martes, 12 de mayo de 2015

La Desnazificacion: Las torturas y represión democrática

LA ‘DESNAZIFICACION’:
Las torturas y represión democrática


Tras la contienda, los aliados cargaron contra los alemanes obligándoles a pasar absurdos cuestionarios, matándoles de hambre, robando su arte y violando a la población femenina, aparte de matanzas indiscriminadas en todos los países contra los que habían apoyado al III Reich, y a una limpieza étnica genocida en Silesia y Pomerania.

En Mayo de 1945. Se conquista  Berlín y Alemania se rinde sin condiciones. Hitler se suicida antes de caer en manos del enemigo, ya sabía cómo las gastaba por lo que habían hecho en Italia con Mussolini. No quiero pensar lo que hubieran hecho los soviéticos con Hitler si lo cogen vivo.
Es un momento de júbilo para los comunistas y sionistas pero no para los alemanes que iban a ser teóricamente «liberados».
Los aliados comenzaron en el país un proceso de «desnazificación» de la población civil mediante el que se pretendía procesar a todos aquellos que tuvieran relación con el Führer. Esta caza de brujas estuvo protagonizada por el llamado «fragebogen» -un absurdo test con decenas de preguntas mediante cuyas respuestas, presuntamente, se lograba adivinar si una persona había sido o no seguidora de Hitler-. Pero además hubo todo tipo de torturas y violaciones.

La venganza tras la guerra

Los ciudadanos alemanes sufrieron multitud de represalias por parte de americanos y rusos tras la contienda. Los americanos, concretamente, se vanagloriaron durante años de haber dejado de aprovisionar en lo que a alimentos se refiere a una población sin capacidad económica. El resultado fue la sucesión de una serie de severas hambrunas que diezmaron a los ciudadanos germanos. Un genocidio premeditado.
El patrimonio cultural tampoco evitó las represalias, pues miles de obras de arte alemanas fueron transportadas a Estados Unidos y la Unión Soviética para ser exhibidas como un trofeo ante sus conciudadanos.

Por parte soviética y los comunistas polacos, las tropas llegaron a violar a miles y miles de las mujeres alemanas después de la caída de Berlín. «Personalmente lo que más me ha llamado la atención por su barbarie es la violencia sexual que se produjo contra las alemanas tras la guerra. El abuso sobre los débiles es incomprensible, el saqueo mal está –no lo justifico- pero en el caso de las violaciones no tiene nombre lo sucedido», », explica, en declaraciones a ABC, el escritor y periodista Alberto de Frutos (autor de «Tiempos y costumbres»).
Pero… ¿Por qué se permitieron todas estas vejaciones?. Porque se hacen en nombre de la democracia y contra el ‘fascismo’. La historia la escriben los vencedores, y con la excusa de ‘acabar con el fascismo’ se justifica, aun ahora, toda violencia y crimen.
Por parte de los soviéticos y comunistas las torturas y crímenes eran normales en todas sus actuaciones, ya lo habían hecho con los polacos (no solo en Katyn), y con los Ukranianos o bálticos, cosacos, en fin con todo pueblo que se resistió un poco. Ya habían masacrado a millones de rusos con la llegada del comunismo, y enviaron a morir de frio y hambre a Siberia al 90% de los prisioneros de guerra alemanes.

La crueldad de los libertadores americanos

¿En qué consistía el proceso de «desnazificación»?
La Junta de Jefes de Estado Mayor estadounidense elaboró, con el beneplácito de Roosevelt (uno de los adalides de la democracia), un plan para acabar con la ideología nacionalsocialista. Este se basaba, principalmente, en directiva JCS 1067, en cuyo clausula nº 6 se especificaba que había que extirpar –una vez acabada la contienda- costara lo que costase estas ideas del pueblo alemán.
«Concebida con el deseo de imponer una paz punitiva, la JCS 1607 […] consistía en derribar más que en reconstruir, y en ayudar a los alemanes sólo cuando fuera necesario para evitar enfermedades o desórdenes. La directiva JCS 1607 fue responsable del inhumano planteamiento de los estadounidenses. […]
Así pues, los estadounidenses establecieron que desmilitarizarían, «desnazificarían» y eliminarían los recursos económicos de Alemania para evitar que un suceso como la Segunda Guerra Mundial volviera a acontecer. Solo tras sus crímenes en 1946 y 47, cambió algo la situación cuando el peligro comunista exigió contar con la base de Alemania para la defensa.
Todo ello, partiendo de la base de que el pueblo alemán era culpable de la irrupción del nazismo en Europa. «La JCS 1607, con base en los puntos de vista de, entre otros, Henry Morgenthau –el secretario del tesoro de los Estados Unidos- recomendaba que: “Debería dejar claro a los alemanes que la fanática resistencia nazi han destruido la economía alemana y han convertido el caos y el sufrimiento en inevitables, y que los alemanes no pueden escapar a la responsabilidad que ellos mismos se han buscado. Alemania no será ocupada con el propósito de la liberación, sino como una nación enemiga derrotada”», explica, en este caso, el historiador británico Tony Judt en su obra «Postguerra. Una historia de Europa desde 1945».

 

«Fragebogen», el primer paso

Así pues, con la idea de buscar revancha, Estados Unidos comenzó su «desnazificación». Como se estableció, el primer paso era encontrar y procesar a todo aquel que hubiese tenido algo que ver con el III Reich, algo extremadamente arduo. Sin embargo, varios expertos del país ofrecieron a los mandos militares una fórmula mágica para realizar esta tarea: podrían distinguir el grano alemán de la paja nazi haciendo pasar a todo aquel sospechoso un test o «fragebogen». Este documento era un cuestionario con decenas y decenas de extrañas preguntas (algunas muy sutiles y otras no tanto) que, según creían los expertos norteamericanos, desvelarían quiénes habían sido seguidores del Führer.
«Se imprimieron nada menos que trece millones de formularios, que fueron entregados a quienes tenían un pasado turbio o a alemanes que buscaban empleo. La cifra correspondía aproximadamente a la del número de los “miembros del Partido”. […]. Un alemán no podía volver a la vida normal mientras su cuestionario, debidamente cumplimentado, no hubiese sido entregado y comprobado. Hasta entonces se hallaba en una especie de purgatorio que lo dejaba fuera de la ley. Si uno quería seguir adelante, tenía que afrontar la inquisición y rellenar el formulario con sus preguntas “a veces estúpidas”».
De esta forma, no rellenarlo podía significar quedarse sin trabajo y sin los deseados cupones de racionamiento de comida entregados por los americanos (absolutamente necesarios en aquellos tiempos, pues la economía de Alemania había quedado tan mermada que era extremadamente difícil encontrar algo que llevarse al estómago). Por el contrario, si el afectado respondía de forma que los mandos aliados consideraran sospechosa, podía ser enviado a uno de los nuevos campos de concentración (y exterminio por hambre) establecidos por los libertadores.

Las preguntas

El «fragebogen» constaba de 12 páginas y entre 133 y 150 preguntas (dependiendo de la fuente histórica a la que se acuda). Usualmente, era entregado a los sospechosos de haberse relacionado con el nazismo junto al siguiente mensaje: «La información falsa tendrá como consecuencia una acción procesal por parte de los tribunales del gobierno militar». De esta forma, y aunque los americanos no tenían ni pajolera idea de si lo que estaban respondiendo los alemanes era verdad o mentira, al menos creían infundir algo der miedo en los examinados para evitar que falsearan lo que escribían.
Entre sus primeras líneas, el «fragebogen» incluía cuestiones tan absurdas como cuál era el número de cuenta bancaria y postal del entrevistado, cuál era el color de sus ojos, cuánto pesaba o cuál era su religión. Aunque no eran las más extrañas que podían hallarse en sus páginas. «Los aliados deseaban saber también, por ejemplo, si los bombardeos habían afectado a la salud, el trabajo o el sueño del entrevistado. Se pedía información sobre reclamaciones a compañías de seguros y demandas de indemnización, junto con otras preguntas sobre alcantarillado, electricidad y desagües», determina el historiador en su obra.
Estas eran –entre otras- las más sutiles. Posteriormente, y cuando el examinado se había relajado, llegaban las cuestiones de importancia. Entre ellas, destacaban algunas como la que solicitaba información sobre el número de cicatrices que la persona tenía en el cuerpo. Con dicha cuestión, los estadounidenses pretendían hacerse una ligera idea de si el interfecto había combatido en el frente y tenía restos de alguna herida, contaba con un tatuaje de alguno de los cuerpos militares alemanes (los miembros de las SS, por ejemplo, llevaban grabado su grupo sanguíneo en el brazo) o si, finalmente, disponía de marcas o distintivos de los grupos de duelistas estudiantiles. En el último caso, los aliados no sabían que estas asociaciones habían sido prohibidas por Hitler.
En este sentido, la cuestión número 25 también preguntaba sobre la afiliación a alguna fraternidad estudiantil cuando, realmente, Hitler las había prohibido en 1935.
Entre las más curiosas preguntas, finalmente, también se encontraba la siguiente: «¿En algún momento ha esperado la victoria alemana?».
Otras de las cuestiones (la número 18) era la que preguntaba si el examinado contaba con algún familiar dentro de la aristocracia alemana, la cual –según consideraban los americanos- había apoyado la subida de Adolf Hitler al poder, cosa falsa, pues la mayoría apoyaron la resistencia. El test también solicitaba al interfecto que le facilitara el partido al que había votado en 1932 (las elecciones en las que el Führer y su grupo político -el NSDAP- subieron al poder). Muchos consideraron absurda la pregunta acerca de su voto; en primer lugar, porque era fácil mentir, y en segundo, porque los alemanes estaban oyendo en la propaganda cómo se les decía que el voto secreto era una de las claves de la democracia.
En los primeros años después de la guerra fueron muchos los que pasaron el test, se personaron en las oficinas aliadas todo tipo de sujetos. «En una casa […] se entrevistó a un adolescente de 13 años y a un anciano de 88 que estaba “bastante gagá”. Un hombre ciego llegó a la entrevista acompañado de su esposa casi completamente sorda, afección que compartía con su marido», destaca el experto. Tampoco evitaban el cuestionario las mujeres de altos oficiales del ejército alemán. Uno de los caos más destacados fue el de Emmy Goering (la esposa del jefe supremo de la fuerza aérea).

El hambre, la nueva venganza contra Alemania

Tras determinar que los alemanes eran culpables por haber aupado a Hitler hasta el gobierno y haberle seguido en tiempos de guerra, los estadounidenses establecieron que era necesario castigarles. Así pues, iniciaron una campaña para atacar donde, por entonces, más dolía a un país cuya economía había sido destrozada por la guerra: en el hambre. De esta forma, rechazaron las peticiones de la Cruz Roja para llevar provisiones hasta la región y devolvieron todas las donaciones que, desde el resto del mundo, se habían recogido para evitar que el pueblo germano muriera de inanición.
«Políticos y militares –como sir Bernard Montgomery- insistían en que no se enviara comida desde Gran Bretaña. La hambruna era un castigo. Montgomery llegó a decir que tres cuartas partes de los alemanes seguían siendo nazis, aunque no reveló la fuente de su información. Los alemanes sólo podían culparse a sí mismos, y debían continuar ocupando el último lugar de la cola», señala Macdonogh.
En ese tiempo comenzó a correr el rumor en Alemania de que las calles no eran zonas seguras para los animales. No era para menos, pues los germanos tuvieron que recurrir a todo tipo de originales «recetas» para poder subsistir. «Las ratas y ranas, junto con los caracoles, permitían hacer una sopa que llenaba la barriga. El caballo era un plato relativamente común […] Se hacía harina de brotes, escaramujos, y enea. Las bellotas, los dientes de león y las raíces de altramuz se molían para hacer café. […] Las setas silvestres eran una bendición en la temporada: evitaban los gruñidos del estómago, pero más tarde torturaban a quien las consumía por su carácter indigesto».

A la caza del arte

Pero el «fragebogen» y las hambrunas no fueron las únicas represalias de los ejércitos aliados sobre Alemania. De hecho, estos aprovecharon cada minuto de su estancia para–en muchos casos- saquear y robar todo aquello que podían. El mayor expolio se produjo en el mundo del arte donde, estadounidenses y soviéticos se llevaron a sus respectivos países todo aquello que consideraron digno de ser disfrutado por sus ciudadanos.
Concretamente, este saqueo comenzó cuando los soviéticos empezaron a robar en todas las casas ocupadas. Al discernir la ingente cantidad de cultura que albergaba Alemania, Stalin envió entonces a un grupo específico de expertos para que las recuperara para la URSS. No obstante, este equipo llegaba en multitud de casos tarde y la realidad es que los soldados del Ejército Rojo eliminaron centenares de cuadros y esculturas por considerarlas contrarias al régimen comunista. A pesar de ello, lo cierto es que consiguieron llevarse un buen pellizco de ellas hacia las heladas tierras del este para que hicieran las veces de trofeos de guerra.
«La némesis de esta campaña rusa de obtención de trofeos era el departamento MFAA (Monuments, Fine Arts and Archives; Monumentos, Bellas Artes y Archivos) del ejército de los Estados Unidos, que también se llevó obras de arte, incluidos doscientos lienzos encontrados en Berlín, y las puso bajo “custodia”.
Soldados americanos rompieron a martillazos las esculturas (no políticas) de los talleres de Arno Breker, por ejemplo, junto a los de otros escultores alemanes.

Una limpieza étnica no divulgada

Jamás se habla de que los aliados, todos ellos, firmaron y realizaron una limpieza étnica de alemanes en Silesia y Pomerania en 1946, de donde expulsaron a toda la población alemana, en un proceso en que murieron de hambre y maltratos cerca de un millón de civiles.



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