viernes, 30 de mayo de 2014

La Religion Secular del Holocausto es un Producto Adulterado de la Sociedad de Consumo- Robert Faurisson





¿SE PUEDEN PUBLICAR ESTOS DOS TEXTOS?

Dejando aparte la estupidez de creerse eso de la liberad de expresión, y asumiendo que la democracia es una dictadura del capitalismo progresista, sin embargo debemos analizar seriamente que problemas causa y que problemas tienen los dos textos que van a seguir este comentario:

“LA RELIGIÓN SECULAR DEL «HOLOCAUSTO» ES  UN PRODUCTO ADULTERADO DE LA SOCIEDAD CONSUMISTA”, Por Robert Faurisson

“EL DESTINO DE AMÉRICA”, por Francis P. Yockey


Ambos textos son primeras traducciones al castellano y sus autores son bien conocidos por todos, Faurisson es una eminencia en el tema revisionista y Yockey es sin duda el principal pensador nacionalsocialista americano de la postguerra con sus libros ‘Imperium’ y ‘El enemigo de Europa’.
Veamos el problema legal que hace que la difusión de textos de este tipo, que son clásicos y deberían ser conocidos, pese a estar o no de acuerdo con ellos, sea en España debatible y en otros países prohibidos.

Empecemos por el texto de Faurisson: La propuesta de Faurisson es que el tema del holocausto ha dejado hace tiempo el campo de la ciencia histórica y está en el campo de las religiones. Analiza cómo ha nacido una nueva religión secular con todas sus características, que es de obligada creencia y de reverencia necesaria, con su inquisición y sus autos de Fe.
No se trata de justificar por tanto las muertes injustas ni fomentar el odio contra nadie, sino de demostrar cómo se puede generar un hecho religioso a partir de un mito creado por el propio sistema. Y cuáles son las diferencias entre los hechos científicos e históricos y las bases religiosas en que se apoya ahora el culto a ese tema.
En una sociedad tan claramente anti-religiosa como la actual, democrática y progresista, donde burlarse de Cristo es legal y se hace cada día de la forma más grosera en revistas, libros, cine, etc…  parece que un texto contra una nueva religión no debería ser problema.
En realidad el texto no pretende ni siquiera negar crímenes cometidos contra inocentes por motivos raciales, sino analizar el cómo se pasa del mundo de lo racional al mito ‘religioso’ holocaustico actual, que ya no es un reflejo de hechos o de genocidios sino un estado de imposición ‘religiosa’ o mítica, donde los argumentos de la ciencia histórica ya no tienen nada que ver.
Es pues un texto que debiera ser a todas luces legal.

En cambio el segundo texto, de Yockey, si tiene problemas más serios que son más delicados de tratar. Y por eso vale la pena comentarlo pues el mismo comentario sería válido para otros textos similares.
El texto pretende exponer como una base de talmudistas, de elementos provenientes del judaísmo, han logrado imponer su ‘cosmovisión del mundo’ al pueblo americano, al que fundó los Estado Unidos de América.
Pero lo hace utilizando un lenguaje propio de una época y de una libertad de expresión distinta que la actual.
O sea, el texto forma parte de una manera de expresarse de los años 50 en USA, como un texto del explorador Richard Burton en África trata el tema de los pueblos negros con un lenguaje propio del siglo XIX y el estado en que entonces estaba Africa.
Los textos escritos en una época pueden resultar escritos con un lenguaje no apropiado en otra época. Hoy no se llama herejes a los protestantes, ni se llaman salvajes a los indios venezolanos.
Pero el texto de Yockey tiene sobre todo el error esencial de usar la palabra ‘judios’ para referirse al tipo talmudista, o sea a aquella capa del judaísmo impregnada de la mentalidad reflejada en el talmud, supremacista, explotadora del goim, hipócrita y opresiva contra los demás pueblos.
Pero al usar la palabra judío sin más está cayendo en dos problemas:
1- El error de asignar a un pueblo los crímenes o posiciones de una parte de dicho pueblo, por muy amplia o dominante o dirigente que fuera. Ningún pueblo es así o asá del todo, y no se puede asignar a todos lo que es de parte del todo. Cuando un Sabino Arana habla de que ‘los españoles nos oprimen o son unos canallas’ comete el mismo problema, y cuando se dice que ‘los vascos o catalanes son tal o cual’ pasa lo mismo.…
Por tanto la generalización de la clase talmudista a ‘Judíos’ es un error.
2- Para colmo ese error provoca que el texto pueda ser acusado de ‘fomentar el odio racial’, al no definir que solo se ataca a la clase de judíos que cometen esos crímenes o formas de pensar, y no a todos por el mero hecho de serlo.

Por tanto nos encontramos con el problema de una posible ilegalidad si no se expone claramente este tema del lenguaje, y aun así en muchos paises sería una ilegalidad.
Hay la solución mala de cambiar el texto, cosa que es sin duda una posibilidad, y donde pone ‘judío’ debería poner talmudista o alguna palabra que indicara a la clase mental y activa contra la que realmente se combate.
Claro que en algunos medios NS existe aún un tema más desgraciado que es la creencia de que realmente todos los judíos son tal o cual… posición errónea y contra toda lógica (como decir que todos los arios son tal o cual), pero que existe debido a dos errores:
-    Uno la tontería y la falta de meditación, seriedad y lógica ideológica.
-    Otro a la creencia de que la genética determina sin remedio una forma de ser y actuar… cosa absurda, como puede demostrarse con el ejemplo de que nuestra raza aria, pese a sus excelencias, no deja de tener millones de cretinos y malvados.

En Conclusión:

-    En revisionismo es una actitud científica e histórica, no una apología ni un fomento de odios o desprecio por las víctimas de todos los bandos, sino un desprecio por la mentira y la imposición mítica del ‘pensamiento único’ demo-progresista y sionista.

-    Leamos los textos históricos con la conciencia del lenguaje que se usaba y de lo que realmente quieren decir, sin confundir razas y pueblos con las actitudes criminales y genocidas de sus dirigentes, y en concreto de los grupos talmudistas.


LA RELIGIÓN SECULAR DEL «HOLOCAUSTO» ES  UN PRODUCTO ADULTERADO DE LA SOCIEDAD CONSUMISTA

Por Robert Faurisson

La religión del «Holocausto» es secular: pertenece al mundo laico, es profana y dispone, de hecho, del brazo secular, es decir, de una autoridad temporal de temible poder. Posee su propio dogma, sus mandamientos, sus decretos, sus profetas y sus grandes sacerdotes. Tal y como lo señaló un revisionista, esta religión cuenta con su galería de santos y santas, entre los que están Santa Ana (Frank), San Simón (Wiesenthal) y San Elías (Wiesel). Dispone de sus lugares santos, de sus rituales y de sus peregrinajes. Tiene sus edificios sacros (macabros) y sus reliquias (bajo forma de pastillas de jabón, zapatos, cepillos de dientes, etc.). Posee sus mártires, sus héroes y sus protagonistas de milagros (a millones), su leyenda dorada y sus justos. Auschwitz es su Gólgota. Para ella, Dios se llama Iahvé, protector de su pueblo elegido, que como se especifica en el salmo 120 de David recientemente invocado por una procuradora francesa, Ann de Fontette, con ocasión de un proceso iniciado contra un revisionista francés, castiga «los falsos labios». Para esta religión Satán se llama Hitler, condenado, como Jesús en el Talmud, a hervir por toda la eternidad entre excrementos. Esta religión no conoce la piedad, ni el perdón, ni la clemencia, sólo la venganza. Amasa fortunas gracias al chantaje y a la extorsión y ha adquirido privilegios inauditos. Dicta su ley a las naciones. Su corazón late en Jerusalén, en el museo del Yad Vashem en un país conquistado a expensas de los autóctonos; al resguardo de un muro de ocho metros de altura destinado a proteger su pueblo que es la sal de la tierra, los practicantes del «Holocausto» imponen sobre los «goy» una ley que es la más pura expresión del militarismo, de racismo y del colonialismo.

Una religión muy reciente con un desarrollo fulgurante

Aunque se trata en buena medida de una metamorfosis de la religión judía, la nueva religión es muy reciente y ha conocido un desarrollo espectacular. Para el historiador, es un fenómeno espectacular. La mayoría de las veces una religión de nivel mundial hunde sus raíces en tiempos lejanos y oscuros, lo que hace difícil la tarea del historiador de las ideas y las instituciones religiosas. Sin embargo, he aquí que, para fortuna del historiador, en el espacio de una cincuentena de años (1945-2000), ante nuestros ojos, una nueva religión, la religión del «Holocausto» ha aparecido de repente para desarrollarse con una impactante velocidad  y extenderse en nuestros días un poco por todas partes. Ha conquistado Occidente y tiene la intención de imponerse al resto del mundo. Todo investigador que se interesa por el fenómeno histórico que constituye el nacimiento, la vida y la muerte de una religión debería, por tanto, aprovechar la inesperada oportunidad que se presenta y ponerse a estudiar de cerca el nacimiento y la vida de esta nueva religión, para después calcular sus posibilidades de supervivencia y las posibilidades de su desaparición. Todo polemólogo a la espera de los signos premonitorios de una conflagración debería estar atento a los riesgos de una cruzada guerrera en la cual pueda arrastrarnos esta religión conquistadora.

Una religión que casa con la sociedad consumista

Como regla general, la sociedad consumista pone en peligro o compromete las religiones y las ideologías. Cada año el aumento de la producción industrial y de la actividad comercial crea en las conciencias nuevas necesidades y nuevos deseos, bien materiales, que alejan a los hombres de la sed de lo absoluto y de la aspiración al ideal de la que se nutren las ideologías y las religiones. Por otro lado, los progresos de la comunidad científica hacen a los hombres cada vez más escépticos en lo que se refiere a la veracidad de los relatos y promesas de aquellas. Paradójicamente, sólo prospera la religión del «Holocausto», que reina, por así decir, sin reservas y consigue que se ponga fuera de la humanidad a los escépticos que actúan a cara descubierta, a los que llama «negacionistas» y que ellos se definen a sí mismos como «revisionistas».
En nuestros días están en crisis o, a veces, en vía de extinción las ideas tanto de patria, de nacionalismo, como las de raza, comunismo e incluso de socialismo. Igualmente en crisis están las religiones del mundo occidental, incluidas entre ellas la religión judía y, a su vez, pero de modo menos evidente, las religiones no occidentales, también ellas sometidas a la prueba de fuego del consumismo; independientemente de lo que se pueda pensar al respecto, la religión musulmana no es una excepción: el bazar atrae a las masas más que la mezquita y en ciertos reinos petrolíferos, la sociedad consumista lanza un desafío, en las formas más extravagantes, cada vez más insolente a las reglas de vida decretadas por el Islam.
Por lo que se refiere al catolicismo romano, éste se encuentra aquejado de anemia; por retomar las palabras de Louis-Ferdinand Céline, se ha convertido en «cristianémico». Entre los católicos, a los que se dirige Benedicto XVI, ¿Cuántos son los que todavía creen en la virginidad de María, en los milagros de Jesús, en la resurrección física de los muertos, en la vida eterna, el paraíso, el purgatorio y el infierno? El discurso de los hombres de iglesia se limita por lo común a repetir con insistencia que «Dios es amor». Las religiones protestantes y similares se diluyen junto a sus doctrinas en una infinidad de sectas y variantes. La religión judía ve a sus fieles, cada vez más renuentes ante la obligación de observar tantas prescripciones y prohibiciones tan descabelladas, desertar de la sinagoga y practicar el matrimonio mixto cada vez en mayor número.
Pero mientras las creencias o las convicciones occidentales han perdido mucho de su sustancia, la fe en el «Holocausto» se ha reforzado. Ha acabado por crear un vínculo –una religión, al menos desde el punto de vista de la etimología, es un vínculo (religat religio)– que permite a grupos diferentes por comunidad y nación el compartir una fe común. A fin de cuentas, cristianos y judíos cooperan hoy en bloque en la propagación de la fe holocáustica. Y también se ve a un buen número de agnósticos o de ateos marchar bajo la bandera del «Holocausto». «Auschwitz» realiza la unión de todos.
Y es que esta nueva religión, nacida en una época en la que la sociedad consumista alzaba su vuelo, lleva su sello. Tiene su vigor, su habilidad y su inventiva. Disfruta de todos los recursos del marketing y de la comunicación. Las infamias del Shoa Business sólo son los efectos secundarios de una religión que no es otra cosa, de manera intrínseca, que una pura invención.
Partiendo de los fragmentos de una realidad histórica, en definitiva banal en tiempo de guerra, como fue el internamiento de una buena parte de los judíos europeos en guetos o en campos, sus promotores han construido una gigantesca impostura histórica: la impostura del pretendido exterminio de los judíos de Europa, de los presuntos campos de exterminio dotados con homicidas cámaras de gas y, por último, de los seis millones de víctimas judías.

Una religión que parece haber encontrado la solución de la cuestión judía

A lo largo de los milenios, los judíos, al principio generalmente bien acogidos en los países que los hospedaban, han acabado por suscitar un fenómeno de rechazo que ha llevado a su expulsión pero, con mucha frecuencia, tras salir por una puerta, volvían a entrar por otra. En diferentes naciones de la Europa continental, hacia fines del siglo XIX e inicios del XX, el fenómeno ha vuelto a hacer su aparición. «La cuestión judía» se planteó especialmente en Rusia, en Polonia, en Rumanía, en Austria-Hungría, en Alemania y en Francia. Todos, empezando por los propios judíos, se pusieron a buscar «una solución» a esta «cuestión judía». Para los sionistas, que fueron una minoría durante mucho tiempo entre sus correligionarios, la solución no podía ser más que territorial. Era conveniente encontrar, con el acuerdo de las naciones imperiales, un territorio donde pudiesen ser trasladados los colonos judíos. Esta colonia se habría localizado, por ejemplo, en Palestina, en Madagascar, en Uganda, en Sudamérica o en Siberia. Polonia y Francia preferían la solución de Madagascar, mientras que en la Unión Soviética se creaba, en la Siberia meridional, el territorio autónomo de Birobigian. Por lo que respecta a la Alemania nacionalsocialista, se estaba estudiando la posibilidad de un asentamiento en Palestina, pero acabó, a partir de 1937, por advertir el carácter no realista de esta solución y del grave perjuicio que se habría causado a los palestinos. A continuación el III Reich quiso crear una colonia judía en una parte de Polonia (el Judenreservat de Nisko, al sur de Lublin), después, en 1940, auspició seriamente la creación de una colonia en Madagascar (el Madagaskar Project). En la primavera de 1942, a consecuencia de de la necesidad de llevar adelante una guerra terrestre marítima y aérea y junto a las preocupaciones cada vez más angustiosas de tener que salvar las ciudades alemanas de un diluvio de fuego, de salvar la vida de su propio pueblo, de mantener en funcionamiento la economía de todo un continente tan falto de materias primas, el Canciller Hitler hizo saber a sus colaboradores, en particular al ministro del Reich y Jefe de la Cancillería del Reich Hans-Heinrich Lammers, que quería «aplazar hasta la finalización de la guerra la solución de la cuestión judía». Constituyendo una población en el seno de una Alemania en guerra a la que era con toda seguridad hostil, los judíos, o al menos una buena parte de ellos, debieron ser deportados e internados. Los que estaban en condiciones de hacerlo eran destinados a trabajar, los demás eran confinados en campos de concentración o de tránsito. Jamás Hitler quiso o autorizó la matanza de judíos y sus tribunales militares llegaron incluso a castigar con la pena de muerte, también en territorio soviético, a quienes fueron culpables de excesos contra los judíos. El Estado alemán nunca auspició, por lo que se refiere a los judíos, algo diferente a una «solución final territorial de la cuestión judía» (eine territoriale Endlösung der Judenfrage) y es necesaria toda la deshonestidad de nuestros historiadores ortodoxos para evocar continuamente «la solución final de la cuestión judía», omitiendo deliberadamente el adjetivo, tan importante, de «territorial». Hasta el fin de la guerra, Alemania no cesó jamás de proponer a los Aliados occidentales la entrega de judíos internados, pero a condición de que éstos fuesen asentados, por ejemplo, en Gran Bretaña y que no fuesen a invadir Palestina para atormentar allí al «noble y valiente pueblo árabe».
Dentro del contexto general, la suerte de los judíos de Europa no tuvo nada de excepcional. No habría merecido más que una mención en lo que es el gran libro de la segunda guerra mundial. Tenemos por tanto el derecho a asombrarnos cuando hoy se hace pasar la suerte de los judíos como el elemento esencial de esta guerra.
Tras la guerra será precisamente en tierra de Palestina y a expensas de los palestinos donde los defensores de la religión del «Holocausto», han encontrado, o han creído encontrar, la solución final territorial de la cuestión judía.

Una religión que da palos de ciego en sus métodos de venta (la palinodia de Raul Hilberg)

Aconsejo a los sociólogos poner en marcha una historia de la nueva religión examinando las técnicas extremadamente variadas con las que se ha creado, lanzado y vendido este «producto», en el trascurso de los años 1945-2000. Éste periodo mide la distancia que separa los procedimientos de los inicios, a menudo torpes, de la sofisticación, hasta llegar a los packagings de nuestros actuales spin doctors (torcidos expertos del «com») en su presentación del «Holocausto», transformado hoy en un producto kasher de consumo obligatorio.
En 1961, Raul Hilberg, el primero de los historiadores del «Holocausto», el «Papa» de la ciencia exterminacionista, publicó la primera versión de su obra principal, The Destruction of the European Jews. En ella expone doctoralmente la tesis siguiente: Hitler había dado órdenes con vistas a la matanza organizada de los judíos y todo se explicaba partiendo de sus órdenes. Esta forma de presentar las cosas debía llevar a un fiasco. Habiendo solicitado los revisionistas ver dichas órdenes, Hilberg se vio obligado a admitir que jamás habían existido. De 1982 a 1985, bajo la presión de los mismos revisionistas que pedía ver a qué se podía asemejar la técnica de las mágicas cámaras de gas homicidas, se vio obligado a revisar su presentación de la cuestión holocáustica. En 1985, en la edición «revisada y definitiva» de su misma obra, en vez de mostrarse categórico y seco con el lector o cliente, intentó engañarlo con todo tipo de asuntos abstrusos, apelando a su presunto interés por los misterios de la parapsicología y lo paranormal. Hilberg expone la historia de la destrucción de los judíos de Europa sin mencionar la más mínima orden, ni de Hitler, ni de ningún otro, de exterminar a los judíos. Lo explicó todo con una especie de diabólico misterio: espontáneamente los burócratas alemanes se habían ido pasando la contraseña para asesinar a hasta el último de los judíos. «Innumerables decisores en un aparato administrativo muy extendido» (countless decisión makers in a fal-flung bureaucratic machine) y esto sin un «plano base» (basic plane) (página 53); estos burócratas «crearon un clima en el que la palabra formal, escrita, pudo ser abandonada gradualmente como modus operandi» (created an atmosphere in wich the formal, written word could gradually be abandoned as a modus operandi) (página 54); se produjeron «entendimientos básicos entre responsables, que producían decisiones que no necesitaban ni órdenes precisas ni explicaciones» (basic understandings of officials resulting in decisions not requiring orders or explanations); «era una cuestión de estado de ánimo, de comprensión compartida, de consonancia y sincronización» (it was a matter of spirit, of shared comprehension of consonance and synchornization); «no hubo una única agencia encargada de toda la operación» (no one agency was charged with the whole operation); no hubo «ningún organismo central que dirigiese o coordinase todo el proceso» (no single organization directed or coordinated the entire process) (página 55). Por decirlo resumidamente, según Hilberg, este exterminio programado se produjo sin que sea posible demostrarlo verdaderamente con documentos que lo acrediten en la mano. Dos años antes, en febrero de 1983, con ocasión de una conferencia que tuvo lugar en el Avery Fischer Hall de Nueva York, presentó esta tesis, extrañamente vaporosa, de la siguiente forma: «Lo que se inició en 1941 fue un proceso de destrucción sin plan un establecido y sin una organización centralizada por parte de ninguna agencia. No hubo ningún esquema directriz, ni mucho menos un balance de gastos de las medidas de destrucción. Estas medidas se fueron tomando paso a paso, una cada vez. Por tanto, lo que se produjo no fue tanto la realización de un plan, sino más bien un increíble encuentro de mentes, una transmisión de pensamientos consensual en el ámbito de una burocracia extensísima». Esta vasta empresa de destrucción se había llevado cabo mágicamente, con la telepatía y con la operación diabólica del genio burocrático «nazi». Podemos decir que, con Raul Hilberg, la ciencia histórica ha devenido cabalística o religiosa.
Por su lado, Serge y Beate Klarsfeld han querido seguir el mismo camino de la falsa ciencia apelando al farmacéutico francés Jean-Claude Pressac. Durante algunos años el desventurado intentó vender ese producto adulterado bajo una forma pseudocientífica, pero, tras haber descubierto la impostura, en 1995 Pressac dio una media vuelta completa y admitió que a la postre el dossier del «Holocausto» estaba «podrido» y sólo era válido «para los vertederos de la historia»; éstas fueron sus palabras. La noticia se mantuvo oculta durante cinco años y sólo se hizo pública en el año 2000, al final de una obra de Valérie Igounet, otra vendedora de la Shoah y autora de Histoire du négationnisme en France (París, Seuil; texto de Pressac en la página 652).

Una religión que, por último, descubre las técnicas de venta «up to date»

Y he aquí que entran en escena los spin doctors. Siendo un producto que se había convertido en sospechoso y dado que los potenciales clientes empezaron a plantearse preguntas, se hizo necesario un cambio de marcha, es decir, renunciar a defender la mercancía con argumentos de apariencia científica y adoptar un procedimiento completamente moderno. Los nuevos practicantes de la religión han decidido dejar un mínimo espacio a los esfuerzos en la argumentación lógica y sustituir la investigación seria por el recurso a los sentimientos y la emoción, por lo tanto, al arte, al cine, al teatro a la novela histórica, al espectáculo, al story telling (arte contemporánea consistente en improvisar una narración o enmarcar un «testimonio»), al circo mediático, a la escenografía de museo, a las ceremonias públicas, a los peregrinajes, a la adoración de las (falsas) reliquias y de los (falsos) símbolos (cámaras de gas simbólicas) cifras simbólicas, testimonios simbólicos), al embrujo, a la música y por último a lo kitsch, todo ello acompañado por sistemas de venta forzada, acompañados de amenazas de todo tipo. El cineasta Steven Spielberg, especialista en la ficción desmelenada y extraterrestre, se ha convertido en el gran inspirador tanto de las películas holocáusticos como del casting de 50.000 testimonios. Para vender mejor su producto adulterado, nuestros falsos historiadores y verdaderos mercaderes han logrado que los alumnos lo prueben desde la escuela elemental, enorme ventaja, pues es en la más tierna edad cuando se contraen los apetitos que hacen que más adelante no sea necesario atraer al cliente: será él mismo quien pida lo que tanto había consumido durante su infancia, hayan sido dulces o veneno. Y de esta forma se tomó el pelo a la historia y se ha puesto todo al servicio de una cierta Memoria, es decir, de un batiburrillo de chismes, de leyendas, de calumnias que procuran a los clientes el placer de sentirse buenos y valientes y cantar todos en coro las virtudes del pobre judío, de maldecir a los «nazis», intrínsecamente perversos, de hacer un llamamiento a la venganza, a escupir sobre las tumbas de los vencidos. Al final no hay más que ingresar en caja un saco lleno de monedas y nuevos privilegios. Pierre Vidal-Naquet fue sólo un principiante: al principio, en 1979, se mostró muy disgustado, bastante brutal en su promoción del «Holocausto». Por ejemplo, invitado por los revisionistas a explicar cómo diablos, tras una operación de gaseado con ácido cianhídrico (el componente actico del insecticida «Zyklon B»), una escuadra de detenidos judíos (Sonderkommando) podía entrar impunemente en un local todavía saturado de este terrible gas para manipularlo y extraer hasta miles de cadáveres impregnados de veneno, Vidal-Naquet respondía, en comandita con otros treinta y tres universitarios, que no estaba obligado a dar ninguna explicación. Spielberg, una persona más hábil, mostrará en una película una «cámara de gas» en la que, por una vez, «por milagro», los grifos de las duchas esparcían… agua y no gas. Pierre Vidal-Naquet había intentado de forma foco afortunada responder a los revisionistas sobre el plano científico, pero hizo el ridículo. Por su parte, Claude Lanzmann, en su película Shoah, había intentado presentar testimonios o confesiones, pero era demasiado pesado, desafortunado y poco convincente; por lo menos, había entendido que lo principal era «hacer cine» y que se viese. Hoy ningún historiador del «Holocausto» se esfuerza en probar la realidad del «Holocausto» y de sus mágicas cámaras de gas. Todos actúan como Saul Friedländer en su última obra (Los años del exterminio. La Alemania nazi y los judíos: 1939-1945, Milán Garzanti 2009): dan a entender que todo eso realmente sucedió. Con ellos, la historia se hace axiomática, si bien sus axiomas tampoco se formulen. Estos nuevos historiadores actúan con un descaro tal que el lector, pasmado, no se da cuenta del engaño del que es objeto: los charlatanes de feria comentan a más no poder un suceso del que, para empezar, ni siquiera han establecido la existencia. Y de esta forma el cliente, creyendo comprar una mercadería, en realidad adquiere la charlatanería de quien le ha magnificado su propio producto. Hoy, el campeón mundial del bluff holocáustico es un goy de servicio, el Padre Patrick Desbois, un condenado bromista, cuyas diferentes publicaciones dedicadas a la «Shoa por balas», especialmente en Ucrania, parecen haber alcanzado las cumbres del tam-tam publicitario judeo-cristiano.

Una «success story» de las grandes potencias

Siendo una verdadera success story en el arte de la venta, la empresa holocáustica se ha ganado el status de lobby internacional. Este lobby está mezclados con el lobby judío americano (cuya organización guía es la AIPAC [American Israel Public Affairs Committee]), que defiende con uñas y dientes los intereses del Estado de Israel, cuyos escudo y espada son el Holocausto. Las naciones más poderosas del mundo no pueden permitirse contrariar una red de grupos de presión como esa, que detrás de un manto de religiosidad, fue en principio comercial, para convertirse después en militar-comercial y lanzarse a un de modo creciente a aventuras militares. Consigue que otras naciones, llamadas emergentes, tengan interés, si quieren estar en gracia de quien es más fuerte que ellas, en plegarse a los deseos de éste. Sin necesariamente hacer profesión de su fe en el «Holocausto, contribuirán si es necesario, a la divulgación del «Holocausto», así como a la represión de todos aquellos que ponen en entredicho su realidad. Por ejemplo, los chinos, si bien no sienten el menor interés por esta futilidad en sí, se mantienen lejos de cualquier puesta en duda del concepto «Holocausto judío», lo que les permite presentarse en calidad de «judíos» ante los japoneses durante la última guerra mundial y hacer valer el hecho de que también ellos fueron víctimas de un genocidio, el cual, como para los judíos –así lo piensan ellos– abrirá probablemente el camino a las indemnizaciones financieras y a ventajas políticas.

Una religión especialmente mortal

Lo que produce malestar por la religión del «Holocausto» está en el hecho de que es demasiado secular. Pensemos en el Papado, que en los siglos pasados ha apoyado su fuerza política y militar sobre un poder temporal, el cual, a la postre, causó su propia decadencia política. La nueva religión está íntimamente ligada al Estado de Israel, a los Estados Unidos, a la Unión Europea, a la OTAN, a Rusia, a los grandes bancos (a los que hace plegarse a su voluntad cuando, por ejemplo los bancos suizos, son recalcitrantes a ello), al chantajismo internacional y a los lobby de los traficantes de armas. En este punto ¿Quién puede garantizarle un verdadero futuro? Se ha debilitado al garantizar, de hecho, la política de naciones o de grupos con apetitos desmesurados, cuyo espíritu de cruzada mundial, como se puede comprobar en oriente Próximo y Medio, se ha convertido en arriesgado.
Ha sucedido que las religiones desaparezcan junto a los imperios en los que reinaban. El hecho es que las religiones, como las civilizaciones, son mortales. La del «Holocausto» es doblemente mortal: incita a la cruzada guerrera y corre hacia su fin. Y correrá hacia su fin incluso aunque el Estado judío desaparezca de la tierra de Palestina. Los judíos que entonces se desperdiguen por el resto del mundo no tendrán otra cosa que hacer que, como último recurso, llorar este «segundo Holocausto».
NB: en 1980 ya traté sobre la «nueva religión del “Holocausto”» en mi Mémoire en défense contre ceux qui m’accusent de falsifier l’histoire (París, La Vieille Taupe, páginas 261-263). En 2006 he redactado dos artículos sobre este tema: «Mémoire juive contre histoire (ou l’aversion juive pour tout examen critique de la Shoah)» y «Le prétendu “Holocauste” des juifs se révele de plus en plus dangereux»; estos dos artículos se han publicado recientemente en los Etudes Révisionnistes, vol. 5 (595 páginas), páginas 61-71, 86-90, Editions Akribeia, 45/3 Route de Vourles, F-69230 St. GENIS-LAVAL, 35euros.

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