sendero. Los eslabones engrasados de su armadura no tintineaban, y Balthus sabía que Conan podía deslizarse a través de la espesura más cerrada o del bosque más denso de una manera tan silenciosa como ningún picto desnudo que jamás haya vivido.

—¿No eres de Gunderland? —Era más una afirmación que una pregunta.

Balthus sacudió la cabeza.

—No, soy de Tauran.

—He encontrado buenos conocedores del bosque entre los de Tauran. Pero los bosonianos os han protegido a los aquilonios durante muchos siglos del mundo exterior salvaje. Necesitáis endureceros.

Eso era cierto; los límites de Bosonia, con sus aldeas fortificadas y llenas de arqueros decididos, habían servido durante mucho tiempo a Aquilonia como tope contra los bárbaros de afuera. Ahora y aquí, entre los colonos más allá del Río Trueno estaba creciendo una raza de hombres de bosque capaces de enfrentar a los bárbaros en su propio terreno, pero su cantidad era todavía escasa. La mayor parte de los hombres de la frontera era como Balthus —más un colono que un espadachín.

El sol no se había puesto todavía, pero ya no se veía, oculto detrás del denso muro del bosque. Las sombras se alargaban y se oscurecían entre los árboles mientras los compañeros caminaban por el sendero.

—Será de oscuro antes de llegar al fuerte —comentó el cimerio al pasar, y entonces—: ¡Escucha!

Se detuvo en seco, medio agazapado, la espada lista, transformado en una imagen salvaje de sospecha y amenaza, listo a saltar y atacar. Balthus también lo había escuchado, un terrible alarido que subió hasta su nota más alta. Era el grito de un hombre en extremo temor o agonía.

Conan se disparó en un instante, acelerando por el sendero, y con cada paso ensanchaba la distancia con su esforzado compañero. Balthus resopló una maldición. Entre los colonos de Tauran era considerado buen corredor, pero Conan lo estaba dejando atrás con enloquecedora agilidad. Entonces Balthus olvidó su exasperación mientras sus oídos eran ultrajados con el grito más lleno de miedo que alguna vez hubiera escuchado. No era humano; era el demoníaco chillido de espantoso triunfo que se regocijaba sobre una presa caída y encontraba eco en negros abismos más allá del conocimiento humano.

El paso de Balthus vaciló y un sudor pegajoso le perló la piel. Conan no dudó; avanzó velozmente tras una curva en el sendero y desapareció, y Balthus, invadido por el pánico y viéndose solo con ese terrible grito todavía vibrando a través del bosque en ecos espeluznantes, puso un impulso adicional de velocidad y salió tras él.

El aquilonio resbaló hasta detenerse tambaleante, a punto de chocar con el cimerio que estaba parado en el sendero junto a un cuerpo caído. Pero Conan no miraba el cadáver que yacía allí en el polvo empapado de sangre. Tenía la mirada clavada en el profundo bosque a ambos lados del sendero.

Balthus murmuró un juramento horrorizado. El cuerpo en el camino era de un hombre bajo y gordo, vestido con botas trabajadas con oro y —a pesar del calor— una túnica con ribetes de armiño; era un mercader adinerado. En su rostro gordo y pálido había una expresión de horror congelado; tenía el grueso cuello tajado de oreja a oreja como por una afilada hoja. La corta espada todavía en su vaina parecía indicar que había sido abatido sin una oportunidad de pelear por su vida.

—¿Un picto? —susurró Balthus, mientras se volvía para espiar las sombras crecientes del bosque.

Conan sacudió la cabeza y se enderezó para mirar con detenimiento al hombre muerto.

—Un demonio del bosque. ¡Éste es el quinto, por Crom!

—¿Qué quieres decir?

—¿Has oído hablar alguna vez de un hechicero picto llamado Zogar Sag?

Balthus sacudió la cabeza en una negativa preocupada.

—Habita en Gwawela, la aldea más cercana del otro lado del río. Hace tres meses se escondió junto a este camino y robó una reata de mulas cargadas de una caravana que se dirigía al fuerte —drogó a los conductores, de alguna manera. Las mulas pertenecían a este hombre —Conan tocó el cuerpo con indiferencia—. Tiberias, un mercader de Velitrium. Las mulas iban cargadas con barriles de cerveza y el viejo Zogar se detuvo a beberla antes de cruzar el río. Un bosquimano llamado Soractus lo rastreó, y condujo a Valannus y a tres soldados hasta un matorral donde dormía el viejo picto borracho. Ante la insistencia de Tiberias, Valannus metió a Zogar Sag en una celda, que es el peor insulto que le puedes hacer a un picto. El viejo logró matar a su guardia y escapar, y mandó a decir que tenía la intención de matar a Tiberias y a los cinco hombres que lo habían capturado de un modo que haría temblar a los aquilonios en los siglos por venir.

«Bien, Soractus y los soldados están muertos. El primero asesinado en el río, los soldados a la misma sombra del fuerte. Y ahora Tiberias está muerto. Ningún picto los mató. Todas las víctimas, a excepción de Tiberias como ves, estaban sin cabeza; sin duda ahora adornan el altar del dios particular de Zogar Sag.

—¿Qué quieres decir con que no los mataron los pictos? —preguntó Balthus.

Conan señaló el cuerpo del mercader.

—¿Crees que fue hecho con un cuchillo o una espada? Mira más atentamente y verás que sólo una garra pudo hacer una herida como ésa. La carne está desgarrada, no cortada.

—Tal vez una pantera... —empezó Balthus, sin convicción.

El cimerio sacudió la cabeza, impaciente.

—Un hombre de Tauran no puede equivocar la marca de las garras de una pantera. No. Es un demonio del bosque invocado por Zogar Sag para llevar a cabo su venganza. Tiberias fue un necio por salir hacia Velitrium solo, y cerca del crepúsculo. Pero cada una de las víctimas parecía tocado con la locura justo antes de que el destino los alcanzara. Tiberias venía montado en su mula a lo largo del camino, tal vez con un bulto de buenas pieles de nutria detrás de la montura para vender en Velitrium, y la cosa saltó sobre él desde ese arbusto. Mira donde están aplastadas estas ramas.

»Tiberias lanzó un único grito, y entonces su cuello estaba abierto y él estaba vendiendo sus pieles de nutria en el Infierno. La mula escapó hacia el bosque. ¡Escucha! Incluso ahora puedes escuchar cómo va y viene bajo los árboles. El demonio no tuvo tiempo de tomar la cabeza de Tiberias; se asustó cuando aparecimos.

—Cuando tú apareciste —corrigió Balthus—. No debe de ser una criatura muy terrible si huye de un hombre armado. Pero ¿cómo sabes que no fue un picto con alguna clase de garfio que desgarre en vez de tajar? ¿Lo viste?

—Tiberias era un hombre armado —gruñó Conan—. Si Zogar Sag puede hacer que los demonios lo ayuden, puede decirles cuál hombre matar y cuál dejar tranquilo. No, no lo vi. Sólo vi que los matorrales se sacudían mientras abandonaba el sendero. Pero si quieres más pruebas, ¡mira aquí!





El que matara a Tiberias había pisado el charco de sangre donde yacía el cadáver. Bajo el matorral en el borde del sendero había una pisada, hecha con sangre sobre el duro suelo.

—¿Acaso un hombre hizo eso? —preguntó Conan.

Balthus sintió que se le paraban los pelos. Ningún hombre ni bestia que jamás hubiera visto podía haber dejado esa huella monstruosa y extraña de tres dedos, que curiosamente recordaba la del pájaro y la del reptil, y sin embargo no era de ninguno. Extendió sus dedos por encima de la pisada, con cuidado de no tocarla, y soltó un gruñido explosivo. No podía cubrir la marca.

—¿Qué es esto? —susurró—. Nunca vi una bestia que dejara una huella como ésa.

—Ni tampoco ningún otro hombre cuerdo —contestó Conan, sombrío—. Es un demonio de los pantanos. Abundan como los murciélagos en las ciénagas más allá del Río Negro. Puedes oírlos aullar como almas condenadas cuando sopla viento fuerte desde el sur en las noches cálidas.

—¿Qué haremos? —preguntó el aquilonio, espiando inquieto en las profundas sombras azules. El congelado pavor en el semblante del muerto lo acosaba. Se preguntó qué horrorosa cabeza había visto el desdichado aparecer entre las hojas para que se le helara la sangre de terror.

—Es inútil tratar de seguir a un demonio —gruñó Conan, sacando una corta hacha de bosquimano de su faja—. Intenté seguirlo después de que matara a Soractus. Perdí su rastro en una docena de pasos. Le deben haber crecido alas y se alejó volando, o se hundió en la tierra hasta el Infierno. No lo sé. No iré tras la mula, tampoco. Llegará al fuerte o a la cabaña de algún colono.

Mientras hablaba, Conan estaba ocupado en el borde del sendero con el hacha. Con unos pocos golpes cortó un par de árboles jóvenes de dos o tres metros de largo, y les quitó las ramas. Luego cortó un tramo de enredadera que se arrastraba entre los arbustos vecinos, y atando uno de los extremos a final del palo, a medio metro del final, la pasó al otro y la entrelazó ida y vuelta. En pocos momentos tenía una camilla rústica pero fuerte.

—El demonio no tomará la cabeza de Tiberias si yo puedo evitarlo —refunfuñó—. Cargaremos el cadáver hasta el fuerte. No está a más de cuatro kilómetros. Nunca me gustó el gordo estúpido, pero no permitiremos que los diablos pictos blasfemen libremente con las cabezas de los hombres blancos.

Los pictos eran una raza blanca, aunque de piel morena, pero los hombres de la frontera nunca hablaban de ellos como tales.

Balthus cogió el extremo posterior de la litera, sobre la que Conan colocó sin ceremonia al infortunado mercader y luego avanzaron por el sendero tan rápido como era posible. Conan no hacía más ruido con la sombría carga que cuando iba sin ella. Había hecho un lazo con el cinturón del mercader al extremo de uno de los palos, y llevaba el peso de la carga con una mano, mientras la otra sujetaba su ancha espada desenvainada, mientras su mirada incansable revisaba los muros siniestros a su alrededor. Las sombras se espesaban. Una niebla de color azul oscuro borroneaba le perfil del follaje. El bosque se veía más profundo en el crepúsculo, se convirtió en una amenaza azul de misterio que cobijaba cosas impensables.

Habían cubierto más de un kilómetro y los robustos músculos de Balthus comenzaban a dolerle un poco, cuando llegó un grito estremecedor desde el bosque, cuyas sombras azules tornaban al púrpura. Conan aceleró de repente, y Balthus casi pierde los palos.

—¡Una mujer! —gritó el hombre más joven—. ¡Gran Mitra, una mujer acaba de gritar ahí!

—La mujer de un colono perdida en el bosque —gruñó Conan, dejando en el suelo su extremo de la litera—. Busca una vaca, probablemente y... ¡Quédate aquí!

Se zambulló como un lobo de cacería en la pared de hojas. Los pelos de Balthus se erizaron.

—¿Quedarme aquí solo con este cadáver y un demonio oculto en el bosque? —aulló—. ¡Yo voy contigo!

Y uniendo acción a sus palabras, echó a correr tras el cimerio. Conan le echó un vistazo pero no hizo ninguna objeción, aunque no moderó su paso para adaptarlo a las piernas más cortas de su compañero. Balthus perdió aliento en maldiciones mientras el cimerio se alejaba, como un fantasma entre los árboles. Y entonces Conan irrumpió en una oscura arboleda, y se detuvo agazapado, gruñendo y con la espada en mano.

—¿Para qué te detienes? —jadeó Balthus, secándose el sudor de los ojos y sujetando su corta espada.

—Ese grito vino desde esta arboleda, o cerca —respondió Conan—. No me equivoco al ubicar sonidos, ni siquiera en el bosque. Pero dónde...

De pronto el grito sonó otra vez —detrás de ellos, en la dirección del sendero que acababan de dejar. Se alzó penetrante y lastimero, el grito de una mujer en frenético terror... y entonces, de improviso, cambió a un alarido de risa burlona que pudo haber venido de los labios de un demonio del Infierno más bajo.

—¿Qué es, en nombre de Mitra...? —El rostro de Balthus era un borrón pálido en la penumbra.

Con un juramento, Conan giró y corrió de regreso por donde había venido, y el aquilonio tropezaba perplejo tras él. Tropezó con el cimerio cuando éste se detuvo, y rebotó de sus fornidos hombros como si fuera una estatua de hierro. Jadeando por el impacto, escuchó que la respiración de Conan siseaba a través de sus dientes. El cimerio parecía congelado sobre sus pies.

Al mirar por encima de su hombro, Balthus sintió los pelos tiesos. Algo se movía entre los espesos matorrales que bordeaban el sendero —algo que no caminaba ni volaba, algo que parecía deslizarse como una serpiente. Pero no era una serpiente. Sus rasgos eran imprecisos pero era más alto que un hombre, y no muy voluminoso. Arrojaba un resplandor de luz extraña, como una tenue llama azul. En efecto, el extraño fuego era lo único tangible en él. Podía ser una llama corporizada que se movía con razón y propósito a través del bosque cada vez más oscuro.

Conan gruñó una salvaje maldición y lanzó su hacha con feroz voluntad. Pero la cosa siguió deslizándose sin alterar su curso. En realidad sólo tuvieron una visión de segundo de ella —una cosa alta e imprecisa de llama neblinosa que flotaba a través de los matorrales. Entonces se fue, y el bosque se agazapó en una quietud sin aliento.

Con un gruñido, Conan cruzó el follaje y llegó al sendero. Su blasfemia, mientras Balthus se acercaba vacilante, era espeluznante y sin pasión. El cimerio estaba parado junto a la litera donde yacía el cadáver de Tiberias. Y ese cadáver ya no tenía cabeza.

—¡Nos engañó con sus condenados maullidos! —rugió Conan, moviendo la espada sobre su cabeza y furioso—. ¡Pude haberlo sabido! ¡Pude haber adivinado el truco! Ahora habrá cinco cabezas para adornar el altar de Zogar.

—Pero ¿qué cosa es ésa, que puede gritar como una mujer y reír como un demonio, y brilla como fuego fatuo mientras se desliza entre los árboles? —jadeó Balthus, secándose el sudor de su rostro pálido.

—Un diablo de los pantanos —respondió Conan, taciturno—. Sujeta esos palos. Llevaremos el cuerpo, de todos modos. Al menos nuestra carga es un poco más liviana.

Con esa filosofía tan lúgubre, cogió el lazo de cuero y reanudó la marcha por el sendero.





Capítulo 2 - El mago de Gwawela





El Fuerte Tuscelan se levantaba en la orilla oriental del Río Negro, y sus mareas lavaban el pie de la empalizada. Ésta era de troncos, como todos los edificios interiores, incluso el torreón (para dignificarlo con ese nombre), donde estaban los cuarteles del gobernador, con vistas a la empalizada y al hosco río. Más allá de ese curso de agua había un inmenso bosque, que casi tenía la densidad de una selva a lo largo de las esponjosas orillas. Unos hombres recorrían día y noche los pasadizos del largo parapeto, observando esa densa pared verde. A veces aparecía una figura amenazante, pero los centinelas sabían que también ellos eran observados, feroz y ávidamente, con la crueldad del viejo odio. El bosque más allá del río podía parecer desolado y vacío de vida a un ojo ignorante, pero allí abundaban no sólo las aves, bestias y reptiles, sino también los hombres, la más feroz de todas las bestias de caza.

Allí, en el fuerte, terminaba la civilización. Fuerte Tuscelan era el último reducto de un mundo civilizado; representaba la avanzada más occidental de las dominantes razas hiborias. Más allá del río, todavía reinaba lo primitivo en sombríos bosques, cabañas techadas con paja donde colgaban sonrientes cráneos humanos, y recintos con murallas de adobe donde parpadeaban las fogatas y rugían los tambores, y las lanzas eran afiladas por las manos de unos hombres oscuros y silenciosos con hirsuto pelo negro y ojos de serpientes. Esos ojos miraban a menudo el fuerte del otro lado del río a través de los arbustos. Alguna vez, esos hombres de piel oscura habían construido sus cabañas donde estaba ese fuerte, sí, y sus cabañas se alzaban donde ahora había campos y otras cabañas, de troncos y de colonos rubios de más allá de Velitrium, ese rústico y turbulento pueblo fronterizo sobre la ribera del Río Trueno, hasta las orillas de ese otro río que forma el límite de Bosonia. Llegaron los mercaderes, y los sacerdotes de Mitra que caminaban con los pies descalzos y las manos vacías; la mayor parte de ellos murió horriblemente; pero siguieron los soldados —hombres con hachas en la mano— y las mujeres y los niños en carretas tiradas por bueyes. Los aborígenes fueron empujados hasta el Río Negro, y todavía más allá, con matanza y masacre. Pero la gente de piel oscura no olvidaba que alguna vez Conajohara había sido suya.

El guardián tras la puerta oriental gritó un quién vive. A través de una abertura con barrotes parpadeó la luz de una antorcha, reflejada sobre un yelmo metálico y unos ojos recelosos debajo de él.

—Abre la puerta —bufó Conan—. Ves que soy yo, ¿verdad?

La disciplina militar le daba dentera.

La puerta se movió hacia adentro y Conan y su compañero pasaron. Balthus notó que la puerta estaba flanqueada por una torre de cada lado, y que los extremos sobresalían de la empalizada. Vio agujeros para las flechas.

Los guardias gruñeron cuando vieron la carga que llevaban los hombres. Sus lanzas sonaron unas contra otras mientras empujaban la puerta, la barbilla sobre el hombro. Conan les preguntó, malhumorado:

—¿Nunca antes han visto un cuerpo sin cabeza?

Las caras de los soldados se veían pálidas a la luz de la antorcha.

—Ése es Tiberias —dijo uno—. Reconozco esa túnica con borde de piel. Aquí Valerius me debe cinco monedas de plata. Le dije que Tiberias habían escuchado la llamada de somorgujo cuando cruzó la puerta sobre su mula, con una mirada fija y vidriosa. Aposté a que volvería sin su cabeza.

Conan lanzó un gruñido enigmático, hizo un gesto a Balthus para dejar la litera sobre el suelo y luego se alejó a grandes zancadas hacia los cuarteles del Gobernador, con el aquilonio a sus talones. El joven despeinado miró a su alrededor con ansiedad y curiosidad; notó las hileras de barracones a lo largo de las murallas, los establos, los diminutos puestos de los mercaderes, el altísimo fortín y los demás edificios, con la plaza abierta en el medio donde se ejercitaban los soldados, y donde ahora danzaban las fogatas y holgazaneaban los hombres desocupados. Ahora se apresuraban hacia la morbosa multitud reunida cerca de la litera en la puerta. Las figuras esbeltas de los lanceros aquilonios y de los corredores bosquimanos se mezclaban con las formas más cortas y rechonchas de los arqueros bosonianos.

No le sorprendió mucho que el gobernador los recibiera en persona. La sociedad autocrática, con sus rígidas leyes de casta, se encontraba al este de los límites. Valannus todavía era joven, bien conformado, con un rostro finamente cincelado y marcado seriamente por el trabajo y la responsabilidad.

—Dejaste el fuerte antes del amanecer, me dijeron —le dijo a Conan—. Había empezado a temer que los pictos por fin te hubieran atrapado.

—Cuando ahumen mi cabeza, todo el río lo sabrá —gruñó Conan—. Escucharán hasta Velitrium a las mujeres pictas llorar las muertes... Me fui de recorrida solitaria. No podía dormir. Escuchaba todo el tiempo a los tambores que hablaban del otro lado del río.

—Hablan todas las noches —le recordó al gobernador, con los finos ojos ensombrecidos mientras miraba a Conan con atención. Había aprendido que era poco sabio no tener en cuenta los instintos de los hombres salvajes.

—Anoche había una diferencia —refunfuñó Conan—. La ha habido desde que Zogar Sag volvió al otro lado del río.

—Deberíamos haberle hecho regalos y enviado a casa, o si no, colgarlo —suspiró el gobernador—. Tú aconsejaste eso, pero...

—Pero es difícil que ustedes los hiborios aprendan las maneras de los fronterizos —dijo Conan—. Bien, ahora no hay nada que hacer, pero no habrá paz en la frontera mientras Zogar viva y recuerde la celda donde sudó. Yo estuve siguiendo a un guerrero que cruzó para poner algunas muescas blancas sobre su arco. Después de partirle la cabeza, me encontré con este muchacho cuyo nombre es Balthus y que ha venido desde Tauran para ayudar a sostener la frontera.

Valannus le echó una mirada de aprobación al rostro franco del joven y a su cuerpo bien formado.

—Me alegra darte la bienvenida, joven señor. Ojalá viniera más de tu gente. Necesitamos hombres acostumbrados a la vida del bosque. Muchos de nuestros soldados y algunos de los colonos vienen de las provincias orientales y no saben nada del bosque, ni siquiera de la vida agrícola.

—No muchos de ellos vienen a este lado de Velitrium —gruñó Conan—. Ese pueblo está lleno de ellos, sin embargo. Pero escucha, Valannus, encontramos a Tiberias muerto sobre el sendero. —Y en pocas palabras relató el espeluznante evento.

Valannus palideció.

—No sabía que había dejado el fuerte. ¡Debe haber estado loco!

—Lo estaba —contestó Conan—. Como los otros cuatro; cada uno, cuando llegó su turno, se volvió loco y salió disparado hacia el bosque a encontrarse con su muerte, como una liebre que corre por la garganta de una pitón. Algo los llamaba desde la profundidad del bosque, algo que los hombres llaman un somorgujo, a falta de un mejor nombre, pero sólo los condenados podían escucharlo. Zogar Sag ha hecho una magia que la civilización Aquilonia no puede superar.

A esta crítica, Valannus no respondió; se secó la frente con mano temblorosa.

—¿Saben los soldados sobre esto?

—Dejamos el cuerpo junto a la puerta oriental.

—Deberías haber ocultado el hecho, y escondido el cadáver en alguna parte en el bosque. Los soldados ya están bastante nerviosos.

—Lo habrían encontrado de alguna manera. Si hubiera escondido el cuerpo, lo habrían devuelto al fuerte como el cadáver de Soractus, atado fuera de la puerta para que los hombres lo encontraran por la mañana.

Valannus se estremeció. Giró, se acercó a una ventana y se quedó en silencio y mirando hacia afuera al río, negro y brillante bajo el resplandor de las estrellas. Más allá del curso, la selva crecía como una pared color ébano. El chillido distante de una pantera rompió el silencio. La noche se sentía pesada, confundía los sonidos de los soldados fuera del fortín, amortiguaba los fuegos. Un viento susurraba a través de las ramas negras, rizando el agua oscura. Sobre sus alas llegaba un pulso bajo y rítmico, siniestro como la pisada de un leopardo.

—Después de todo —dijo Valannus, como si pensara en voz alta—, ¿qué sabemos nosotros, qué sabe nadie, de las cosas que la selva puede esconder? Escuchamos apagados rumores de grandes pantanos y ríos, y de un bosque que se extiende más y más sobre llanuras interminables y colinas para terminar por fin sobre la orilla del océano occidental. Pero qué cosas hay entre este río y ese océano, ni siquiera me atrevo a adivinar. Ningún hombre blanco jamás se ha metido en la profundidad de ese baluarte y regresado vivo para contar qué encontró. Somos sabios en nuestro saber civilizado, pero nuestra sabiduría hasta ahora se extiende apenas... ¡hasta la orilla occidental de ese antiguo río! ¿Quién sabe qué formas terrenales y no-terrenales se ocultan más allá del tenue círculo de luz que arroja nuestro conocimiento?

»¿Quién sabe qué dioses son venerados bajo las sombras de ese bosque pagano, o qué demonios se arrastran fuera del fango negro de los pantanos? ¿Quién puede estar seguro de que todos los habitantes de ese país negro son naturales? Zogar Sag, un sabio del que se burlarían las ciudades orientales por su magia tan primitiva como la farsa de un fakir; sin embargo ha vuelto locos y matado a cinco hombres, de una manera que ninguno puede explicar. Me pregunto si él mismo es completamente humano.

—Si puedo llegar hasta él a la distancia de un hacha resolveré esa pregunta —refunfuñó Conan, sirviéndose del vino del gobernador y pasándole un vaso a Balthus, que lo tomó con titubeo y un vistazo inseguro hacia Valannus.

El gobernador se volvió hacia Conan y lo miró, pensativo.

—Los soldados, que no creen en fantasmas ni demonios —dijo—, están casi en pánico. Tú, que crees en fantasmas, espíritus malignos, duendes traviesos y toda clase de cosas asombrosas, no pareces tener miedo a ningunas de las cosas en las que crees.

—No hay nada en el universo que el frío acero no corte —contestó Conan—. Lancé mi hacha al demonio, y no lo herí, pero pude haberle errado en la penumbra, o una rama desvió su vuelo. No salgo de mi camino buscando a demonios; pero no saldría de mi camino para dejar pasar a uno.

Valannus levantó la cabeza y miró de lleno a los ojos de Conan.

—Conan, depende más de ti de lo que eres consciente. Conoces la debilidad de esta provincia, una delgada cuña clavada en tierra virgen. Sabes que las vidas de todas las personas al oeste de los límites dependen de este fuerte. Si llegara a caer, las hachas rojas estarían astillando las puertas de Velitrium antes de que un jinete pudiera cruzar la frontera. Su Majestad, o sus consejeros, ha ignorado mi petición de que enviaran más soldados a mantener la frontera. No saben nada de estas condiciones y son contrarios a gastar más dinero en esto. El destino de la frontera depende de los hombres que la sostienen ahora.

»Sabes que han retirado la mayor parte del ejército que conquistó Conajohara. Sabes que la fuerza que queda es inadecuada, especialmente desde que ese diablo de Zogar logró envenenar nuestras reservas de agua y murieron cuarenta hombres en un día. Muchos de los otros están enfermos, o fueron mordidos por serpientes, o atacados por bestias salvajes que parecen aglomerarse en creciente cantidad en las inmediaciones del fuerte. Los soldados creen en lo que se jacta Zogar, que puede convocar a las bestias del bosque para matar a sus enemigos.

»Tengo trescientos lanceros, cuatrocientos arqueros bosonianos, y quizás cincuenta hombres que, como tú mismo, tienen experiencia en el bosque. Valen diez veces su número en soldados, pero hay pocos de ellos. Francamente, Conan, mi situación se está volviendo precaria. Los soldados murmuran deserción; están deprimidos, creen que Zogar Sag nos ha soltado los demonios. Tienen miedo a la peste negra con que nos amenazó, la terrible peste negra de los pantanos. Cuando veo a un soldado enfermo, sudo por el miedo de ver que se vuelve negro, se marchita y se muere ante de mis ojos.

»¡Conan, si sueltan la plaga sobre nosotros, los soldados desertarán en masa! La frontera será abandonada y nada obstaculizará el avance de las hordas de piel oscura hasta las mismas puertas de Velitrium... ¡tal vez más allá! Si no podemos mantener el fuerte, ¿cómo podrán ellos defender el pueblo?

»Conan, Zogar Sag debe morir si vamos a retener Conajohara. Has penetrado en lo desconocido más allá que cualquier otro hombre en el fuerte; sabes dónde está Gwawela, y conoces algo de los senderos del bosque al otro lado del río. ¿Tomarás un grupo de hombres esta noche y te esforzarás por matarlo o capturarlo? Oh, ya sé que es algo alocado. No hay más que una oportunidad en mil de que cualquiera de vosotros regrese vivo. Pero si no lo atrapamos, es muerte segura para todos nosotros. Puedes llevar tantos hombres como desees.

—Una docena de hombres es mejor para un trabajo así que un regimiento —contestó Conan—. Quinientos hombres no podrían abrirse camino luchando hasta Gwawela y regresar, pero una docena podría deslizarse y volver otra vez. Déjame escoger a mis hombres. No quiero ningún soldado.

—¡Permíteme ir! —exclamó Balthus ansiosamente—. He cazado venados toda mi vida en Tauran.

—De acuerdo. Valannus, comeremos en el puesto donde se reúnen los bosquimanos y escogeré a mis hombres. Saldremos dentro de una hora, bajaremos por el río en un bote hasta un punto más abajo y luego nos deslizaremos hasta él por el bosque. Si vivimos, deberíamos estar de regreso antes del amanecer.





Capítulo 3 - Los reptiles en la oscuridad





El río era un vago vislumbre entre las paredes color ébano. Los remos que impulsaban el largo bote que se deslizaba en la densa sombra de la ribera oriental se hundían suavemente en el agua, sin hacer más ruido que el pico de una garza. Los hombros anchos del hombre delante de Balthus eran azules en la densa penumbra. Él sabía que ni siquiera los agudos ojos del que iba arrodillado en la proa distinguirían algo más que unas decenas de centímetros por delante. Conan sentía el camino por instinto y por su intensa familiaridad con el río.

Nadie hablaba. Balthus le había echado una buena mirada a sus compañeros en el fuerte, antes de que se deslizaran fuera de la empalizada y hacia la costa hasta la canoa que esperaba. Eran de una nueva raza que crecía en el mundo del rudo borde de la frontera, hombres a quienes la cruda necesidad había enseñado el arte del bosque. Aquilonios de las provincias occidentales sin excepción, tenían mucho en común. Se vestían igual, botas de ante, calzones de cuero y camisas de venado, con anchas fajas que sujetaban hachas y espadas cortas; y eran todos demacrados, con cicatrices y ojos duros; musculosos y taciturnos.

Casi eran hombres salvajes, sin embargo todavía había una amplia brecha entre ellos y el cimerio. Ellos eran hijos de la civilización, convertidos a la semi-barbarie; él era un bárbaro de mil generaciones de bárbaros. Ellos habían adquirido cautela y maña, pero él había sido nacido con estas cosas. Se destacaba de ellos incluso en la ágil economía de movimiento. Ellos eran lobos, pero él era un tigre.

Balthus los admiraba, y admiraba a su líder, y sintió latir su corazón de orgullo por haber sido admitido en su compañía. Se sentía orgulloso porque su remo no hacía más ruido que los de ellos. En cuanto a eso por lo menos era su igual, aunque su arte del bosque, aprendido en las cacerías en Tauran, nunca podría igualar lo que yacía en las almas de los hombres de la salvaje frontera.

Más allá del fuerte, el río daba una amplia curva. Las luces del fortín se perdieron con rapidez, pero la canoa continuó su camino más de un kilómetro, evitando obstáculos y troncos flotantes con precisión casi asombrosa.

Entonces se escuchó un bajo gruñido del líder, y balancearon las cabezas y se deslizaron hacia la orilla opuesta. Salir de las negras sombras de la maleza que bordeaba la costa y ponerse en medio de la corriente creaba una rara ilusión de exposición imprudente. Pero las estrellas brillaban apenas, y Balthus sabía que, a menos que alguno estuviera esperándolo, sería casi imposible para el ojo más fino distinguir la forma oscura de la canoa cruzando el río.

Se inclinaron tras los arbustos que colgaban de la orilla occidental, y Balthus buscó a tientas y encontró una raíz que sobresalía; la agarró. No se dijo ninguna palabra. Les habían dado todas las instrucciones antes de que la partida de reconocimiento dejara el fuerte. Tan silencioso como una gran pantera, Conan se deslizó por el costado y desapareció en los arbustos. También así de silenciosos, lo siguieron nueve hombres. Agarrado de la raíz y con el remo cruzado sobre la rodilla, a Balthus le pareció increíble que diez hombres desaparecieran en el enmarañado bosque sin un sonido.

Se acomodó para esperar. No hubo ninguna entre él y el otro hombre a su lado. En algún lugar, más menos a un kilómetro al noroeste, estaba el pueblo de Zogar Sag, rodeado de bosque espeso. Balthus comprendía sus órdenes; él y su compañero debían esperar el regreso de la partida de ataque. Si Conan y sus hombres no habían regresado a la primera luz del amanecer, debían regresar deprisa río arriba hacia el fuerte e informar que el bosque otra vez había cobrado su inmemorial peaje de la raza invasora. El silencio era opresivo. Ningún sonido venía desde el bosque negro, invisible más allá de las masas color ébano que eran los arbustos colgantes. Balthus ya no escuchaba los tambores. Habían estado silenciosos durante horas. Seguía parpadeando, sin darse cuenta trataba de ver a través de la profunda penumbra. Los olores nocturnos del río y el bosque, fríos y húmedos, lo oprimían. En algún lugar, cerca, escuchó un sonido como si un gran pez hubiera caído en el agua. Balthus pensó que debía haber saltado tan cerca de la canoa que había golpeado el costado porque un leve temblor hizo vibrar la embarcación. La popa del bote empezó a moverse, alejándose ligeramente de la orilla. El hombre detrás de él debía haber soltado la raíz que estaba sujetando. Balthus torció la cabeza para susurrar una advertencia, y sólo pudo distinguir la figura de su compañero, un bulto apenas más negro en la negrura.

El hombre no respondió. Preguntándose si se había quedado dormido, Balthus extendió la mano y lo tomó por el hombro. Ante su asombro, el hombre se dobló bajo su mano y se desplomó en la canoa. Medio torciendo su cuerpo, Balthus lo buscó a tientas, el corazón disparado en su garganta. Sus dedos temblorosos se deslizaron hasta la garganta del hombre; sólo las mandíbulas apretadas convulsivamente ahogaron el grito que se elevó hasta sus labios. Sus dedos tropezaron con una herida abierta y sangrante; habían cortado la garganta de su compañero de oreja a oreja.

En ese instante de horror y pánico, Balthus se puso de pie... y entonces un brazo musculoso que surgió de la oscuridad se cerró con ferocidad sobre su garganta, estrangulando su grito. La canoa se meció locamente. El cuchillo de Balthus estaba en su mano, aunque no recordaba haberlo sacado de su bota, y apuñaló feroz y ciegamente. Sintió que la hoja se clavaba hondo, y un grito perverso sonó en su oreja, un grito que recibió una horrible respuesta. La oscuridad pareció cobrar vida a su alrededor. Un clamor bestial surgió de todos lados y otros brazos forcejearon con él. Vencida bajo una masa de cadáveres, la canoa rodó de lado, pero antes de Balthus se hundiera con ella algo golpeó contra su cabeza y la noche fue brevemente iluminada por un cegador estallido de fuego, antes de ceder paso a una negrura donde ni siquiera brillaban las estrellas.





Capítulo 4 - Las bestias de Zogar Sag





Las fogatas volvieron a deslumbrar a Balthus mientras recuperaba sus sentidos poco a poco. Parpadeó, agitó la cabeza. Su luminosidad lastimaba sus ojos. Una confusa mezcla de sonidos creció a su alrededor, haciéndose más clara a medida que se aclaraban sus sentidos. Levantó la cabeza y miró estúpidamente a su alrededor. Unas negras figuras lo rodearon, recortadas contra lenguas de llama.

Rápidamente, llegaron la memoria y la comprensión. Estaba atado erguido a un poste en un claro, rodeado por figuras feroces y terribles. Más allá de ese anillo las fogatas ardían, atendidas por mujeres desnudas y de piel oscura. Más allá de los fuegos vio unas cabañas de adobe y estacas, cubiertas con paja. Más allá de las cabañas había una empalizada con una ancha puerta. Veía todo eso al recorrer con la mirada. Incluso notó sin prestar interés a las oscuras mujeres crípticas con sus curiosos peinados. Toda su atención estaba clavada en horrible fascinación sobre los hombres que lo miraban.

Hombres bajos, de amplios hombros y pecho hundido, su desnudez sólo estaba cubierta por un escaso taparrabo. La luz del fuego le daba relieve y resaltaba sus formidables músculos. Las caras oscuras estaban inmóviles, pero los estrechos ojos relucían con el fuego que arde en los de un tigre al acecho. Las melenas enredadas estaban atadas a la espalda con bandas de cobre. En sus manos, espadas y hachas. Toscos vendajes cruzaban los miembros de algunos, y había manchas secas de sangre sobre la piel oscura. Habían estado luchando, hace poco, y mortalmente.

Sus ojos vacilaron lejos de la intensa mirada de sus captores y reprimió un grito de horror. A unos metros de distancia se alzaba una pirámide baja y horrorosa: estaba construida con cabezas humanas ensangrentadas. Los ojos muertos miraban sin vida hacia el cielo negro. Anonadado, reconoció los semblantes que miraban hacia él. Eran las cabezas de los hombres que habían seguido a Conan hasta el bosque. No pudo saber si la cabeza del cimerio estaba entre ellas. Sólo veía algunas caras. Al menos le parecía ver diez u once cabezas. Lo asaltó una náusea mortal. Luchó contra el deseo de vomitar. Más allá de las cabezas estaban los cuerpos de media docena de pictos, y sintió un júbilo feroz ante esa visión. Los corredores del bosque habían cobrado su peaje, por lo menos.

Giró la cabeza lejos del espantoso espectáculo y notó que otro poste se levantaba cerca, uno pintado de negro como el suyo. Un hombre colgaba de sus ataduras allí, desnudo a excepción de sus calzones de cuero, a quien Balthus reconoció como uno de los bosquimanos de Conan. La sangre goteaba de su boca y rezumaba lentamente de un corte profundo en el costado. Levantó la cabeza mientras se lamía los lívidos labios; entonces farfulló, haciéndose escuchar con dificultad por encima del perverso clamor de los pictos.

—¡De modo que te atraparon también!

—Se deslizaron en el agua y cortaron la garganta del otro tipo —gruñó Balthus—. Nunca los escuchamos hasta que estuvieron sobre nosotros. Mitra, ¿cómo puede algo moverse tan silenciosamente?

—Son demonios —masculló el hombre de la frontera—. Deben haber estado observándonos desde el momento que dejamos la corriente. Nos metimos en una trampa. Nos cayeron flechas de todos lados antes de saberlo. La mayoría de nosotros caímos en el primer ataque. Tres o cuatro atravesaron los arbustos y comenzaron una lucha cuerpo a cuerpo. Pero había demasiados. Conan debe haber escapado. No he visto su cabeza. Sería mejor para los dos si nos hubieran matado directamente. No puedo culpar a Conan. Por lo normal habríamos llegado al pueblo sin ser descubiertos. No tienen a espías en la costa del río, no tan lejos donde desembarcamos. Debemos haber tropezado con una gran partida que venía desde el sur río arriba. Hay alguna clase de hechizo diabólico. Demasiados pictos aquí. Éstos no son todos de Gwawela; hay aquí hombres de las tribus occidentales y de río arriba y río abajo.

Balthus se quedó mirando las formas feroces. Sabía poco de las costumbres de los pictos, pero se dio cuenta de que la cantidad de hombres que los rodeaban estaba fuera de proporción con el tamaño del pueblo. No había suficientes cabañas para alojarlos a todos. Entonces notó que había una diferencia en los brutales diseños tribales pintados sobre sus caras y pechos.

—Alguna clase de hechizo diabólico —farfulló el corredor bosquimano—. Deben haberse reunido aquí para observar cuando Zogar hace magia. Hará alguna magia rara con nuestros cadáveres. Bien, un hombre de frontera no espera morir en la cama. Pero ojalá nos hubiésemos ido con el resto.

El aullido de lobo de los pictos creció en volumen y excitación, y por el movimiento de sus filas, un ansioso atropello y aglomeración, Balthus dedujo que se acercaba alguien de importancia. Giró la cabeza y vio que las estacas estaban clavadas delante de que una larga construcción, más grande que las otras cabañas, decorada con cráneos humanos que colgaban de los aleros. Una fantástica figura ahora cruzaba bailando la puerta de esa estructura.

—¡Zogar! —farfulló el bosquimano; su ensangrentado semblante adquirió líneas lobunas mientras inconscientemente tiraba de sus cuerdas. Balthus vio una delgada figura de media altura, casi escondida entre plumas de avestruz colocadas en un arnés de cuero y cobre. En medio de las plumas se veía una cara horrorosa y malévola. Las plumas desconcertaron a Balthus. Sabía que su origen estaba a medio mundo al sur. Aleteaban y crujían malévolamente mientras el chamán saltaba y retozaba.

Con fantásticos saltos y cabriolas entró en el círculo y giró delante de sus cautivos, atados y silenciosos. En otro hombre habría parecido ridículo; un tonto giro de cabriolas sin sentido en una orla de plumas. Pero esa cara feroz que miraba con furia desde la masa ondulante daba a la escena un significado macabro. Ningún hombre con una cara así podía parecer ridículo, sino el diablo que era.

De repente, se congeló en una quietud escultural; las plumas se rizaron una vez y se aquietaron. Los aullantes guerreros se quedaron en silencio. Zogar Sag estaba de pie, erguido e inmóvil, y pareció crecer en altura, crecer y dilatarse. Balthus experimentó la ilusión de que la cabeza del picto estaba más arriba que la suya, y que desde allí lo miraba desdeñosamente hacia abajo, aunque sabía que el chamán no era más alto que él. Se sacudió la visión con dificultad.

Ahora el chamán estaba hablando, una entonación áspera y gutural y que sin embargo traía el silbido de una cobra. Extendió la cabeza sobre su largo cuello hacia el hombre herido atado a la estaca; sus ojos brillaban rojos como sangre a la luz de los fuegos. El hombre de la frontera le escupió de lleno en la cara.

Con un diabólico aullido, Zogar saltó convulsivamente en el aire y los guerreros profirieron un grito estremecedor que subió hasta las estrellas. Se lanzaron hacia el hombre atado, pero el chamán los hizo retroceder. Una orden envió a unos hombres a la puerta. La abrieron, giraron y regresaron deprisa al círculo. El anillo de hombres se partió, se dividió con desesperada precipitación a la derecha y a la izquierda. Balthus vio que las mujeres y los niños desnudos se escurrían dentro de las cabañas. Espiaban desde puertas y ventanas. Un ancho camino quedó hasta la puerta abierta, más allá de la cual se vislumbraba el bosque negro, denso y sombrío alrededor del claro, lejos de la luz de las fogatas.

Un silencio tenso reinó mientras Zogar Sag giraba hacia el bosque, se ponía de puntillas y lanzaba un extraño llamado inhumano que vibró en la noche. Desde algún lugar, lejos en el bosque negro, un llamado más profundo le respondió. Balthus se estremeció. Por el timbre de ese grito supo que no venía de una garganta humana. Recordó lo que Valannus había dicho, que Zogar se jactaba de poder convocar a las bestias salvajes para cumplir sus órdenes. El bosquimano estaba lívido bajo su máscara de sangre. Se lamía los labios espasmódicamente.

El pueblo contuvo la respiración. Zogar Sag permaneció quieto como una estatua, las plumas temblando apenas sobre él. Pero de repente, la puerta ya no estaba vacía.

Un vibrante jadeo corrió sobre el pueblo y los hombres retrocedieron, apiñándose unos contra otros entre las cabañas. Balthus sintió que se le paraban los pelos. La criatura que estaba en la puerta era la encarnación de una leyenda de pesadilla. Su color tenía una curiosa cualidad de palidez que lo hacía aparecer fantasmal e irreal bajo la tenue luz. Pero no había nada de irreal en esa cabeza despiadada que colgaba cerca del suelo, ni en los grandes colmillos curvos que brillaban a la luz de las fogatas. Se aproximó sobre unos pies silenciosos como un fantasma salido del pasado. Era un sobreviviente de una era más vieja y horrorosa, el ogro de muchas leyendas antiguas; un tigre diente de sable. Ningún cazador de Hiboria había visto a una de esas bestias primigenias por siglos. Los mitos inmemoriales le concedían a la criatura una cualidad sobrenatural, inducida por su color fantasmal y su malévola ferocidad.

La bestia que se deslizaba hacia los hombres sujetos en las estacas era más larga y más pesada que un tigre rayado común, casi tan voluminosa como un oso. Sus hombros y piernas delanteras eran enormes y con poderosos músculos; le daban una apariencia curiosamente más pesada por arriba, aunque sus cuartos traseros eran más fuertes que los de un león. Sus mandíbulas eran grandes, pero su cabeza tenía una forma aguzada. Su capacidad de cerebro era pequeña. No tenía espacio para ningún instinto excepto los de destrucción. Era un monstruo de la creación carnívora, con la evolución enloquecida en un horror de colmillos y garras.

Ésta era la monstruosidad que Zogar Sag había invocado desde el bosque. Balthus ya no dudaba de la realidad de la magia del chamán. Sólo las artes negras podían establecer un dominio sobre ese monstruo de cerebro diminuto y poderosas mandíbulas. Como un susurro en el fondo de su conciencia surgió el vago recuerdo del nombre de un antiguo dios de la oscuridad y del miedo primordial, ante quien una vez tanto hombres como bestias se inclinaron, y cuyos hijos —susurraban los hombres— todavía se ocultaban en los oscuros rincones del mundo. Un nuevo horror teñía la mirada que fijó en Zogar Sag.

El monstruo pasó junto a la pila de cuerpos y la de cabezas sangrientas, al parecer sin notarlas. No era ningún carroñero. Sólo cazaba a los vivos, en una vida dedicada únicamente a la masacre. Un hambre atroz ardía verde en los grandes ojos, sin parpadear; hambre no sólo de un estómago vacío, sino de la lujuria de matar. Sus mandíbulas entreabiertas babeaban. El chamán retrocedió, su mano hizo un gesto hacia el bosquimano.

El enorme gato se puso en cuclillas y Balthus, consternado, recordó los relatos de su atroz ferocidad: de cómo saltaba sobre un elefante y clavaba sus colmillos como espadas tan profundamente en el cráneo del titán que nunca podían ser retirados, pero las dejaba en su víctima hasta morir de hambre. El chamán lanzó un grito estridente, y con un rugido que destrozaba los oídos, el monstruo saltó.

Balthus nunca había soñado con un salto así, de encarnada destrucción, en el cuerpo de ese bulto de mandíbulas de hierro y garras poderosas. Cayó de lleno sobre el pecho del bosquimano; la estaca se astilló y se rompió en la base, cayendo al suelo bajo el impacto. Entonces el diente de sable se deslizó hacia la puerta, medio arrastrando y medio cargando una horrorosa masa carmesí que sólo débilmente parecía un hombre. Balthus miraba casi paralizado; su cerebro se negaba a dar crédito a lo que sus ojos habían visto.

En ese salto la formidable bestia no sólo había roto la estaca; había arrancado el cuerpo destrozado de su víctima del poste al que estaba atada. Las inmensas garras, en ese instante del contacto, habían destripado y parcialmente descuartizado al hombre, y los colmillos gigantes le habían abierto la crisma, cortando a través del cráneo tan fácilmente como si fuera carne. Las fuertes correas de cuero crudo habían cedido como papel; donde las ataduras habían resistido, la carne y los huesos no. De repente, Balthus vomitó. Había cazado osos y panteras, pero nunca había soñado con una bestia viva que pudiera convertir a un ser humano en una ruina roja en un parpadeo instantáneo.

El diente de sable desapareció a través de la puerta, y unos momentos después sonó un profundo rugido a través del bosque, retrocediendo en la distancia. Pero los pictos todavía se mantenían contra las cabañas, y el chamán todavía estaba de pie mirando hacia la puerta, que era como una boca negra que dejaba entrar la noche.

De repente, la piel de Balthus se mojó con un sudor frío. ¿Qué nuevo horror cruzaría esa puerta para hacer de su cuerpo una carroña? Un pánico de náuseas lo asaltó y tiró de sus correas inútilmente. La noche se sentía muy negra y horrible lejos de las fogatas. Los mismos fuegos brillaban espeluznantes como los del Infierno. Sintió los ojos de los pictos sobre él, cientos de ojos hambrientos y crueles que reflejaban la lujuria de unas almas absolutamente inhumanas, como él sabía. Ya no parecían hombres; eran demonios de esa selva negra, tan inhumana como las criaturas a las que el demonio entre las plumas ondulantes llamaba a través de la oscuridad.

Zogar profirió otro vibrante llamado a través de la noche, y era completamente diferente del primer grito. Tenía un horroroso siseo; Balthus se quedó frío ante la sugerencia. Si una serpiente pudiera sisear así de fuerte, haría exactamente ese sonido.

Esta vez no hubo respuesta; sólo un momento de silencio sin respiración en el que los latidos del corazón de Balthus lo estrangularon; y entonces se escuchó un silbido fuera de la puerta, un seco arrastrar que mandó escalofríos a la espina dorsal de Balthus. Otra vez la puerta mostraba un horroroso visitante.

Y otra vez Balthus reconoció al monstruo de las antiguas leyendas. Había visto y conocía a la antigua y malvada serpiente que se retorcía allí, con cabeza de bordes afilados, enorme como la de un caballo, tan elevada como la de un hombre alto, y su cascabel, de brillo pálido rizado tras ella. Una lengua bífida se lanzaba hacia afuera una y otra vez, y la luz de las fogatas se reflejaba en sus colmillos desnudos.

Balthus se sintió incapaz de ninguna emoción. El horror de su destino lo paralizaba. Ése era el reptil que los ancianos llamaban Serpiente Fantasma, el pálido y abominable terror que desde centurias atrás se deslizaba en las cabañas por la noche para devorar a toda una familia. Como el pitón, trituraba a su víctima, pero a diferencia de otras constrictoras, sus colmillos llevaban un veneno que provocaba demencia y muerte. Había sido considerada extinta mucho tiempo atrás. Pero Valannus tenía razón; ningún hombre blanco sabía qué formas frecuentaban el gran bosque más allá del Río Negro.

Se acercó en silencio, ondulando sobre el suelo, la atroz cabeza en el mismo nivel y curvando ligeramente el cuello hacia atrás para atacar. Balthus clavó los ojos con una mirada vidriosa e hipnotizada en esa repugnante garganta que pronto lo tragaría, y se dio cuenta que no sentía nada excepto una náusea vaga.

Y entonces, algo que centelleó ante los fuegos salió disparado desde las sombras de las cabañas, y el formidable reptil azotó el suelo y entró en convulsión al instante. Como en un sueño, Balthus vio que una corta lanza atravesaba el poderoso cuello, justo debajo de las mandíbulas abiertas; el astil sobresalía por un lado, la cabeza de acero por el otro.

Anudándose y retorciéndose atrozmente, el enloquecido reptil rodó sobre el círculo de hombres que se apartaron de él. La lanza no había dañado su espina dorsal, sino que sólo atravesaba los grandes músculos del cuello. La cola, que azotaba furiosamente, abatió a una docena de hombres y sus mandíbulas mordían convulsivamente mientras salpicaba a otros con un veneno que ardía como fuego líquido. Aullando, maldiciendo, gritando, frenéticos, se dispersaron golpeándose unos a otros en la huída, pisoteando a los caídos, corriendo deprisa entre las cabañas. La serpiente gigante rodó sobre una fogata, desparramando chispas y tizones, y el dolor la condujo a esfuerzos más frenéticos. La pared de una cabaña se combó bajo el impacto de su cola con la fuerza de una patada de carnero, y la gente se dispersó, aullando.

Los hombres salieron en estampida entre las fogatas, dispersando los troncos a izquierda y derecha. Las llamas se alzaron, y luego bajaron. Un débil resplandor rojizo fue todo lo que iluminaba esa escena de pesadilla donde el reptil gigante azotaba y rodaba, y los hombres manoteaban y chillaban en desesperada fuga.

Balthus sintió algo en sus muñecas, y entonces de milagro estaba libre. Una fuerte mano lo arrastró detrás del poste. Aturdido, vio a Conan, y sintió la fuerte presión del puño del hombre del bosque sobre su brazo.

Había sangre sobre la malla del cimerio, sangre seca sobre la espada en su mano derecha; se veía borroso y gigantesco bajo la luz sombría.

—¡Vamos! ¡Antes de que se recuperen del pánico!

Balthus sintió la empuñadura de un hacha en su mano. Zogar Sag había desaparecido. Conan arrastró a Balthus tras él hasta que el cerebro entumecido del joven despertó, y sus piernas empezaron a moverse por propia voluntad. Entonces Conan lo soltó y corrió dentro de la construcción donde colgaban los cráneos. Balthus lo siguió. Captó una vislumbre de un lúgubre altar de piedra, débilmente alumbrado por el brillo de afuera; cinco cabezas humanas sonreían sobre él, y notó una espeluznante familiaridad en los rasgos de la más fresca; era la cabeza del mercader Tiberias. Detrás del altar había un ídolo, sombrío, vago, bestial, y sin embargo con un perfil vagamente humano. Entonces un nuevo horror ahogó a Balthus cuando la forma, de repente, se irguió con un tintineo de cadenas, alzando unos brazos largos y deformes en la penumbra.

La espada de Conan bajó, cortando a través de carne y hueso. Luego el cimerio arrastró a Balthus alrededor del altar, más allá de un greñudo bulto acurrucado sobre el suelo, hasta una puerta en la parte posterior de la larga cabaña. Salieron por ella de regreso al cercado. A unos centenares de metros más allá se alzaba la empalizada.

Estaba oscuro detrás de la cabaña del altar. La loca estampida de los pictos no los había llevado en esa dirección. Conan se detuvo ante el muro, agarró a Balthus y lo levantó en el aire cuando podría haber levantado a un niño. Balthus agarró las puntas de los troncos verticales clavados en el barro secado al sol y trepó sobre ellos, ignorando los estragos hechos a su piel. Le acercaba una mano al cimerio, cuando alrededor de una esquina de la cabaña del altar saltó un picto en fuga. Se detuvo en seco, tratando de ver al hombre sobre la pared con el pálido brillo de los fuegos. Conan lanzó su hacha con puntería mortal, pero la boca del guerrero ya estaba abierta con un grito de advertencia, y sonó fuerte por encima del estrépito, ahora enmudecido, mientras caía con el cráneo destrozado.

El enceguecido terror no había enterrado a todos los instintos arraigados. Cuando ese grito salvaje se elevó por encima del clamor, hubo una pausa instantánea, y luego cien gargantas aullaron una feroz respuesta y los guerreros se lanzaron a repeler el ataque que presagiaba aquella advertencia.

Conan saltó bien alto, no tomó la mano de Balthus sino su brazo cerca del hombro, y se balanceó. Balthus apretó los dientes por el esfuerzo, y entonces el cimerio estaba sobre la empalizada, a su lado. Los fugitivos se dejaron caer del otro lado.





Capítulo 5 - Los hijos de Jhebbal Sag





—¿Hacia dónde está el río? —Balthus estaba perplejo.

—No intentemos llegar al río ahora —gruñó Conan—. Los bosques entre el pueblo y el río hierven de guerreros. ¡Vamos! Nos iremos en dirección al último lugar que esperan que vayamos, ¡al oeste!

Mirando hacia atrás mientras se internaban en la densa espesura, Balthus contempló la pared cubierta de cabezas negras: los salvajes espiaban desde lo alto. Los pictos estaba perplejos. No habían ganado la pared a tiempo para ver dónde se escondían los fugitivos. Habían corrido a la pared esperando repeler un ataque a la fuerza. Habían visto el cadáver del guerrero muerto. Pero no había ningún enemigo a la vista.

Balthus se dio cuenta de que todavía no sabían que su prisionero había escapado. Por los otros sonidos creyó que los guerreros, dirigidos por la aguda voz de Zogar Sag, estaban eliminando con flechas a la serpiente herida. El monstruo estaba fuera del control del chamán. Un momento después, cambió la cualidad de los gritos. Unos chillidos de rabia se alzaron en la noche.

Conan lanzó una carcajada sardónica. Estaba conduciendo a Balthus a lo largo de un angosto sendero que corría hacia el oeste bajo las ramas negras, tan rápida y seguramente como si anduviera por una calle principal bien iluminada. Balthus se tambaleaba tras él, guiándose por la sensación de que hubiera una densa pared a cada lado.

—Vendrán tras nosotros ahora. Zogar ha descubierto que te has ido, y sabe que mi cabeza no estaba en la pila delante de la cabaña del altar. ¡Ese perro! Si hubiera tenido otra lanza se la habría lanzado a él antes de darle a la serpiente. Mantente en el sendero. No nos pueden seguir con la luz de las antorchas y hay una veintena de senderos que salen del pueblo. Primero seguirán los que conducen al río, pondrán un cordón de guerreros a lo largo de la ribera, esperando que tratemos de cruzar. No iremos al bosque hasta que sea necesario. Podemos pasarla mejor en este camino. Ahora concéntrate y corre como nunca antes corriste.

—¡Se sobrepusieron a su pánico condenadamente rápido! —jadeó Balthus, obedeciendo con un nuevo impulso de velocidad.

—No tienen miedo a nada, no por mucho tiempo —gruñó Conan.

Nada dijeron durante un rato. Los fugitivos dedicaron toda su atención a cubrir distancia. Estaban adentrándose más y más profundo en la tierra salvaje y alejándose de la civilización con cada paso, pero Balthus no cuestionó la sabiduría de Conan. En ese momento, el cimerio se tomó un rato para gruñir.

—Cuando estemos suficientemente lejos del pueblo, regresaremos al río en un amplio círculo. No hay ningún otro pueblo a kilómetros de Gwawela. Todos los pictos están reunidos en esas inmediaciones. Daremos una amplia vuelta alrededor de ellos. No pueden rastrearnos hasta que llegue el día. Entonces, encontrarán este sendero, pero antes del amanecer lo dejaremos y nos dirigiremos al bosque.

Continuaron corriendo. Detrás, los gritos se extinguieron. La respiración de Balthus siseaba a través de sus dientes. Sentía un dolor en el costado y correr se convirtió en tortura. Tropezaba contra los arbustos a cada equipo del sendero. De repente, Conan se detuvo, giró y miró hacia atrás al oscuro camino.

En algún lugar, la Luna subía, un tenue brillo blanco en un enredo de ramas.

—¿Nos iremos hacia el bosque? —jadeó Balthus.

—Dame tu hacha —susurró Conan suavemente—. Hay algo cerca detrás de nosotros.

—¡Entonces será mejor que dejemos el camino! —exclamó Balthus. Conan sacudió la cabeza y metió a su compañero en una densa espesura. La Luna estaba más alta, lanzando una tenue luz sobre el sendero.

—¡No podemos luchar contra toda la tribu! —susurró Balthus.

—Ningún ser humano puede haber encontrado nuestro rastro tan rápidamente, ni habernos seguido tan velozmente —farfulló Conan—. Quédate callado.

Siguió un tenso silencio en el que Balthus sintió que se podían escuchar los latidos de su corazón a kilómetros de distancia. Entonces de repente, sin un sonido que anunciara su llegada, una salvaje cabeza apareció en el oscuro sendero. El corazón de Balthus dio un salto en su garganta; a primera vista tuvo miedo de estar mirando la horrible cabeza del diente de sable. Pero ésta era más pequeña, más angosta. Era un leopardo, rugiendo suavemente y observando el camino. Lo que había de viento soplaba hacia los hombres escondidos, ocultando su olor. La bestia bajó la cabeza y olfateó el suelo, luego avanzó insegura. Un escalofrío jugó por la espina dorsal de Balthus. Sin duda, la bestia los estaba siguiendo.

Y era desconfiada. Levantó la cabeza, sus ojos brillaron como bolas de fuego, y gruñó bajo en su garganta. Y en ese instante, Conan lanzó el hacha.

Toda la fuerza de un brazo y un hombro estaba tras el tiro, y el hacha fue una cinta de plata bajo la tenue Luna. Casi antes de darse cuenta de lo que había ocurrido, Balthus vio que el leopardo rodaba sobre el suelo en agonía, con el asa del hacha saliendo de su cabeza. El arma había partido el angosto cráneo.

Conan saltó de los arbustos, retiró el hacha y arrastró el cuerpo flácido entre los árboles, ocultándolo de alguna mirada casual.

—¡Ahora, vámonos, y vámonos rápido! —gruñó, arrancando hacia el sur, fuera del camino—. Habrá guerreros que vengan tras ese gato. Tan pronto como recuperó su presencia de ánimo, Zogar lo envió tras nosotros. Los pictos debían seguirlo, pero los dejó más atrás. Daría vueltas al pueblo hasta encontrar nuestro rastro y entonces nos persiguió como un rayo. Ellos no pudieron correr tanto, pero tendrán una idea general de nuestra dirección. Lo seguirán, atentos a su grito. Bien, no lo escucharán, pero encontrarán la sangre sobre el sendero, y buscarán por ahí y encontrarán el cuerpo en el matorral. Encontrarán nuestra huella allí, si pueden. Camina con cuidado.

Evitó los brezos colgantes y las ramas bajas sin esfuerzo, deslizándose entre árboles sin tocar los troncos y siempre pisando en los lugares donde dejaba poca evidencia de su paso; pero con Balthus era un trabajo más lento y laborioso.

Ningún sonido venía desde atrás. Habían cubierto más de un kilómetro y medio cuando Balthus dijo:

—¿Zogar Sag atrapa cachorros de leopardo y los entrena como sabuesos?

Conan sacudió la cabeza.

—Ése era un leopardo que llamó del bosque.

—Pero —insistió Balthus—, si puede ordenar a las bestias que hagan lo que él quiere, ¿por qué no las excita a todas y las envía tras nosotros? El bosque está lleno de leopardos; ¿por qué enviar a uno solo?

Conan no respondió enseguida, y cuando lo hizo fue con una curiosa reticencia.

—No puede dar órdenes a todos los animales. Eso sólo lo hacía Jhebbal Sag.

—¿Jhebbal Sag? —Balthus repitió indeciso el antiguo nombre. No lo había escuchado más de tres o cuatro veces en toda su vida.

—Una vez todas las cosas vivientes lo veneraron. Fue hace mucho tiempo, cuando bestias y hombres hablaban una lengua única. Los hombres la han olvidado; incluso las bestias olvidan. Sólo algunos recuerdan. Los hombres y las bestias que recuerdan a Jhebbal Sag son hermanos y hablan la misma lengua.

Balthus no respondió; había hecho un gran esfuerzo en la estaca picta y vio a la selva nocturna rendir sus horrores de colmillos al llamado de un chamán.

—Los hombres civilizados se ríen —dijo Conan—. Pero ninguno puede decirme cómo Zogar Sag puede llamar a pitones, tigres y leopardos de la jungla y lograr que obedezcan. Dirían que es una mentira, si se atrevieran. Es la manera de los hombres civilizados. Cuando no pueden explicar algo con su ciencia mal concebida, se niegan a creerlo.

Las personas de Tauran estaban más cerca de lo primitivo que la mayor parte de los aquilonios; subsistían supersticiones cuyos orígenes se perdían en la antigüedad. Y Balthus había visto eso que todavía picaba su carne. No podía refutar el tema monstruoso que implicaban las palabras de Conan.

—He oído que hay un antiguo bosquecillo consagrado a Jhebbal Sag en alguna parte en este bosque —dijo Conan—. No lo sé. Nunca lo he visto. Pero en este país hay más bestias que recuerdan que en ninguno que haya visto.

—¿Entonces habrá otras sobre nuestro rastro?

—Lo están ahora —fue la inquietante respuesta de Conan—. Zogar nunca dejaría nuestra persecución a una sola bestia.

—¿Qué haremos, entonces? —preguntó Balthus inquieto, agarrando su hacha mientras observaba los lúgubres arcos sobre él. Su carne se erizó un momento con la expectativa de garras y colmillos saltando desde la sombra.

—¡Espera!

Conan giró, se puso en cuclillas y con su cuchillo empezó a dibujar un curioso símbolo en el moho. Inclinado para mirar por encima de su hombro, Balthus sintió un escalofrío a lo largo de su espina dorsal, no sabía por qué. No sentía viento contra su cara, pero escuchó un crujir de hojas encima de ellos y un raro gemido que corría como un fantasma a través de las ramas. Conan levantó un rostro inescrutable, entonces se puso de pie y se quedó mirando con gesto sombrío el símbolo que había dibujado.

—¿Qué es? —susurró Balthus. Se veía arcaico y sin sentido. Supuso que su ignorancia del arte le evitaba identificarlo como uno de los diseños convencionales de alguna cultura dominante. Pero si hubiera sido el artista más erudito en el mundo, no habría estado más cerca de la solución.

—Lo vi esculpido en la roca de una cueva que ningún humano había visitado durante un millón años —farfulló Conan—, en las montañas deshabitadas más allá del Mar de Vilayet, a una distancia de medio mundo de este sitio. Más tarde vi que un negro cazador de brujas de Kush lo dibujaba en la arena de un río sin nombre. Me contó parte de su significado; está consagrado a Jhebbal Sag y a las criaturas que lo veneran. ¡Calla!

Se metieron entre el denso follaje a unos centenares de metros y esperaron en tenso silencio. Al este, murmuraron unos tambores, y desde algún lugar al norte y al oeste otros tambores respondieron. Balthus tembló, aunque sabía que largos kilómetros de bosque negro lo separaban de los horrorosos batidores de esos tambores cuyo apagado pulso era una siniestra obertura que creaba el oscuro escenario para un drama sangriento.

Balthus se dio cuenta de que contenía la respiración. Entonces, con una leve sacudida de las hojas, los arbustos se apartaron y apareció una magnífica pantera. La luz de la luna que moteaba a través de las hojas brilló sobre su piel satinada, rizándose con el juego de los grandes músculos bajo ella.

Se deslizó con la cabeza baja hacia ellos. Estaba olfateando sus rastros. Entonces se detuvo como congelada, el hocico casi tocando el símbolo cortado en el moho. Durante un largo rato quedó agazapada e inmóvil; aplastó su largo cuerpo y colocó su cabeza en el suelo delante de la marca. Y Balthus sintió que se le erizaban los pelos. Porque la actitud del formidable carnívoro era de temor y adoración.

Entonces la pantera se enderezó y retrocedió con cuidado, el estómago casi rozando el suelo. Con sus cuartos traseros entre los arbustos giró como en pánico repentino y se fue como un destello de luz veteada.

Balthus se secó la frente con mano temblorosa y echó un vistazo a Conan.

Los ojos del bárbaro ardían con fuegos que nunca iluminaban los ojos de los hombres criados con las ideas de la civilización. En ese instante, él era todo salvaje, y había olvidado al hombre a su lado. En su mirada ardiente Balthus vislumbró y vagamente reconoció imágenes y recuerdos encarnados, sombras del amanecer de la vida, olvidadas y negadas por las razas sofisticadas; anónimos e nunca nombrados fantasmas antiguos y primigenios.

Entonces los fuegos más profundos se ocultaron y Conan se dirigió silenciosamente hacia lo más profundo en el bosque.

—Ya no tenemos que tener miedo de las bestias —dijo después de un rato—, pero hemos dejado una señal para que lean los hombres. No nos seguirán el rastro muy fácilmente, y hasta que encuentran ese símbolo no sabrán con seguridad que hemos girado al sur. Incluso entonces no les será fácil olfatearnos sin la ayuda de las bestias. Pero el bosque al sur del sendero estará lleno de guerreros que nos buscan. Si nos seguimos moviendo después de que amanezca, con seguridad tropezaremos con algunos de ellos. Tan pronto como encontremos un buen lugar, nos esconderemos y esperaremos hasta la noche siguiente para girar y llegar al río. Tenemos que advertir a Valannus, pero no le será de ayuda que nos maten.

—¿Advertir a Valannus?

—¡Demonios, los bosques a lo largo del río hierven de pictos! Es por eso que nos atraparon. Esta vez Zogar está preparando magia de guerra; no una simple incursión. Ha hecho algo que ningún picto hizo, según recuerdo, unir a quince o dieciséis clanes. Su magia lo hizo; seguirán más a un hechicero que a un líder de guerra. Viste la muchedumbre en el pueblo; y había cientos escondidos a lo largo de la ribera de río que no viste. Vienen más todavía, de los pueblos más lejanos. Tendrá al menos tres mil combatientes. Entre los arbustos escuché su charla cuando pasaban. Quieren atacar el fuerte; cuándo, no lo sé, pero Zogar no se atreverá a demorar mucho esto. Los ha reunido y fustigado hasta la locura. Si no los conduce a la batalla rápidamente, empezarán a pelear entre ellos. Son como tigres de sangre loca.

»No sé si pueden tomar el fuerte. De todos modos, tenemos que volver al otro lado del río y dar aviso. Los colonos sobre el camino de Velitrium deben subir al fuerte o retroceder a Velitrium. Mientras los pictos estén sitiando el fuerte, las partidas de guerra recorrerán el camino hacia el este; incluso podrían cruzar el Río Trueno y atacar el país densamente poblado detrás de Velitrium.

Mientras hablaba, se adentraba más y más en la antigua jungla. En ese momento, lanzó un gruñido de satisfacción. Habían llegado a un sitio donde la maleza era más escasa, y se veía una peladura de piedra con dirección hacia el sur. Balthus se sintió más seguro al seguirlo. Ni siquiera un picto podía rastrearlos sobre la roca desnuda.

—¿Cómo escapaste? —le preguntó.

Conan se tocó la túnica de malla y el yelmo.

—Si más gente de la frontera usara arnés habría menos cráneos colgando sobre la cabaña del altar. Pero la mayoría de los hombres hacen ruido cuando llevan armadura. Ellos estaban esperando a cada lado del sendero, sin moverse. Y cuando un picto se queda inmóvil, las propias bestias del bosque pasan sin verlo. Nos habían visto cruzar el río y se quedaron quietos. Si hubieran puesto una emboscada después de que dejamos la costa, habría tenido alguna pista. Pero estaban esperando, y no temblaba ni una hoja. Ni el mismo diablo podía haber sospechado. La primera sospecha la tuve cuando escuché que un asta raspaba contra un arco al jalarla. Me dejé caer y grité a los hombres detrás de mí que se cubrieran, pero fueron demasiado lentos, los tomaron de sorpresa; así de fácil.

»La mayor parte de ellos cayó en la primera descarga que lanzaron de ambos lados. Algunas de las flechas cruzaron el sendero y se clavaron en los pictos del otro lado. Los escuché aullar. —Sonrió con una cruel satisfacción—. Los que quedábamos nos lanzamos al bosque y los enfrentamos. Cuando vi que los otros estaban caídos o presos, me separé y escapé de los demonios pintados a través de la oscuridad. Me rodeaban por todas partes. Corrí, y gateé, y me escurrí, y a veces me quedé tendido sobre mi estómago bajo los arbustos mientras pasaban por todos lados.

»Traté de llegar a la orilla y la encontré llena de ellos, esperando un movimiento. Pero habría logrado abrirme camino y aprovechado la oportunidad para nadar, aunque escuché que los tambores sonaban en el pueblo y supe que habían tomado a alguien vivo.

»Todos estaban tan absortos en la magia de Zogar que pude trepar a la pared detrás de la cabaña del altar. Había un guerrero en ese punto; se supone que estaba observando; pero estaba de cuclillas detrás de la cabaña y espiaba la ceremonia desde la esquina. Me acerqué por detrás y le rompí el cuello con las manos antes de que supiera qué estaba ocurriendo. Fue su lanza la que lancé a la serpiente, y la que llevas era su hacha.

—¿Pero qué era eso... esa cosa que mataste en la cabaña del altar? —preguntó Balthus, con un escalofrío al recordar el horror apenas visto.

—Uno de los dioses de Zogar. Uno de los hijos de Jhebbal que no recordaba y tenía que estar encadenado al altar. Un simio macho. Los pictos creen que están consagrados al Peludo que vive en la Luna, el dios-gorila de Gullah.

»Está aclarando. Aquí hay un buen lugar donde escondernos hasta que veamos qué tan cerca están de nuestro rastro. Probablemente tendremos que esperar la noche para volver al río.

Se alzaba una baja colina, rodeada y cubierta de gruesos árboles y arbustos. Cerca de la cima, Conan se deslizó en un grupo de rocas que sobresalían, coronado por densos arbustos. Tendido entre ellos podía ver la jungla abajo sin ser visto. Era un buen lugar para esconderse o defenderse. Balthus creía que ni siquiera un picto podía haberles seguido el rastro sobre el suelo rocoso durante los pasados cinco o seis kilómetros, pero tenía miedo de las bestias que obedecían a Zogar Sag. Su fe en el curioso símbolo vacilaba un poco ahora. Pero Conan había descartado la posibilidad de que las bestias los rastrearan.

Una blancura fantasmal se extendió a través de las densas ramas; los trozos de cielo visible modificaban su color, pasando de rosa a azul. Balthus sintió hambre, aunque había saciado su sed en un arroyo que habían vadeado. Había un silencio total, a excepción del chirrido ocasional de un ave. Los tambores ya no se escuchaban. Los pensamientos de Balthus volvieron a la escena horrorosa antes de la cabaña del altar.

—Lo que Zogar Sag llevaba eran plumas de avestruz —dijo—. Las he visto sobre los yelmos de los caballeros que vinieron desde oriente a visitar a los barones de los límites. No hay ningún avestruz en este bosque, ¿verdad?

—Las traen desde Kush —contestó Conan—. Al oeste de aquí, a muchos días, está la costa del mar. Las naves de Zingara vienen de vez en cuando y cambian armas, ornamentos y vino con las tribus costeras por pieles, mineral de cobre y polvo de oro. A veces comercian plumas de avestruz que consiguen de los estigios, que a su vez las consiguen de las tribus negras de Kush, que está al sur de Estigia. Los chamanes pictos las aprecian mucho. Pero ese comercio tiene mucho riesgo. Es muy probable que los pictos traten de apoderarse de la nave. Y la costa es peligrosa para las naves. He navegado a lo largo de ella cuando estaba con los piratas de las Islas Barachan, que están al sudoeste de Zingara.

Balthus miró a su compañero con admiración.

—Sabía que no habías pasado tu vida en esta frontera. Mencionaste algunos lugares lejanos. ¿Has viajado por todos lados?

—He vagado lejos; más lejos que ningún otro hombre de mi raza. He visto todas las gran ciudades de los hiborios, de los shemitas, de los estigios, y de los hirkanios. He vagado por los desconocidos países al sur de los reinos negros de Kush, y al este del Mar de Vilayet. He sido un capitán mercenario, un corsario, un cosaco, un vagabundo pobre, un general... diablos, he sido todo excepto rey de un país civilizado, y podría serlo antes de morir. —La fantasía le gustó y sonrió. Entonces se encogió de hombros y extendió su poderosa figura sobre las rocas—. Ésta es una vida tan buena como cualquiera. No sé cuánto tiempo me quedaré en la frontera; una semana, un mes, un año. Tengo los pies inquietos. Pero se está tan bien en la frontera como en cualquier otro lugar.

Balthus se ubicó para observar el bosque debajo de ellos. En un momento, esperó ver unas feroces caras pintadas que salían a través de las hojas. Pero a medida que las horas pasaban, ninguna pisada sigilosa perturbaba el melancólico silencio. Balthus creía que los pictos habían perdido el rastro y renunciado a la búsqueda. Conan se ponía cada vez más intranquilo.

—Deberíamos haber visto partidas revisando el bosque. Si han abandonado la persecución, es porque están detrás de una jugada más grande. Pueden estar reuniéndose para cruzar el río y asaltar el fuerte.

—¿Vendrían tan al sur si perdieran el rastro?

—Han perdido el rastro, de acuerdo; de otra manera ya habrían estado sobre nuestros cuellos. Bajo circunstancias corrientes, revisarían el bosque a lo largo de kilómetros en todas direcciones. Algunos de ellos deben haber pasado sin ver esta colina. Deben estar preparándose para cruzar el río. Tenemos que buscar una oportunidad de llegar al río.

Deslizándose rocas abajo, Balthus sintió que se le erizaba la carne entre los hombros; esperaba en ese momento una fulminante ráfaga de flechas desde las masas verdes encima de ellos. Temía que los pictos les hubieran descubierto y que los esperaran en la emboscada. Pero Conan estaba convencido de que no había ningún enemigo cerca, y el cimerio tenía razón.

—Estamos a kilómetros al sur del pueblo —gruñó Conan—. Bajaremos derecho hacia el río. No sé qué tan lejos río abajo se han dispersado. Espero que estemos debajo de ellos.

Con una prisa que a Balthus le pareció imprudente, corrieron hacia el este. Los bosques parecían vacíos de vida. Conan creía que todos los pictos estaban reunidos en las inmediaciones de Gwawela, si no es que ya habían cruzado ya el río. No creía que fueran a cruzar durante el día, sin embargo.

—Con seguridad algún bosquimano los vería y daría la alarma. Cruzarán más arriba y más abajo del fuerte, fuera de la vista de los centinelas. Entonces otros tomarán las canoas y cruzarán directo hacia la pared del río. Tan pronto como ataquen, los que están escondidos en el bosque de la orilla oriental asaltarán el fuerte de ambos lados. Ya lo han probado antes, y recibieron flechas en las tripas y hachazos. Pero esta vez tienen hombres suficientes para lograr una verdadera arremetida.

Siguieron adelante sin pausa, aunque Balthus observaba anhelante las ardillas que pasaban de rama en rama; podría haberlas abatido con un hacha. Con un suspiro se ajustó el ancho cinturón. El interminable silencio y la penumbra del primitivo bosque estaban empezando a deprimirlo. Se encontró pensando en las abiertas arboledas y las praderas moteadas de sol de Tauran, en la alegría de la casa de su padre, con su empinado techo de paja y sus paneles en diamante, en las vacas gordas rumiando la alta hierba exuberante, y en el cálido compañerismo de los agricultores y troperos, fornidos y desarmados.

Se sentía solo, a pesar de su compañero. Conan era una parte de esta tierra salvaje y Balthus era un extraño. El cimerio podía haber pasado muchos años entre las gran ciudades del mundo; podía haber caminado con los gobernantes de la civilización; incluso podía lograr su salvaje capricho de gobernar algún día como rey de una nación civilizada; cosas más extrañas habían ocurrido. Pero no era más que un bárbaro. Sólo le interesaban los desnudos fundamentos de la vida. La cálida intimidad de las pequeñas cosas amables, los sentimientos y las deliciosas trivialidades que significan tanto en la vida de los hombres civilizados no tenían sentido para él. Un lobo no era menos lobo porque un capricho del azar hacía que corriera con los perros guardianes. Sangre, violencia y brutalidad eran los elementos naturales de la vida que Conan conocía; él no podía, y nunca podría, entender las pequeñas cosas que son tan caras para los hombres y mujeres civilizados.

Las sombras ya se alargaban cuando llegaron al río y espiaron a través de los arbustos. Podían ver río arriba y río abajo hasta más o menos un kilómetro y medio. La arisca corriente estaba vacía. Conan miró con atención hacia la otra orilla.

—Tenemos que correr otro riesgo aquí. Tenemos que cruzar el río a nado. No sabemos si ellos han cruzado o no. Los bosques del otro lado podrían estar llenos de ellos. Tenemos que arriesgarnos. Estamos más o menos nueve kilómetros al sur de Gwawela.

Giró y se agachó mientras la cuerda de un arco vibraba. Algo como un blanco destello de luz pasó a través de los arbustos. Balthus sabía que era una flecha. Entonces, con un salto felino, Conan cruzó los arbustos. Balthus captó el brillo del acero mientras él hacía girar su espada y escuchó un grito mortal. Al instante siguiente se había abierto paso tras el cimerio.

Un picto con el cráneo destrozado yacía boca abajo en el suelo, sus dedos clavados con un espasmo en la hierba. Otra media docena rodeaba a Conan, espadas y hachas levantadas. Habían desechado sus arcos, inútiles en un espacio tan limitado. Las mandíbulas inferiores iban pintadas de blanco, en vívido contraste con sus caras oscuras, y los diseños sobre sus pechos musculosos eran distintos a cualquiera que Balthus alguna vez hubiera visto.

Uno de ellos lanzó su hacha hacia Balthus y corrió tras ella con cuchillo levantado. Balthus se agachó y luego le agarró la muñeca que dirigía el arma a su garganta. Rodaron por el suelo, una y otra vez. El picto era como una bestia salvaje, sus músculos duros como cintas de acero.

Balthus luchaba por mantener agarrada la muñeca del salvaje y sacar su propia hacha, pero la pelea era tan rápida y furiosa que cada intento de atacar era bloqueado. El picto tironeaba furiosamente para soltar la mano de cuchillo, agarraba el hacha de Balthus y clavaba sus rodillas en la ingle del joven. De repente intentó cambiar el cuchillo a su mano libre y en ese instante Balthus levantó una rodilla y partió la cabeza pintada con un desesperado golpe de su hacha.

Se paró de un salto y furioso miró a su alrededor, buscando a su compañero, esperando verlo superado por el número. Entonces se dio cuenta de la fuerza total y ferocidad del cimerio. Conan estaba parado sobre dos de sus atacantes, casi cortados en pedazos por esa terrible y ancha espada. Mientras Balthus observaba, vio que el cimerio eludía el golpe de una espada corta, evitaba el de un hacha con un felino salto lateral que lo puso al alcance de un salvaje rechoncho que se agachaba para tomar un arco. Antes de que el picto pudiera enderezarse, la espada roja bajó y se le clavó desde los hombros hasta el esternón, donde la hoja se atoró. Los guerreros que quedaban se alejaron a toda prisa, uno de cada lado. Balthus lanzó su hacha con una precisión que redujo los atacantes a uno, y Conan, abandonando el esfuerzo para destrabar su espada, giró y enfrentó al picto restante con las manos desnudas. El fornido guerrero, una cabeza más abajo de su enemigo, saltó y lo atacó con su hacha, al mismo tiempo que apuñalaba mortalmente con su cuchillo. El cuchillo se quebró contra la malla del cimerio, y el hacha quedó en el aire mientras los dedos de Conan se cerraban como hierro sobre el brazo descendente. Un hueso sonó y Balthus vio que el picto hacía una mueca y tambaleaba. Al siguiente instante era barrido de sus pies, levantado por encima de la cabeza de cimerio —se retorció en el aire por un instante, pataleó y se retorció—, y luego fue lanzado a tierra con tal fuerza que rebotó y luego se quedó quieto; la posición de sus miembros decía que estaban quebrados, y también su espina dorsal.

—¡Vamos! —Conan liberó su espada y tomó el hacha—. ¡Agarra un arco y un puñado de flechas y apúrate! Tenemos que confiar en nuestros talones otra vez. Deben haber escuchado ese grito. Estarán aquí enseguida. ¡Si tratásemos de nadar ahora, nos llenarían de flechas antes de llegar a la mitad de la corriente!





Capítulo 6 - Hachas rojas de la frontera





Conan no se internó profundamente en el bosque. A unos noventa metros del río, modificó su curso y corrió paralelo a él. Balthus reconoció la inexorable determinación de que no fueran cazados lejos del río que debían cruzar, algo necesario si querían advertir a los hombres en el fuerte. Detrás de ellos se alzaban más altos los gritos de los hombres del bosque. Balthus creyó que los pictos habían llegado al claro donde estaban los cuerpos de los hombres muertos. Entonces, nuevos gritos parecieron indicar que los salvajes se metían en el bosque en su persecución. Habían dejado un rastro que cualquier picto podía seguir.

Conan aumentó su velocidad, y Balthus trabó su mandíbula con determinación y se mantuvo en sus talones, aunque sentía que podía desmayarse en cualquier momento. Sentía que habían pasado siglos desde que comiera la última vez. Continuaba corriendo más por un esfuerzo de voluntad que por otra cosa. Su sangre golpeaba tan furiosamente sus tímpanos que no se dio cuenta cuando los gritos detrás de ellos se extinguieron.

Conan se detuvo de repente... Balthus se apoyó contra un árbol sin aliento.

—¡Se han ido! —gruñó el cimerio, frunciendo el ceño.

—¡Vienen... detrás... de... nosotros! —jadeó Balthus.

Conan sacudió la cabeza.

—En una persecución tan breve habrían gritado a cada paso del camino. No. Han dado la vuelta. Creí haber escuchado que alguien gritaba detrás de ellos unos segundos antes de que el ruido empezara a debilitarse. Los volvían a llamar. Y eso es bueno para nosotros, pero condenadamente malo para los hombres en el fuerte. Significa que están convocando a los guerreros para el ataque. Esos hombres con los que tropezamos eran de una tribu río abajo. Indudablemente iban camino de Gwawela a participar en el asalto al fuerte. Maldición, estamos más lejos que nunca, ahora. Tenemos que llegar al otro lado del río.

Giró al este y corrió a través de la espesura sin intentar ocultarse. Balthus lo siguió; por primera vez sentía la picazón de las laceraciones en el pecho y el hombro, donde lo habían mordido los dientes salvajes de los pictos. Se abría camino entre los espesos arbustos que colgaban sobre la costa cuando Conan lo tiró hacia atrás. Entonces escuchó un rítmico chapoteo, y al espiar a través de las hojas vio una piragua que venía río arriba, con su único ocupante remando duro contra la corriente. Era un picto bien desarrollado con un blanco penacho de plumas de garza en una banda de cobre que sujetaba su melena cortada.

—Es un hombre de Gwawela —farfulló Conan—. Emisario de Zogar. La pluma blanca lo muestra. Ha llevado una palabra de paz a las tribus río abajo y ahora está tratando de regresar y hacer su parte en la masacre.

El solitario embajador estaba ahora casi a la par del escondite, y de repente Balthus se llevó un buen susto. En su misma oreja habían sonado los ásperos guturales de un picto. Entonces se dio cuenta de que Conan había llamado al botero en su propia lengua. El hombre se detuvo, revisó los arbustos y gritó algo en respuesta, luego echó un vistazo sobresaltado al otro lado del río, se inclinó y envió a toda prisa la piragua hacia la ribera occidental. Sin comprender, Balthus vio que Conan tomaba de su mano el arco que había levantado en el claro, y colocó una flecha.

El picto había acercado su canoa a la orilla y, mirando hacia los arbustos, gritó algo. Su respuesta llegó en el twang de la cuerda del arco, en el vuelo de la flecha que se hundió hasta las plumas en su amplio pecho. Con un ahogado grito entrecortado se desplomó de costado y cayó al agua poco profunda. En un instante, Conan estaba en la costa, metido en el agua para agarrar la canoa se alejaba con la corriente. Balthus corrió a tropezones tras él y gateó un poco mareado dentro de la canoa. Conan se trepó a ella, sujetó el remo y lanzó la nave hacia la orilla oriental. Balthus notó con envidiosa admiración el juego de los formidables músculos debajo de la piel tostada. El cimerio parecía un hombre de hierro, que nunca conocía la fatiga.

—¿Qué le dijiste al picto? —preguntó Balthus.

—Le dije que se acercara a tierra; le dije que había un bosquimano blanco en la costa que estaba tratando de acertarle un tiro.

—Eso no parece justo —objetó Balthus—. Él pensó que le hablaba un amigo. Imitaste a un picto perfectamente...

—Necesitábamos su bote —gruñó Conan, sin detenerse en sus esfuerzos—. La única manera era atraerlo a la costa. ¿Qué es peor, traicionar a un picto que disfrutaría al desollarnos vivos a los dos, o traicionar a los hombres del otro lado del río cuyas vidas dependen de que crucemos?

Balthus consideró esta delicada cuestión ética por un momento, luego se encogió de hombros y preguntó:

—¿Qué tan lejos estamos del fuerte?

Conan señaló un arroyo que desembocaba en el Río Negro desde el este, a unos cientos de metros debajo de ellos.

—Ése es Arroyo Sur; su boca está a quince kilómetros del fuerte. Es el límite sur de Conajohara. Hay kilómetros de pantanos al sur de él. No hay peligro de una incursión a través de ellos. Diez kilómetros arriba, el fuerte de Arroyo Norte forma el otro límite. Pantanos más allá, también. Por eso un ataque debe venir desde el oeste, a través del Río Negro. Conajohara es exactamente como una lanza, con una punta de treinta kilómetros ancho metida en la salvaje tierra de los pictos.

—¿Por qué no nos quedamos en la canoa y hacemos el viaje por el agua?

—Porque si tenemos en cuenta la corriente que tenemos que trepar y las vueltas del río, podemos ir más rápido a pie. Además, recuerda que Gwawela está al sur del fuerte; si los pictos lo están cruzando, tropezaríamos con ellos.

Ya era el anochecer cuando pisaron la costa oriental. Sin pausa, Conan siguió adelante en dirección norte, a un ritmo que hacía doler las fornidas piernas de Balthus.

—Valannus quería construir un fuerte en las bocas de los arroyos Norte y Sur —gruñó el cimerio—. Entonces el río podía ser patrullado todo el tiempo. Pero el gobierno no lo quiso.

»Tontos de panzas blandas sentados sobre almohadones de terciopelo, con unas niñas desnudas ofreciéndoles vino helado sobre sus rodillas. Conozco la clase. No pueden ver más allá de la pared de su palacio. Diplomacia, ¡demonios! Lucharían contra los pictos con teorías de expansión territorial. Valannus, y los hombres como él, tienen que obedecer las órdenes de un conjunto de malditos tontos. Nunca tomarán más territorio picto, y nunca jamás reconstruirán Venarium. ¡Llegará el tiempo en que vean a los bárbaros trepar las murallas de las ciudades orientales!

Una semana atrás, Balthus habría reído de una sugerencia tan ridícula. Ahora, no respondió. Había visto la inconquistable ferocidad de los hombres que vivían más allá de las fronteras.

Se estremeció; lanzó unos vistazos al sombrío río, sólo visible a través de los arbustos, y a los arcos de los árboles que crecían apiñados cerca de la costa. Seguía recordando que los pictos podían haber cruzado el río y haberles tendido una emboscada entre ese lugar y el fuerte. Oscurecía con rapidez.

Un ligero sonido adelante le lanzó el corazón a la garganta; la espada de Conan brilló en el aire. La bajó cuando un perro, una bestia grande, flaca y llena de cicatrices, salió de los arbustos y se quedó parado mirándolos.

—Ese perro pertenecía a un colono que trató de construir su cabaña en la ribera del río a unos kilómetros al sur del fuerte —gruñó Conan—. Los pictos cruzaron y lo mataron, por supuesto, y quemaron su cabaña. Lo encontramos muerto entre los rescoldos, y al perro tendido sin sentido entre los tres pictos que había matado. Estaba casi cortado en pedazos. Lo llevamos al fuerte y cosimos sus heridas, pero después de que se recuperó se fue al bosque y se volvió salvaje. ¿Ahora qué, Sajador, estás cazando a los hombres que mataron a tu amo?

La enorme cabeza se meneó de un lado al otro y sus ojos brillaron verdes. No gruñó ni ladró. En silencio, como un fantasma, fue detrás de ellos.

—Déjalo venir —farfulló Conan—. Puede olfatear a los demonios antes de que podamos verlos.

Balthus sonrió y puso su mano cariñosa sobre la cabeza del perro. Los labios se torcieron hacia atrás involuntariamente para mostrar los brillantes colmillos; entonces la enorme bestia inclinó la cabeza obediente, y movió la cola con incertidumbre, como si el propietario casi hubiera olvidado las emociones de la amistad. Balthus comparó mentalmente ese gran cuerpo flaco y dura con los gordos sabuesos elegante que se empujaban ladrando unos a otros en el jardín de la residencia de su padre. Suspiró. La frontera no era menos dura para las bestias que para los hombres. Este perro había casi olvidado el significado de la gentileza y la amistad.

Sajador se deslizó adelante, y Conan le dejó tomar la delantera. El último toque de anochecer desapareció en una absoluta oscuridad. Los kilómetros volaban bajo sus pies regulares. Sajador parecía mudo. De repente se detuvo, tenso, las orejas levantadas. Un instante después los hombres lo escucharon: un demoníaco grito por el río delante de ellos, débil como un susurro.

Conan juró como loco.

—¡Han atacado el fuerte! ¡Llegamos demasiado tarde! ¡Vamos!

Aceleró el paso, confiado en que el perro olfatearía las emboscadas delante. En una avalancha de tensa emoción, Balthus olvidó hambre y cansancio. Los aullidos se hacían más fuertes a medida que avanzaban, y por encima de ellos pudieron oír los gritos profundos de los soldados. Justo cuando Balthus empezaba a temer que tropezarían con los salvajes que parecían aullar justo delante de ellos, Conan se alejó del río en un amplio semicírculo que los llevó a una pequeña colina desde donde pudieron mirar sobre el bosque. Vieron el fuerte, iluminado con las antorchas metidas encima de los parapetos sobre largos palos. Arrojaban una luz parpadeando e insegura sobre el claro, y bajo esa luz vieron multitudes de figuras desnudas y pintadas a lo largo del borde del claro. El río hervía de canoas. Los pictos tenían el fuerte totalmente rodeado.

Un incesante granizo de flechas llovía contra el fortín desde el bosque y el río. La profunda vibración de los arcos se elevaba por encima de los aullidos. Gritando como lobos, varios cientos de guerreros desnudos con hachas en las manos salieron de los árboles y corrieron hacia la puerta oriental. Estaban a un kilómetro de su objetivo cuando una descarga de flechas desde la pared llenó el suelo de cadáveres e hizo huir a los supervivientes hacia los árboles. Los hombres en las canoas acercaron sus naves a la pared del río y fueron recibidos con otra llovizna de estacas encendidas y una descarga de pequeñas flechas de ballesta montadas sobre las torres de ese lado de la empalizada. Piedras y troncos volaban por el aire, se astillaron y hundieron a media docena de canoas, matando a sus ocupantes, y las otras se retiraron fuera de su alcance. Un profundo rugido de triunfo se alzó desde las paredes del fuerte, respondido con bestial aullido desde todos lados.

—¿Trataremos de cruzar? —preguntó Balthus, temblando de ansiedad.

Conan sacudió la cabeza. Estaba parado con los brazos cruzados, la cabeza ligeramente inclinada, una figura sombría y melancólica.

—El fuerte está condenado. Los pictos están locos por sangre y no se detendrán hasta que los maten a todos. Y hay demasiados para que los hombres en el fuerte los maten. No podríamos cruzar y, si lo hiciéramos, podríamos hacer nada más que morir con Valannus.

—¿No hay nada que podamos hacer sino salvar nuestros pellejos, entonces?

—Sí. Tenemos que advertir a los colonos. ¿Sabes por qué los pictos no están tratando de quemar el fuerte con flechas de fuego? Porque no quieren un incendio que pueda advertir a las personas al este. Planean terminar con el fuerte y luego arrasar hacia el este antes de que nadie sepa de su caída. Pueden cruzar el Río Trueno y tomar Velitrium antes de que la gente sepa qué ha ocurrido. Por lo menos destruirán cada cosa viva entre el fuerte y el Río Trueno.

»Hemos fallado en advertir al fuerte, y ahora veo que no habría sido de provecho si hubiéramos tenido éxito. El fuerte está demasiado mal provisto. Unas cargas más y los pictos estarán sobre las paredes y derribando las puertas. Pero podemos alertar a los colonos hacia Velitrium. ¡Vamos! Estamos fuera del círculo que los pictos ha formado alrededor del fuerte. Nos mantendremos lejos de él.

Salieron haciendo un amplio arco, escuchando el crecimiento y caída del volumen de los gritos, señalando cada carga y rechazo. Los hombres en el fuerte estaban resistiendo; pero los chillidos de los pictos no disminuían su salvajismo. Vibraban con un timbre que tenía la seguridad de una victoria final.

Antes de que Balthus se diera cuenta de que estaban cerca de él, entraron al camino que llevaba hacia el este.

—¡Ahora, corre! —gruñó Conan. Balthus mordió fuerte. Había treinta kilómetros hasta Velitrium, unos ocho hasta Cañada Pelada, más allá de la cual comenzaban los asentamientos. El aquilonio sentía que habían estado peleando y corriendo durante siglos. Pero la emoción nerviosa que corría a través de su sangre lo estimulaba a unos esfuerzos hercúleos.

Sajador corría por delante, la cabeza cerca del suelo, gruñendo bajo, el primer sonido que le habían escuchado.

—¡Pictos delante de nosotros! —susurró Conan, bajando una rodilla y explorando el suelo a la luz de las estrellas. Sacudió la cabeza, desconcertado—. No puedo distinguir cuántos. Probablemente sólo sea una pequeña partida. Algunos que no pudieron esperar hasta tomar el fuerte. ¡Han ido adelante para matar a los colonos en sus camas! ¡Vamos!

En ese momento vieron, delante de ellos, un pequeño incendio a través de los árboles, y, escucharon un cántico salvaje y feroz. El sendero doblaba allí; lo dejaron y cortaron por la curva a través de la espesura. Unos momentos más tarde estaban ante una visión horrorosa. Había una carreta de bueyes en el camino, cargada con los escasos muebles de una familia; ardía; los bueyes estaban cerca con las gargantas cortadas. En el suelo, un hombre y una mujer, desnudos y mutilados. Cinco pictos bailaban a su alrededor con saltos y rebotes fantásticos, agitando las hachas ensangrentada; uno de ellos blandía el vestido manchado de rojo de la mujer.

Ante esa visión, una neblina roja cruzó los ojos de Balthus. Levantó su arco, apuntó a la figura que cabriolaba, negra contra el fuego, y disparó. El asesino saltó en convulsiones y cayó muerto con la flecha atravesada en el corazón. Entonces los dos hombres blancos y el perro cayeron sobre los sobresaltados sobrevivientes. Conan simplemente iba animado por su espíritu de combate y un antiguo odio racial, pero Balthus rebosaba de ira.

Esperó al primer picto que lo enfrentó con un golpe feroz que le partió el cráneo pintado, y saltó sobre el cuerpo que caía para trenzarse con los otros. Pero Conan ya había matado a uno de los dos que había escogido, y el salto del aquilonio llegó un segundo tarde. El guerrero se desplomaba con la larga espada atravesada incluso mientras el hacha de Balthus se levantaba. Cuando se volvió hacia el picto restante, Balthus vio que Sajador se alejaba de su víctima, con sus grandes mandíbulas goteando sangre.

Balthus no dijo nada cuando bajó la mirada a las lastimosas formas en el camino junto a la carreta en llamas. Ambos eran jóvenes, la mujer apenas más que una niña. Por un capricho del azar, los pictos no habían tocado su cara, e incluso en la agonía de una muerte horrible era hermosa. Pero su suave cuerpo joven había sido atrozmente cortado con muchos cuchillos; una sombra nubló los ojos de Balthus y tragó, ahogado. La tragedia lo venció momentáneamente. Tenía ganas de dejarse caer, y llorar, y morder la tierra.

—Una pareja joven que acababa de independizarse —decía Conan mientras limpiaba su espada sin emociones—. Iban de camino al fuerte cuando los pictos los encontraron. Tal vez el muchacho iba a entrar en el servicio; tal vez tomarían alguna tierra sobre el río. Bien, esto es lo que le pasará a cada hombre, mujer y niño este lado del Río Trueno si no los llevamos a Velitrium deprisa.

Las rodillas de Balthus temblaban mientras seguía a Conan. Pero no había ni una pizca de debilidad en la ágil zancada larga del cimerio. Había una estrecha relación entre él y el formidable bruto flaco que se deslizaba a su lado. Sajador ya no gruñía con su cabeza contra el sendero. El camino por delante estaba limpio. Los aullidos sobre el río llegaban débilmente, pero Balthus creía que el fuerte todavía resistía. De repente, Conan se detuvo con un juramento.

Le mostró a Balthus un sendero que salía hacia el norte desde el camino. Era una vieja senda, en parte cubierta con nuevas plantas que habían sido pisoteadas recientemente. Balthus se dio cuenta de este hecho más por sensación que por la vista, aunque Conan parecía ver como un gato en la oscuridad. El cimerio le mostró dónde se desviaban del sendero principal las anchas huellas de una carreta, marcadas profundamente en el moho de bosque.

—Colonos que van a las lameduras por sal —gruñó—. Están al borde del pantano, a unos catorce kilómetros desde aquí. ¡Maldición! ¡Todos serán asesinados sin excepción! ¡Escucha! Un hombre puede advertir a la gente en el camino. Ve adelante, despiértalos y llévalos a Velitrium. Yo iré a buscar a los hombres que recogen sal. Estarán acampados junto a las lameduras. No volveremos al camino. Nos dirigiremos derecho por el bosque.

Sin más comentario, Conan salió del sendero principal y corrió por el otro; Balthus, después de mirarlo durante unos momentos, partió a lo largo del camino. El perro permanecía con él y se deslizaba sin ruido en sus talones. Cuando Balthus había avanzado un poco escuchó el gruñido del animal. Giró, lanzó una mirada hacia atrás al camino por donde venía, y le asombró ver un vago brillo fantasmal que se esfumaba en el bosque en la dirección que Conan había tomado. Sajador gruñía profundamente en su garganta, los pelos del cuello parados y los ojos unas bolas de fuego verde. Balthus recordó la horrorosa aparición que había robado la cabeza del mercader Tiberias no lejos de ese sitio, y vaciló. La cosa debía estar siguiendo a Conan. Pero el gigante cimerio había demostrado repetidamente su habilidad para cuidar de sí mismo, y Balthus sintió que se debía a los colonos indefensos que dormían en la ruta del huracán rojo. El horror del ardiente fantasma fue eclipsado por el de esos cuerpos suaves y violados junto a la carreta de bueyes en llamas.

Corrió por el camino, cruzó Cañada Pelada y vio la primera cabaña de colonos, una estructura larga y baja de troncos cortados con hacha. En un instante estaba golpeando la puerta. Una voz somnolienta preguntó qué quería.

—¡Levantaos! ¡Los pictos cruzaron el río!

Eso provocó una reacción inmediata. Un grito bajo hizo eco a sus palabras y entonces se abrió la puerta; era una mujer en una prenda ligera. El pelo en desorden le colgaba sobre los hombros desnudos; sostenía una vela en una mano y un hacha en la otra. La cara pálida, sus ojos grandes de terror.

—¡Entrad! —pidió—. Resistiremos en la cabaña.

—No. Debemos irnos a Velitrium. El fuerte ya no puede resistir. Puede haber caído. No os detengáis a vestiros. Tomad a vuestros hijos y vámonos.

—¡Pero mi hombre ha ido con los otros a buscar sal! —gimió, retorciéndose las manos. Detrás de ella espiaban tres jovencitos despeinados, parpadeantes y perplejos.

—Conan ha ido tras ellos. Los pondrá a salvo. Debemos correr camino arriba para advertir a las otras cabañas.

El alivio inundó su semblante.

—¡Mitra sea agradecido! —gritó—. ¡Si el cimerio va tras ellos, estarán a salvo si algún hombre mortal puede salvarlos!

En un remolino de actividad alzó al niño más pequeño y empujó a los otros por la puerta, delante de ella. Balthus tomó la vela y la deshizo bajo el pie. Escuchó un instante. Ningún sonido venía desde el oscuro camino.

—¿Tenéis un caballo?

—En el establo —gimió ella—. ¡Oh, apurad!

La empujó a un lado mientras corría las barras con manos temblorosas. Guió al caballo afuera y alzó a los niños sobre su lomo, diciéndoles que se sujetaran de las crines y unos con otros. Ellos lo miraron con seriedad, sin ninguna protesta. La mujer tomó las riendas del caballo y salió al camino. Todavía sujetaba su hacha y Balthus supo que si era acorralada, pelearía con el desesperado coraje de una pantera hembra.

Se mantuvo atrás, escuchando. Se sentía oprimido porque creía que habían asaltado y tomado el fuerte, que las hordas de piel oscura ya venían por el camino hacia Velitrium, borrachos de masacre y locos de sangre. Vendrían con la velocidad de lobos hambrientos.

En ese momento vieron otra cabaña adelante. La mujer empezó a chillar una advertencia, pero Balthus la detuvo. Corrió hasta la puerta y golpeó. Respondió la voz de una mujer. Repitió su advertencia, y pronto la cabaña descargó a sus ocupantes: una anciana, dos mujeres jóvenes y cuatro niños. Como el marido de la otra mujer, los suyos habían ido a las lameduras por sal, sin sospechar ningún peligro. Una de las mujeres jóvenes parecía aturdida, las demás propensas a la histeria. Pero la anciana, una vieja y adusta veterana de la frontera, las hizo callar con dureza; ayudó a Balthus a sacar los dos caballos del establo a un corral detrás de la cabaña y a colocar a los niños sobre ellos. Balthus insistió en que ella misma montara con ellos, pero la mujer sacudió la cabeza e hizo subir a una de las más jóvenes.

—Está embarazada —gruñó la anciana—. Yo puedo caminar, y pelear también, si viene el caso.

Mientras partían, una de las jóvenes dijo:

—Al anochecer pasó una pareja joven a lo largo del camino; les aconsejamos que pasaran la noche en nuestra cabaña, pero estaban ansiosos por llegar al fuerte esa noche. ¿Acaso... ellos...?

—Se cruzaron con los pictos —respondió Balthus brevemente, y la mujer sollozó de horror.

Estaban apenas fuera de la vista de la cabaña cuando a cierta distancia detrás de ellos vibró un largo grito agudo.

—¡Un lobo! —exclamó una de las mujeres.

—Un lobo pintado con un hacha en la mano —farfulló Balthus—. ¡Idos! Apurad a los otros colonos a lo largo del camino y llevadlos con vosotros. Iré a explorar atrás.

Sin una palabra, la anciana arreó a la carga por delante de ella. Mientras desaparecían en la oscuridad, Balthus pudo ver los pálidos óvalos que eran las caras de los niños giradas hacia atrás sobre sus hombros. Recordó a su propia gente en Tauran y por un instante lo inundó un mareo. Con una debilidad momentánea, gimió y cayó sobre el camino, su brazo musculoso sobre el grueso cuello de Sajador; sintió que la tibia lengua húmeda del perro tocaba su cara.

Levantó la cabeza y sonrió con un esfuerzo doloroso.

—Vamos, muchacho —masculló, levantándose—. Tenemos trabajo que hacer.

De repente se vio un brillo rojo a través de los árboles. Los pictos habían incendiado la última cabaña. Sonrió. Cómo echaría espuma Zogar Sag si supiera que sus guerreros habían permitido que su naturaleza destructiva los superara. El fuego alertaría a la gente camino arriba. Estarían despiertos y alertas cuando los fugitivos llegaran a ellos. Pero su cara se puso seria. Las mujeres viajaban despacio, a pie y en caballos sobrecargados. Los rápidos pies de los pictos los alcanzarían en un kilómetro, a menos que... tomara posición detrás de un montón de troncos caídos junto al sendero. El camino hacia el occidente estaba iluminado por la cabaña en llamas, y cuando vinieran los pictos los vería primero; negras figuras furtivas contra la intensa luz distante.

Apuntó una lanza a la cabeza, la soltó y una de las figuras se desplomó. Las demás se perdieron en el bosque a cada lado del camino. Sajador a su lado gimió con lujuria asesina. De repente, apareció una figura sobre el borde del sendero, bajo los árboles, y empezó a deslizarse hacia los troncos caídos. El cordel del arco de Balthus vibró, el picto lanzó un aullido, se tambaleó y cayó en las sombras con la flecha atravesada en el muslo. Sajador saltó los maderos y se lanzó hacia los arbustos. Se sacudieron con violencia y luego el perro regresó junto a Balthus, sus mandíbulas enrojecidas.

Nada más apareció en el sendero; Balthus empezó a temer que estaban rodeando su posición a través del bosque, y cuando escuchó un leve sonido a su izquierda se escondió ciegamente. Maldijo mientras escuchaba que la lanza vibraba, clavada en un árbol, pero Sajador se deslizó tan silenciosamente como un fantasma y en ese momento Balthus escuchó una sacudida y un borboteo; entonces Sajador regresó como un fantasma a través de los arbustos, frotando su formidable cabeza manchada de rojo contra el brazo de Balthus. La sangre rezumaba de un profundo corte en su hombro, pero los sonidos en el bosque habían cesado para siempre.

Era evidente que los hombres al acecho en los bordes del camino sentían que el destino era su compañero, y decidieron que era preferible una carga abierta a ser arrastrados en la oscuridad por una bestia diabólica a la que no podían ver ni escuchar. Quizás se dieron cuenta de que había un hombre solo detrás de los troncos. Se acercaron en una repentina carrera, saliendo de ambos lados del sendero. Tres cayeron con flechas atravesadas, y el par que quedaba vaciló. Uno giró, y regresó corriendo camino abajo, pero el otro arremetió sobre el parapeto, ojos y dientes brillantes a la débil luz, el hacha levantada. El pie de Balthus resbaló cuando se levantaba de un salto, pero eso salvó su vida. El hacha que bajaba le afeitó un mechón de pelo, y el picto cayó rodando por los troncos por la fuerza de su golpe desperdiciado. Antes de que pudiera ponerse de pie, Sajador le arrancó la garganta.

Entonces siguió un tenso período de espera, en que Balthus se preguntó si el hombre que había huido era el único superviviente de la partida. Obviamente era una banda pequeña que había abandonado la batalla en el fuerte, o que estaba explorando por delante del grupo principal. Cada momento que pasaba aumentaba las oportunidades de salvación de las mujeres y niños que corrían hacia Velitrium.

Entonces, sin advertencia, cayó una llovizna de flechas sobre su refugio. Un aullido salvaje surgió del bosque a lo largo del sendero. El sobreviviente había ido por ayuda, u otra partida se había unido a la primera. La cabaña incendiada todavía ardía, arrojando poca luz. Entonces ellos empezaron a deslizarse hacia él a través de los árboles junto al sendero. Tiró tres flechas y desechó el arco. Como si intuyeran su aprieto, salieron a escena, sin gritar ahora, sino en un silencio mortal a excepción de las rápidas pisadas de muchos pies.

Abrazó con fuerza la cabeza del formidable perro que gruñía a su lado y farfulló:

—¡De acuerdo, muchacho, mándalos al Infierno! —y se puso de pie con un salto, alzando su hacha. Entonces las oscuras figuras invadieron su refugio y se trenzaron en una tormenta de hachas agitadas, cortantes cuchillos y colmillos asesinos.





Capítulo 7 - El demonio en el fuego





Cuando Conan se desvió del camino de Velitrium, esperaba una carrera de unos catorce kilómetros y se puso a la tarea. Pero no había llegado a seis cuando escuchó los sonidos de un grupo de hombres delante de él. Por el ruido que hacían al caminar supo que no eran pictos. Les gritó.

—¿Quién va? —respondió una áspera voz—. Quedaos donde estáis hasta que sepamos quién eres, o serás atravesado con una flecha.

—No podríais acertarle a un elefante en esta oscuridad —contestó Conan, impaciente—. Vamos, tonto; soy yo, Conan. Los pictos cruzaron el río.

—Lo sospechábamos —contestó el líder de los hombres, mientras se acercaban; hombres altos, delgados, de caras serias y con arcos en las manos—. Uno de nuestro grupo hirió a un antílope y lo rastreó hasta casi el Río Negro. Los escuchó aullar río abajo y regresó corriendo a nuestro campamento. Dejamos la sal y las carretas, soltamos a los bueyes, y vinimos tan rápido como pudimos. Si los pictos están sitiando el fuerte, las partidas de guerra estarán avanzando camino arriba hacia nuestras cabañas.

—Vuestras familias están a salvo —gruñó Conan—. Mi compañero fue adelante para llevarlos a Velitrium. Si volvemos a la carretera principal podríamos tropezar con toda la horda. Iremos al sudeste, a través del bosque. Id adelante. Iré cubriendo la retaguardia.

Unos momentos después, todo el grupo corría hacia el sudeste. Conan los seguía más lentamente, manteniéndose justo al alcance del oído. Maldijo el ruido que estaban haciendo; muchos pictos o cimmerios se habrían movido a través del bosque con menos ruido que el que hace el viento cuando sopla entre las ramas negras. Acababa de cruzar un pequeño claro cuando giró, respondiendo a la indicación de sus primitivos instintos de que lo estaban siguiendo. Parado inmóvil entre los arbustos escuchó que se desvanecían los sonidos de los colonos en retirada. Entonces escuchó una voz que gritaba débilmente desde el camino por el que había venido:

—¡Conan! ¡Conan! ¡Espérame, Conan!

—¡Balthus! —juró, desconcertado. Con cautela gritó—: ¡Aquí estoy!

—¡Espérame, Conan! —La voz llegaba más nítida.

Conan salió de las sombras, frunciendo el ceño.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¡Por Crom!

Se agazapó, sintiendo una picazón a lo largo de la espina. No era Balthus lo que salía del otro lado del claro. Un raro resplandor ardía a través de los árboles. Se movía hacia él, temblando de una manera extraña, una verde antorcha de fuego que se movía con propósito y voluntad.

Se detuvo a unos metros de distancia y Conan la miró, tratando de distinguir su perfil empañado por fuego. La llama temblorosa tenía un núcleo sólido; la llama no era sino la vestimenta verde que ocultaba alguna entidad viva y malévola; pero el cimerio era incapaz de distinguir su forma. Entonces, con un sonido chillón, una voz le habló de en medio de la ardiente columna.

—¿Por qué estás parado como una oveja esperando al carnicero, Conan?

La voz era humana pero acarreaba unas extrañas vibraciones que no lo eran.

—¿Oveja? —La ira le quitó a Conan la mayor parte de su temor momentáneo—. ¿Piensas que le tengo miedo a un maldito demonio picto de pantano? Un amigo me llamó.

—Hablé con su voz —respondió el otro—. Los hombres a quienes sigues pertenecen a mi hermano; no robaría su cuchillo esa sangre. Pero tú eres mío. Oh tonto, has venido desde las lejanas colinas grises de Cimeria a enfrentarte a tu destino en los bosques de Conajohara.

—Tuviste tu oportunidad conmigo antes que ahora —bufó Conan—. ¿Por qué no me mataste entonces, si podías?

—Mi hermano no había pintado un cráneo negro para ti ni lo había lanzado al fuego que se arde para siempre sobre el altar negro de Gullah. No había susurrado tu nombre a los fantasmas negros que moran las tierras altas del País Oscuro. Pero un murciélago voló sobre las Montañas de los Muertos y dibujó tu imagen con sangre sobre el cuero del tigre blanco que cuelga delante de la larga cabaña donde duermen los Cuatro Hermanos de la Noche. Las grandes serpientes se enrollan a sus pies y las estrellas arden como luciérnagas en su pelo.

—¿Por qué me han condenado a muerte los dioses de la oscuridad? —gruñó Conan.

Algo, una mano, un pie o una garra, no podía saber qué, salió del fuego y escribió rápidamente sobre el moho. Un símbolo ardió allí, marcado con fuego, y se apagó, pero no antes que lo reconociera.

—Te atreviste a hacer la señal que sólo un sacerdote de Jhebbal Sag se atrevería a hacer. El trueno rugió a través de la negra Montaña de los Muertos y la cabaña del altar de Gullah fue abatida por un viento del Golfo de los Fantasmas. El somorgujo, que es mensajero de los Cuatro Hermanos de la Noche, voló rápidamente y susurró tu nombre en mi oreja. Tu raza está acabada. Ya eres hombre muerto. Tu cabeza colgará en la cabaña del altar de mi hermano. Tu cadáver será comido por los Hijos de Jhil, de alas negras y agudos picos.

—¿Quién diablos es tu hermano? —preguntó Conan. Su espada estaba desnuda en su mano, y sutilmente aflojaba el hacha en su cinturón.

—Zogar Sag; un hijo de Jhebbal Sag que de tanto en tanto visita sus huertas sagradas. Una mujer de Gwawela durmió en una huerta consagrada a Jhebbal Sag. Su hijo fue Zogar Sag. Yo también soy un hijo de Jhebbal Sag, de un ser de fuego de un reino lejano. Zogar Sag me convocó de las Tierras Nubladas. Con conjuros, brujería y su propia sangre me materializó en la carne de su propio planeta. Somos uno, ligados por hilos invisibles. Sus pensamientos son los míos; si es golpeado, tengo moretones. Si me cortan, él sangra. Pero ya he hablado bastante. Pronto tu fantasma hablará con los fantasmas de la Tierra Oscura y te contarán de los viejos dioses que no están muertos, sino que duermen en los abismos exteriores, y que de vez en cuando despiertan.

—Me gustaría ver a qué te pareces —farfulló Conan, con el hacha libre—. Tú que dejas un rastro como de ave, que arde como una llama y que sin embargo hablas con voz humana.

—Ya verás —respondió la voz desde la llama—, verás y te llevarás el conocimiento contigo a la Tierra Oscura.

Las llamas saltaron y cayeron, disminuyeron y se fueron apagando. Una cara empezó a tomar una forma oscura. Al principio, Conan pensó que era el mismo Zogar Sag envuelto en fuego verde. Pero la cara estaba más arriba que la suya, y tenía un aspecto demoníaco; Conan había notado varias anormalidades en los rasgos de Zogar Sag: los ojos oblicuos, las orejas afiladas, la delgadez lobuna de sus labios; estas rarezas estaban exageradas en la aparición delante de él. Los ojos eran rojos como brasas de fuego vivo.

Más detalles salieron a la vista: un torso esbelto, cubierto de escamas de serpiente, que todavía era humano en la forma, con brazos humanos, de la cintura hacia arriba; hacia abajo, largas piernas como de grulla terminaban en unos pies de tres dedos separados, como los de un ave inmensa. A lo largo de los miembros monstruosos corría un fuego azul. Lo veía brillar como a través de una neblina.

Entonces de repente se abalanzó sobre él, aunque no había visto que se moviera. Un largo brazo, que por primera vez notó que terminaba en unas afiladas garras curvas como hoces, se alzó a gran altura y cayó hacia su cuello. Con un grito feroz, rompió el hechizo y saltó a un costado, arrojando el hacha. El demonio evitó el impacto con un movimiento increíblemente rápido de su angosta cabeza y se lanzó sobre él otra vez, en medio de una ráfaga siseante de llamas saltarinas.

Pero había matado a sus otras víctimas con el miedo luchando a su favor; Conan no estaba asustado. Sabía que cualquiera que fuera vestido con carne material podía ser muerto con armas materiales, sin importar qué tan espeluznante era su forma.

Un brazo con garra le sacó de un azote el yelmo de la cabeza. Un poco más abajo y lo habría decapitado. Pero un júbilo feroz se apoderó de él cuando su espada, manejada de un modo salvaje, se hundió profundamente en la ingle del monstruo. Saltó hacia atrás para evitar una reacción y liberó su arma en el impulso. Las garras le arañaron el pecho, destrozando su malla de eslabones como si fuera de tela. Pero volvió a saltar, esta vez contra el demonio, como un lobo hambriento. Estaba entre sus brazos y clavaba la espada en la barriga del monstruo una y otra vez; sintió que sus brazos se cerraban en torno y que las garras destrozaban la malla de su espalda mientras buscaban sus puntos vitales; se sentía lamido y encandilado por la llama azul que era fría como el hielo; entonces se apartó de los brazos ya más débiles y su espada cortó el aire con un golpe tremendo.

El demonio se tambaleó y cayó de costado, la cabeza colgando de apenas un jirón de carne. Los fuegos que lo velaban saltaron ferozmente hacia arriba, ahora rojos como sangre vertida, ocultándolo de la vista. Un olor a carne quemada inundó las fosas nasales de Conan. Sacudió la sangre y el sudor de sus ojos, giró y corrió tambaleante por el bosque. La sangre le goteaba por los miembros. En algún lugar, kilómetros al sur, vio el pálido brillo de llamas que podían señalar una cabaña en llamas. Detrás de él, hacia el camino, se alzó un grito distante que lo alentó a hacer un esfuerzo más.





Capítulo 8 - No más Conajohara





Hubo enfrentamientos sobre el Río Trueno; feroces batallas delante de las murallas de Velitrium; se alzaron hachas y antorchas en la ribera, río arriba y abajo, y muchas cabañas de colonos quedaron en cenizas antes de que la horda pintada fuera obligada a retroceder.

Una extraña quietud siguió a la tormenta; las personas se reunían y hablaban con voces quedas, y los hombres con vendas manchadas de rojo bebían cerveza en silencio en las tabernas a lo largo de la costa del río.

Allí estaba Conan el cimerio, bebiendo malhumorado un gran vaso de vino; un bosquimano con una venda alrededor de la cabeza y el brazo en cabestrillo se le acercó. Era el único sobreviviente de Fuerte Tuscelan.

—¿Fuiste con los soldados a las ruinas del fuerte?

Conan asintió.

—No me sentí capaz —murmuró el otro—. ¿No había pelea?

—Los pictos se habían replegado al otro lado del Río Negro. Algo debe haberles quitado el valor, aunque sólo el diablo que los hizo sabe qué fue.

El bosquimano echó un vistazo a su brazo vendado y suspiró.

—Dicen que no había ningún cuerpo que valiera la pena recuperar.

Conan sacudió la cabeza.

—Cenizas. Los pictos los habían apilado en el fuerte y prendieron fuego a todo antes de cruzar el río. A sus propios muertos y a los hombres de Valannus.

—Valannus cayó entre los últimos, en la pelea cuerpo a cuerpo cuando rompieron las barreras. Trataron de capturarlo vivo, pero hizo que lo mataran. Tomaron prisioneros a diez del resto de nosotros cuando quedamos muy débiles de tanto pelear que ya no pudimos seguir haciéndolo. Mataron a nueve en el acto. Cuando Zogar Sag se murió, tuve la oportunidad de liberarme y correr por mi vida.

—¿Zogar Sag está muerto? —exclamó Conan.

—Sí. Lo vi morir. Por eso los pictos no forzaron batalla contra Velitrium tan ferozmente como lo hicieron contra el fuerte. Fue extraño. No tenía ninguna herida de pelea. Estaba bailando entre los muertos, agitando el hacha con la que acababa de arrancarle la cabeza al último de mis compañeros. Vino hacia mí, aullando como un lobo... y entonces se tambaleó y dejó caer el hacha; empezó a girar en círculos, gritando como nunca antes escuché gritar a un hombre o a una bestia. Cayó entre el fuego que habían hecho para asarme y yo, vomitando y espumando por la boca; de repente se puso rígido y los pictos gritaron que estaba muerto. Durante la confusión me solté las ataduras y corrí hacia el bosque.

»Lo vi caído a la luz de las fogatas. Ninguna arma lo había tocado. Sin embargo tenía marcas rojas como heridas de espada en la ingle, en el estómago y en el cuello; esa última se veía como si su cabeza casi hubiera sido cortada de su cuerpo. ¿Qué entiendes de eso?

Conan no respondió, y el bosquimano, conocedor de la reticencia de los bárbaros sobre ciertos temas, continuó:

—Vivió por magia, y de algún modo, murió por magia. El misterio de su muerte le quitó el valor a los pictos. Ningún hombre, al ver esto, estuvo en las peleas frente a Velitrium. Regresaron rápidamente al otro lado del Río Negro. Los que vinieron desde el Río Trueno eran guerreros que se alejaron antes de que Zogar Sag muriera. No eran suficientes para tomar la ciudad.

»Vine a lo largo del camino, detrás de su fuerza principal, y sé que ninguno me siguió desde el fuerte. Me escabullí entre sus líneas y entré al pueblo. Tú rescataste a los colonos, de acuerdo, pero sus mujeres y niños entraron a Velitrium justo delante de esos demonios pintados. Si el joven Balthus y el viejo Sajador no los hubieran contenido durante un rato, habrían matado a todas las mujeres y niños en Conajohara. Pasé por el lugar donde Balthus y el perro ofrecieron la última resistencia. Estaban tendidos entre una pila de pictos muertos; conté siete, la cabeza partida con su hacha, o destripados por los colmillos del perro, y había otros sobre el camino con flechas atravesadas. ¡Dioses, qué pelea debe haber sido!

—Era un hombre —dijo Conan—. Brindo por su sombra, y por la sombra del perro, que no conocía el miedo. —Bebió parte del vino, entonces vació el resto sobre el piso con un curioso gesto pagano, e hizo añicos la copa—. Las cabezas de diez pictos pagarán la suya, y siete por el perro, que era mejor guerrero que un hombre.

Y el bosquimano, al mirar los ardientes ojos azules, supo que el brutal juramento sería cumplido.

—¿Reconstruirán el fuerte?

—No; Conajohara está perdida para Aquilonia. La frontera ha retrocedido. El Río Trueno será la nueva frontera.

El bosquimano suspiró y se quedó mirando su mano callosa, gastada por el contacto con el mango del hacha y la empuñadura de la espada. Conan extendió su largo brazo hasta la jarra de vino. El bosquimano lo miró y lo comparó con los hombres alrededor, con los hombres que habían muerto a lo largo del río; lo comparó con esos otros hombres salvajes del otro lado del río. Conan no parecía darse cuenta del examen.

—La barbarie es el estado natural de la humanidad —dijo el hombre de la frontera, todavía mirando sombríamente al cimerio—. La civilización no es natural. Es un capricho de las circunstancias. Y la barbarie siempre debe triunfar en última instancia.





Título original: Beyond the Black River
Traducido por Graciela Lorenzo Tillard, © 2008

El original en inglés de este trabajo es de dominio público debido que fue publicado en los Estados Unidos antes de 1964, y su copyright no fue renovado (Wikisource).

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