sábado, 5 de abril de 2014

Francis Parker Yockey sobre el Darwinismo




I


Uno de los más fructíferos descubrimientos del siglo XX fue la metafísica de las naciones. Al descifrarse el enigma de la historia se vio que las naciones son manifestaciones diferentes del alma de las grandes culturas. Sólo existen en las culturas, tienen su ámbito vital para finalidades políticas, y poseen, -con respecto a las otras naciones de la cultura-, su individualidad. Cada gran nación nace con una Idea, una misión vital, y la historia de la nación es la actualización de esta idea. Tal idea, repetimos, debe ser sentida, y no puede ser directamente definida. Cada idea, para cuya actualización una determinada nación fue escogida por la cultura, es también una etapa del desarrollo de la cultura. Así, la Historia Occidental presenta, en los siglos recientes, una período español, un período francés, un período inglés.

Corresponden al Barroco, al Rococó y al inicio de la Civilización. Esas naciones debieron su supremacía espiritual y política durante esos años únicamente al hecho de que eran los custodios del espíritu de la época. Con el paso de la época, esos custodios de su espíritu perdieron su posición espiritualmente dominante en la cultura.

El comienzo de la civilización fue el período inglés de Occidente, y todo el pensamiento y actividad de la civilización toda fue del modelo inglés. Todas las naciones se comprometieron en una imperialismo económico al estilo inglés. Todos los pensadores se volvieron ingleses, intelectualmente. Los sistemas ingleses de pensamiento dominaron a Occidente; sistemas que reflejaban el alma inglesa, las condiciones de vida inglesas, y las condiciones materiales inglesas.

Primordial entre esos sistemas fue el Darwinismo, que se hizo popular y, así, políticamente efectivo.

El mismo Darwin fue un seguidor de Malthus, y su sistema implica el Malthusianismo como fundamento. Malthus enseñó que el aumento de la población tiende a superar el aumento del suministro de alimentos, que eso representaba un peligro económico y que el control de ese aumento de población es lo único que puede impedir la destrucción de una nación, y que incluso eran útiles a ese fin las guerras, las condiciones de vida insanas y la pobreza. El Malthusianismo considera expresamente el cuidado de los pobres, los ancianos y los huérfanos como un error.

Unas palabras sobre esta curiosa filosofía; para empezar, no tiene ninguna clase de correspondencia con los hechos, y, por lo tanto, no es válida para el siglo XX.

Estadísticamente, no tiene base alguna; espiritualmente, muestra una incomprensión completa del factor primario del destino, el hombre, y la historia: concretamente, que el alma es primordial, y la materia es gobernada por condiciones del alma. Cada hombre es el poeta de su propia historia y también lo es cada nación de la suya. Un aumento de población es el índice de la presencia de una tarea vital; una población declinante conduce a la insignificancia. Esta filosofía legitimaría la existencia de un hombre según hubiera o no nacido en una región alimenticia adecuada (!). Sus dones, su misión en la vida, su destino, su alma, no son tomados en consideración.

Es un ejemplo de la gran tendencia filosófica del materialismo: la animalización del Hombre-Cultura.

El Malthusianismo enseñó que la obtención de alimentos para las masas imponía una continua lucha por la existencia entre los hombres. Esta “lucha por la existencia”, se convertiría en una idea obsesiva en el Darwinismo. Otras ideas capitales del Darwinismo se encuentran en Schopenhauer, Erasmus Darwin, Henry Bates y Herbert Spencer. Schopenhauer, en 1835, propuso una imagen de la Naturaleza que contenía la lucha por la autopreservación, el intelecto humano como un arma en la lucha, y el amor sexual como una selección inconsciente según el interés de la especies. En el siglo XVIII, Erasmus Darwin había postulado la adaptación, la herencia, la lucha y la auto-protección como principios de la evolución. Bates formuló antes que Darwin la teoría del mimetismo, Spencer la teoría de la herencia, y el poderoso reclamo tautológico “supervivencia de los más aptos” para describir los resultados de la “lucha”.

Esto es solamente el primer plano, pues en realidad el camino hacia atrás desde Darwin hasta Calvino resulta evidente: el Calvinismo es una interpretación religiosa de la idea de la “supervivencia de los más aptos”, y denomina a los aptos los “elegidos”. El Darwinismo convierte este proceso electivo en mecánico profano, en vez de teológico religioso: la selección por la naturaleza, en vez de elección hecha por Dios. Es puramente inglés en el proceso, pues la religión nacional de Inglaterra fue una adaptación del Calvinismo.

La idea básica de los darwinistas -la evolución-, es tan poco original como las otras teorías particulares del sistema. La evolución es la gran idea central de la filosofía del siglo XIX. Domina a cada dirigente pensador y a cada sistema: Schopenhauer, Proudhon, Marx, Wagner, Nietzsche, Mill, Ibsen, Shaw. Estos pensadores difieren en sus explicaciones del propósito y la técnica de la evolución; ninguno de ellos pone en duda la idea central en sí misma. Para algunos de ellos es orgánica, para los más puramente mecánica.

El sistema de Darwin presenta dos aspectos, de los cuales sólo uno es tratado aquí, pues sólo uno fue políticamente efectivo. Se trata del Darwinismo como una filosofía popular. Como disposición científica tuvo calificaciones considerables, y nadie les prestó atención alguna cuando se convirtieron en una visión periodística del mundo. Desde ese punto de vista, alcanzó gran popularidad y se hizo notar como parte de la imagen mundial de la época.

El sistema muestra su procedencia como un producto de la época del criticismo en sus suposiciones teleológicas. La evolución tiene un propósito; el propósito de producir el hombre, el hombre civilizado, el hombre inglés y, en última instancia, el darwiniano. Es antropomórfico; el “objetivo de la evolución” no es producir bacilos, sino humanidad. Es el capitalismo del libre comercio, en el sentido de que esa lucha es económica, cada hombre para sí mismo y la competencia decide qué formas vitales son las mejores. Es gradual y parlamentario, pues el “progreso” continuo y la adaptación excluyen revoluciones y catástrofes. Es utilitario, porque cada cambio en una especie determinada tiene su utilidad material. La misma alma humana -conocida como el “cerebro” en el siglo XIX-, no es más que una herramienta mediante la cual un cierto tipo de mono se adelantó a sí mismo hasta convertirse en hombre, superando a los demás monos. Teleología otra vez: el hombre se convirtió en hombre con objeto de que fuera un hombre. Es ordenado, la selección natural procede de acuerdo con las reglas de la crianza artificial practicada en las granjas inglesas.

                                                                               II


Como visión del mundo, naturalmente el darwinismo no puede ser refutado, pues la Fe es, siempre lo ha sido, y siempre lo será, más fuerte que los hechos. Tampoco tiene importancia refutarlo como imagen del mundo, pues como tal ya no influye más que en los pensadores de anteayer. No obstante, como imagen de los hechos, es grotesco, desde sus primeras suposiciones hasta sus últimas conclusiones.

En primer lugar, no existe tal “lucha por la existencia” en la naturaleza; esa vieja idea Malthusiana meramente proyectó al capitalismo, sobre el mundo animal. Tales luchas por la existencia, cuando ocurren, son una excepción; la regla de la naturaleza es la abundancia. Hay abundantísimas plantas para que coman los herbívoros, y hay abundantísimos herbívoros para que coman los carnívoros. Entre estos últimos es rarísimo que se produzcan estas “luchas”, toda vez que sólo el carnívoro está espiritualmente equipado para la guerra. Un león desayunándose una cebra no evoca ninguna “lucha” entre dos especies, a menos que uno esté dispuesto a mirárselo de esa manera. E incluso en ese caso, deberá concederse que no es físicamente, mecánicamente, necesario que los carnívoros maten a otros animales.

También podrían comer plantas, pero es una exigencia de sus almas animales vivir como viven, y así, aún cuando llamáramos a sus vidas, luchas éstas no serían impuestas por la “naturaleza”, sino por el alma. No se trata, pues, de una “lucha por la existencia” sino de una necesidad espiritual, sino de ser uno mismo, de mantener la propia identidad.

La mentalidad capitalista, comprometida en una competición para enriquecerse, naturalmente describió el mundo animal como ocupado en una competición económica intensa. Tanto el Malthusianismo como el Darwinismo son visiones capitalistas, pues colocan a la economía en el centro de la Vida, y la consideran el significado de la misma.

Selección natural fue el nombre que se dio al proceso mediante el cual los “no aptos” perecieron para dar lugar a los “aptos”. Adaptación fue el nombre dado al proceso mediante el cual una especie cambió gradualmente, con objeto de convertirse en más apta para la lucha. La herencia fue el medio mediante el cual esas adaptaciones se realizaron para las especies.

Como imagen factual, es más fácil refutarla, y pensadores biológicos actuales, tanto mecanicistas como vitalistas, como Louis Agassiz, Du Bois-Reymond, Reinke y Driesch, la rechazaron desde el primer instante. La refutación más fácil es la paleontológica. Los depósitos de fósiles -hallados en diversos lugares de la Tierra- deben representar, generalmente, las posibilidades. Y, no obstante, sólo nos muestran formas de especies estables; no nos muestran tipos transicionales que dejen ver que una especie está “evolucionando” hacia otra cosa. Luego, en un nuevo amontonamiento de fósiles, aparece una nueva especie, en su forma definitiva, que permanece estable. Las especies que hoy conocemos son todas estables desde los últimos siglos, y todavía no se ha observado el caso de una especie, “adaptándose” para cambiar su anatomía o su fisiología, cuya “adaptación” resulte entonces en una mayor “aptitud” para la “lucha por la existencia”, transmitida luego por la herencia, con el resultado de una nueva especie.

Los darwinistas no pueden superar estos hechos aduciendo que se produjeron en grandes espacios de tiempo, porque la paleontología no descubrió nunca ningún tipo intermedio, sino solamente especies distintas. Tampoco los primitivos animales cuyas especies se extinguieron son más simples que los actuales, a pesar de que el curso de la evolución se suponía que procedía desde formas vitales simples hasta más completas. Esto era crudo, antropomorfismo: el hombre es complejo; los otros animales son simples, luego estos deben tender hacia él, ya que es biológicamente más “alto”.

Llamar al hombre-cultura animal “alto”, o evolucionado, todavía es llamarle animal.

El hombre-cultura es un mundo diferente, espiritualmente hablando, de los demás animales, y no puede ser comprendido aludiéndose a él en un esquema materialista artificial.

Si esta imagen de los hechos fuera correcta, las especies debieran ser fluidas en la actualidad. Debieran mutarse de una a otra. Pero esto, desde luego, no es así. De hecho no debiera haber especies, sino una masa de individuos, comprometidos en una carrera para alcanzar.. el hombre. Pero la “lucha”, repetimos, es poco convincente. Las formas “más bajas”, más simples, -¿menos aptas?- no han perecido, no han sucumbido al principio de la evolución darwinista, continúan en la misma forma que han tenido, como dirían los darwinistas, durante millones de años.

¿Por qué no han “evolucionado” hacia algo “más alto”?

La analogía darwinista entre la selección artificial y la selección natural se encuentra también en oposición a los hechos. Los productos de la selección artificial tales como los gallos de corral, los perros de carreras, los gatos ornamentales, los caballos de carreras y los canarios cantores se encontrarían ciertamente en desventaja contra las variedades naturales. Así que la selección artificial sólo ha sido capaz de producir formas de vida menos aptas.

Tampoco la selección sexual darwinista está de acuerdo con los hechos. La hembra de ninguna manera escoge siempre el mejor y más fuerte individuo, como compañero, ni en la especie humana ni en ninguna otra.

El aspecto utilitario de la imagen es también completamente subjetivo -es decir, inglés, capitalista, parlamentario - porque la utilidad de un órgano depende del uso que se pretenda darle. Una especie sin manos no necesita manos. Una mano que evolucionara lentamente sería una auténtica desventaja durante los “millones de años” necesarios para perfeccionar dicha mano. Además, ¿cómo empezó este proceso? Para que un órgano sea útil debe estar a punto; mientras se prepara, es inútil, pero si es inútil no es darwinista, porque el darwinismo dice que la evolución es utilitaria.

De hecho, todas las técnicas de la evolución darwinista, son simplemente tautológicas. Así, dentro de una especie son los individuos que tienen una predisposición a adaptarse los que se adaptan. La adaptación presupone adaptación.
El proceso de selección afecta a los ejemplares que poseen aptitudes definidas que les convierten en dignos de selección, en otras palabras, ya han sido seleccionados. La selección presupone selección.

El problema de la herencia en la imagen darwinista es tratado como el descubrimiento de las interrelaciones de las especies. Habiendo dado por supuesta su interrelación, luego encuentra que se hallan interrelacionadas y así demuestra la interrelación. La herencia presupone la herencia.

La utilidad de un órgano es una manera de decir que trabaja para estas especies. Así, la utilidad presupone la existencia de la especie que tiene el órgano, pero sin tal órgano. Los hechos, no obstante nunca nos han mostrado el caso de una especie que adquiriera un nuevo órgano que les pareciera necesario. Una forma vital necesita un cierto órgano, porque lo necesita. El órgano es útil porque es útil.

La ingenua, tautológica doctrina de la utilidad nunca preguntó: “Utilidad ¿Para qué?”
Lo que sirve para la duración tal vez no sirve para la fuerza. La utilidad no es una cosa simple, sino relativa con respecto a lo que existe. Así, son las exigencias internas de una forma vital las que determinan lo que les gustaría tener, qué les resultaría útil. El alma del león y su poder van juntos. La mano del hombre y su cerebro también van juntos. Nadie puede decir que la fuerza del león es la causa de que viva de la manera en que lo hace, ni qué la mano del hombre es responsable de sus realizaciones técnicas. En ambos casos es el alma lo principal.

La primacía de lo espiritual invierte el materialismo darwinista en la doctrina de la utilidad. Una carencia puede ser útil: la carencia de un sentido desarrolla los demás; la debilidad física desarrolla la inteligencia. Tanto en los hombres como en los animales, la ausencia de un órgano estimula a los demás a que desarrollen una actividad compensatoria; esto se observa a menudo en la endocrinología en particular.

                                                                               III

La completa comicidad del Darwinismo y, en general, del materialismo de todo el siglo XIX, es producto de una idea fundamental; una idea que no es factual en este siglo, aún cuando fuera un hecho primordial hace un siglo. Esa idea era que la Vida es formada por lo externo. Esto generó la sociología del “medio ambiente” como determinante del alma humana. Más tarde generó la doctrina de la “herencia” como igual determinante. Y, no obstante, en un sentido puramente factual, ¿qué es la Vida? La Vida es la actualización de lo posible. Lo posible se convierte en real en medio de hechos externos, que afectan sólo el camino preciso mediante el cual lo posible deviene real, pero no puede afectar la fuerza interna que se expresa a sí misma mediante, y, si es necesario, en oposición, a los hechos externos.

Ni la “herencia” ni el “medio ambiente” determinan esas posibilidades internas. Sólo afectan el marco dentro del cual, algo enteramente nuevo, un individuo, un alma singular, se expresará.

La palabra evolución describe al siglo XX el proceso de maduración y realización de un organismo o de una especie. Este proceso no es en absoluto el procedimiento de “causas” de utilidad mecánica sobre materiales sin forma, plásticos, protoplásmicos, con resultados puramente accidentales. Su trabajo con las plantas condujo a De Vries a desarrollar su teoría de la Mutación del origen de las especies, y los hechos de la paleontología la refuerzan hasta el punto de mostrar la súbita aparición de nuevas especies. El siglo XX considera completamente innecesario formular mitología, ya se trate de cosmogonía o de biología. Los orígenes estarán siempre escondidos a nuestros ojos, y un punto de vista histórico se interesa en el desarrollo del proceso, no en el misterioso comienzo del proceso. Este comienzo, tal como es presentado por la mitología científica, y por la mitología religiosa, tiene solamente un interés histórico para nuestra época. Lo que anotamos es que, antaño, esas imágenes del mundo eran reales y vivas.

¿Qué es la historia real de la Vida, según la ve ésta época? Existen varias especies vitales, clasificadas, de acuerdo con un creciente contenido espiritual, desde las plantas a los animales, a través del hombre, hasta el hombre-cultura y las grandes culturas. Algunas especies, como nos demuestran los fósiles existían ya en los primeros períodos de la tierra, en su forma presente, mientras otras especies aparecieron y desaparecieron.

Una especie aparece súbitamente, tanto en los descubrimientos arqueológicos como en el laboratorio experimental. La mutación es una descripción legítima del proceso, si tal idea está liberada de cualquier causa de utilidad mecánica, porque tales ideas son sólo imaginaciones, mientras que las mutaciones son un hecho. Cada especie tiene también un destino, y una energía vital dada, por decirlo así. Algunas son estables y firmes; otras han sido débiles, tendiendo a dividirse en muy diferentes variedades y han perdido su unidad. Tienen también un ámbito vital, puesto que muchas han desaparecido. Todo este proceso no es completamente independiente de las edades geológicas, ni de los fenómenos astrales. Algunas especies, no obstante, perviven de una época terrestre hasta la siguiente, de la misma manera que ciertos pensadores del siglo XIX, o, más propiamente, sus ideas, han sobrevivido hasta el siglo XX.

Los darwinistas ofrecieron también una explicación de la metafísica de su evolución. Roux, por ejemplo, mantiene que “los aptos para el objeto” sobreviven, mientras que “los no aptos” para el objeto mueren. El proceso es puramente mecánico, no obstante, y así se trata de aptitud sí para un objeto sin objeto. Nigeli enseñó que un organismo se perfecciona a sí mismo porque contiene en sí mismo el “principio de perfección”, de la misma manera que el médico de Moliere explicaba que la poción soporífica lo era a causa de una cualidad soporífica inherente a sí misma, Weismann negó la herencia de las características adquiridas, pero en vez de usar esa negación para refutar el Darwinismo, como obviamente hace -si todo individuo debe empezar de nuevo, ¿cómo puede la especie “evolucionar”?- pretende apoyar la imagen Darwinista diciendo que el plasma de los embriones contiene tendencias latentes hacia cualidades útiles. Pero esto ya no es Darwinismo, puesto que la especie no evoluciona si simplemente está haciendo lo que tiene que hacer.

Estas explicaciones tautológicas sólo convencieron a la gente que ya creía. La época era evolucionista y materialista. El Darwinismo combinó esas dos cualidades en una doctrina biológico-religiosa que satisfizo el imperativo capitalista de esa época. Cualquier experimento cualquier hecho nuevo, demostraba la verdad del Darwinismo; no se hubiera permitido lo contrario.

El siglo XX no contempla la Vida como un accidente, un campo de juego para causas externas. Observa el hecho de que las formas vitales empiezan súbitamente, y que el subsiguiente desarrollo o evolución, es sólo la actualización de lo que ya es posible. La Vida es el despliegue de un Alma, una individualidad. Cualquier explicación que uno dé sobre cómo empezó la vida sólo sirve para revelar la estructura de su propia alma. Una explicación materialista revela a un materialista. De manera similar, la atribución de cualquier “propósito” a la vida en su conjunto, trasciende al conocimiento y entra en el reino de la Fe. La vida en su conjunto, cada gran forma vital, cada especie, cada variedad, cada individuo, tiene, a pesar de todo, un destino, una dirección interna, un imperativo “sin palabras”. Este destino es el hecho principal de la historia. La historia es la relación de los destinos realizados o frustrados.

Cualquier tentativa de convertir al hombre en un animal y a los animales en autómatas, es meramente materialismo, y como tal, un producto de un determinado tipo de alma, de una cierta época. El siglo XX no es tal época y considera a la realidad interna del alma humana como determinante de la historia humana, y la realidad interna del alma de la gran cultura como determinante de la historia de esa cultura. El alma explota las circunstancias externas; estas no forman aquella.
Al no ser capitalista, el siglo XX tampoco contempla ninguna lucha por la existencia en el mundo, ni entre los hombres ni entre los animales. Contempla una lucha por el Poder, una lucha que no tiene nada que ver con baratas razones económicas. Es una lucha por el dominio del mundo lo que ven los siglos XX y XXI. No se trata de que no haya bastantes alimentos para las poblaciones humanas del mundo; los alimentos sobran. El problema es el poder, y en la decisión de ese problema, alimentos, vidas humanas, material y todo aquello de que puedan disponer los participantes, entrará en juego como armas, y no como premios. No se decidirá nunca en el sentido en que puede decidirse un pleito. Los lectores del año 2050 sonreirán cuando lean que durante un cierto tiempo existió, en la civilización occidental, la creencia, muy extendida, de que la Primera Guerra Mundial fue la “última guerra”. Igualmente se consideró, “última” a la Segunda Guerra Mundial, mientras todos se preparaban activamente para la Tercera. Fue un caso de idealismo pacifista, fundado en deseos más fuertes que los hechos.
El Darwinismo fue la animalización del hombre-cultura mediante la biología; el alma humana fue considerada como una mera técnica superior de lucha con los otros animales. Ahora llegamos al Marxismo, la animalización del hombre mediante la economía, el alma humana como un simple reflejo de los alimentos, los vestidos y la morada.

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