martes, 5 de agosto de 2014

Juan Ramón Jiménez: el gran “creador sin escape”





Le gustaba llamarse así mismo “el creador sin escape”. Escribía a todas horas y durante todos los días del año. Escribía tanto que se perdía en sus propias palabras. Escribía mucho más de lo que humanamente era posible publicar. Y, sin embargo, para una gran parte de los tucumanos, Juan Ramón Jiménez es sólo el padre de “Platero y yo”. Muchos desconocen, por ejemplo, la brutal sinceridad de sus cartas, el erotismo de los versos de “Libros de amor” o la desesperada invocación de Dios de “El corazón en la mano”.

El poeta, que nació hace 132 años, ganó el Nobel en 1956. Por eso, nada mejor para conocerlo que disfrutar de sus poemas como él mismo lo anhelaba: con sencillez y sin prejuicios. Como si fuéramos niños.

Jiménez llegó al mundo la víspera de la Nochebuena de 1881 en Moguer, un pequeño pueblo de la provincia de Huelva. Era un lugar muy blanco y reluciente por la luz intensa del sol. Con calles estrechas y limpias. El mismo poeta lo definió como “un pan de trigo, blanco por dentro como el migajón, y dorado en torno -oh sol moreno- como la blanda corteza”.

Juan Ramón fue el más pequeño de una familia adinerada que lo consintió y le permitió soñar y divertirse usando su imaginación. De niño prefería jugar solo y sentía fascinación con la belleza del campo, los cambios de estación y de la luz durante el día. Tenía un calidoscopio a través del cual le gustaba mirar todo, porque le parecía que las cosas se alteraban, adquiriendo una consistencia mágica.

Desde pequeño se sintió llamado a combatir las injusticias, creando con su imaginación y su poesía un mundo donde las cosas fuesen restituidas a su verdad y a su forma natural: “Dónde está la palabra, corazón, que embellezca de amor al mundo feo; que le dé para siempre -y sólo ya- fortaleza de niño y defensa de la rosa” (Belleza, 1923).

Su libro más recordado es “Platero y yo”, de lectura obligada para muchas generaciones. El libro está formado por estampas de su pueblo en las que el poeta va retratando tanto las cosas hermosas del entorno moguereño como las injusticias o la pobreza e ignorancia de la gente, transformadas gracias a su escritura en momentos idílicos, y Moguer en el paraíso de su imaginación.

En 1911 conoció a Zenobia Camprubí Aymar, de la que se enamoró perdidamente. Se casaron en 1916 en Nueva York. Ella, de alguna manera inspiró los versos de uno de sus libros más aclamados: “Diario de un poeta recién casado”. Con ese libro abrió una nueva corriente poética, que fue explotada luego por algunos miembros de la Generación del 27.

Con el inicio de la Guerra Civil Española, Jiménez fue amenazado y, por eso, se exilió en Estados Unidos. Allí su poesía se volvió mística. “Romances de Coral Glabes” y “Animal de Fondo”, son sus últimos libros. Murió dos años después de recibir el Nobel por “Platero y yo”.

La búsqueda de Dios se convirtió en un anhelo constante para Juan Ramón Jiménez. Él creía, como Spinoza, que Dios existía, pero como fuerza de la naturaleza, o como algo inconcebible para los seres humanos. Siguiendo las ideas de este filósofo, creó un “Dios/conciencia” a su imagen y semejanza, sustituto de esa fe que necesitaba para vivir: “Dios del venir, te siento entre mis manos, / aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa / de amor, lo mismo / que un fuego con su aire. / No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo, / ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano: / eres igual y uno, eres distinto y todo; / eres dios de lo hermoso conseguido, / conciencia mía de lo hermoso. (“La trasparencia, Dios, la trasparencia”, del libro “Animal de fondo”, 1949).


Fuente:La Gaceta Online

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