miércoles, 20 de mayo de 2015

Salvar al Soldado Waters-Santos Bernardo

SALVAR AL SOLDADO WATERS
Por Santos Bernardo



En su día, al leer las frases de despedida que los condenados en Núremberg pronunciaron ante el patíbulo, me impactaron de tal forma que no he podido ni querido olvidarlas. Entre ellas están las del mariscal Keitel, que tras recordar a los más de dos millones de compatriotas caídos antes que él, concluyó de forma concisa, emotiva e ilustrativa: “Sigo a mis hijos”.
Se refería al segundo de sus hijos varones, Ernst Wilhelm Keitel, comandante del ejército dado por desaparecido y presumiblemente muerto en los días finales de la contienda. En 1954 su familia tuvo noticias de que seguía vivo en el cautiverio ruso, algo que su padre nunca llegó a saber. Maltratado por sus captores, perdió ambas piernas y fue uno de los últimos repatriados de los campos soviéticos, no regresando a la patria hasta 1956 (1).
También al más pequeño de sus hijos, Hans-Georg, de quien por desgracia no le cabía duda alguna acerca de su fallecimiento. Nacido en 1919, había seguido la carrera militar de su padre y participado en la guerra desde su inicio. Como joven alférez de una unidad de artillería motorizada, cayó en acto de servicio al poco de iniciada la campaña rusa, el 18 de julio de 1941(2).
Recientemente he leído las muy interesantes memorias que el mariscal escribió en su celda de Núremberg, y en ellas puede intuirse que su hijo pequeño, cuando no su favorito, sí era al que más cariño tenía. Por desgracia el editor ha omitido numerosos pasajes personales –sus orígenes agrícolas, su pasión por la finca paterna, la rehabilitación de la capilla familiar, etc.- que por más que no tengan interés político o militar, nos posibilitarían apreciar al personaje en su integridad. Entre éstos están igualmente algunos de índole estrictamente familiar, de los que sólo podemos hacernos una idea a través de los breves comentarios del editor. No obstante figuran en la edición unos pocos relativos a Hans-Georg que merece la pena reproducir, como por ejemplo éste que nos aporta una pincelada acerca de su personalidad:
«En la Pascua de 1938 Hans-Georg superó sus exámenes finales con brillantes notas, pero sus profesores apreciaron su carácter y su conducta más elevadamente que sus conocimientos de las lenguas clásicas, uno de sus mayores puntos débiles. Cuando decidió dejar el hogar para convertirse en soldado, mi esposa lo tuvo muy duro; ahora estaba sola la mayor parte del día, pues nuestras dos hijas tenían ambas sus propias carreras»(3).
Prueba del orgullo y afecto que Keitel sentía hacia el menor de sus hijos nos la proporciona el hecho de que aun cuando irrelevantes en el marco de la gran conflagración, saca tiempo para relatar la participación de éste como suboficial en la campaña polaca y también en la francesa, en la que resultó gravemente herido, pasajes que por desgracia han sido igualmente omitidos. No me consta por el contrario, si bien disto de poderlo asegurar, que hiciera otro tanto con el destino militar de sus otros dos hijos, ambos oficiales y el mayor de ellos casado con la hija del que fuera ministro del Reich mariscal Werner von Blomberg.
Por fortuna el editor sí ha respetado la parte en la que Keitel recoge la muerte de Hans-Georg:
«A comienzos de junio de 1941, a mi regreso a Berlín, encontré allí a Hans-Georg en nuestro hogar. Su herida en el muslo había sanado por completo, pero a consecuencia de las muchas operaciones en los músculos y tendones, cabalgar le suponía una agonía. Por ello le di finalmente permiso para ser transferido de su regimiento de Halberstadt al 29 regimiento de artillería motorizada, que pertenecía a la 29 división. Era justo lo que él siempre había soñado, estar en una unidad motorizada, con su moderna caballería de combate. Sonriendo de felicidad dejó el hogar una vez más, pues su regimiento lo requería con urgencia. Tras despedirse de su madre y hermanas, que imaginaban tan poco como él mismo lo que tenía por delante [KEITEL SE REFIERE AQUÍ A LA INMINENTE CAMPAÑA DE RUSIA –NOTA DE S.B], le acompañé hasta la puerta y con el corazón en un puño me despedí de él. Le dije: “Que Dios te acompañe. Sé valiente, pero no seas inconsciente o temerario a menos que no te quede más remedio”. Probablemente no me entendió, pero me abrazó brevemente y descendió felizmente las escaleras hasta la calle con su maleta, su rifle y el resto del equipo. Cuando volví al salón mi esposa dijo: “¡Cuán serio y diferente has estado con él! ¿Qué es lo que pasa?”. Por supuesto había sido incapaz de engañar la delicada percepción de una madre. Evité darle una respuesta directa, y murmuré algo acerca de haberle advertido que tuviera cuidado con su pierna.
«Con toda dureza cayó el golpe al llegar la noticia de que en fecha tan temprana como el 18 de julio había muerto en un hospital de campaña de las heridas recibidas el día anterior, durante un ataque aéreo ruso. Mi esposa junto al resto de la familia estaba en Helmscherode [LA FINCA AGRÍCOLA DE LA FAMILIA KEITEL EN HANNOVER –NOTA DE S.B.]. ¿Quién iba a decirle que su hijo favorito, por quien tan a menudo se había inquietado, yacía en suelo extranjero a las afueras de Smolensk? Envié al Profesor Nissen [el médico de la familia] a cargo de esta triste misión, pues tenía algunos temores acerca de cómo lo iba a llevar mi esposa con su delicado corazón. Fue entonces cuando descubrí por vez primera cuán fuertes son los corazones de las esposas y madres. La propia condolencia del Führer fue expresada en carta personal a mi esposa; ella estuvo muy agradecida por ello. Dado que tanto mi esposa como yo estábamos en contra de publicar un obituario, el Führer ordenó a la prensa que lo publicara, explicándonos que el pueblo alemán debía saber que los hijos de los generales de alto rango también entregaban sus vidas en el campo de batalla» (4).
Dentro del lógico dramatismo de esta trágica muerte, ciertamente ésta no supone sino una más de las incontables de aquella guerra. Es muy probable que no me hubiera decidido a escribir sobre ella sino fuera por un reciente hallazgo que me movió a hacerlo. Se trata de los diarios de Alfred Rosenberg que el año pasado, a raíz de una operación del FBI, salieron a la luz en los Estados Unidos tras haber sido robados y ocultados por Robert Kempner, fiscal-adjunto del Tribunal Militar Internacional de Núremberg. Su lectura me ha deparado el siguiente pasaje:
«El 18 [de julio de 1941] encuentro de redacción [DE LOS DOCUMENTOS RELATIVOS A SU NOMBRAMIENTO COMO MINISTRO DEL REICH –NOTA DE S.B.] con [Hans] Lammers. Regreso al Cuartel General, donde el Führer recibió a [Adolf] Galland y otros pilotos. A continuación la cena, y seguidamente la firma de mi nombramiento. El Führer se incorpora y estrecha mi mano con las suyas. Yo: “Le agradezco la confianza y le prometo emplear todas mis fuerzas en el desempeño de la misión”.
«Durante los encuentros me di cuenta de la seria actitud de Keitel. De forma ostensible tenía que hacer un esfuerzo para seguir la conversación. Más tarde le pregunté si le había sucedido algo y supe que acababa de perder a su hijo. Cuando le expresé mi pesar no pudo impedir que irrumpieran lágrimas en sus ojos: “Sí, he perdido a mi pequeño, en los panzers. Pese a los muertos no nos queda otra que seguir adelante”» (5).
Mucho más allá de su aspecto sentimental y retornando a su ejecución en Núremberg, es sumamente relevante el hecho de que las últimas palabras de Keitel fueran las de que seguía a sus hijos. Con ello expresaba bien a las claras que su muerte no era consecuencia de las acciones criminales que le achacaban sus verdugos, sino que constituía un tardío acto de la guerra. Tras haber luchado en Núremberg la última de las batallas y defendido una posición perdida de antemano, se erigía en un caído más, presto a reunirse con aquéllos de su estirpe que le habían precedido.
Como máximo responsable de las Fuerzas Armadas tras el propio Hitler, el ejemplo familiar de Keitel no fue en absoluto excepción.
El jefe de la Armada, Karl Dönitz, perdió a sus dos hijos varones. Peter el 19 de mayo de 1943 como oficial del submarino U-954. Klaus el 13 de mayo de 1944 a bordo de la lancha rápida S-141.
Hermann Göring no tuvo sino una hija, y si bien disto de conocer la familia en detalle, una muy somera búsqueda arroja el resultado de que al menos dos de sus sobrinos cayeron en el Frente. Heinz Göring murió el 29 de julio de 1944 en las cercanías de Varsovia, sirviendo como capitán de la división blindada Hermann Göring. Previamente otro sobrino, Peter Göring, perdía la vida el 13 de octubre de 1941 al ser derribado su caza en la Costa del Canal (6). Puesto que la familia Göring era harto numerosa, es bien probable que la luctuosa lista sea más larga.
El único hijo en edad militar de la familia Goebbels, Harald Quandt, sirvió como oficial paracaidista y participó en el asalto aerotransportado de Creta. Fue dado por desaparecido en Italia el 9 de septiembre de 1944 tras resultar gravemente herido. No sería hasta el 16 de noviembre, más de dos meses después, cuando la familia tendría noticias de que se hallaba en un hospital militar aliado, un período de pesarosa incertidumbre que el llamado a ser último canciller del Reich refleja a menudo en su diario.
La familia del propio Hitler, en este caso limitada a sus hermanastros Alois y Angela –su hermana Paula no tuvo descendencia- tampoco fue excepción.
El único hijo del matrimonio de Alois y Hedwig Hitler, Heinz, tras estudiar en la Napola de Ballenstedt im Harz emprendió la carrera militar. Sirvió como suboficial de transmisiones en el regimiento de Artillería nº 23 y fue dado por desaparecido el 10 de enero de 1942 (7).
El único hijo varón del matrimonio de Leo y Angela Raubal, Leo Rudolf Raubal, sirvió como alférez de Ingenieros, quedando su unidad sitiada en Stalingrado. Enterado Hitler de ello, Goebbels nos refiere su reacción:
«[Josef] Bürckel [GAULEITER DEL SARRE –NOTA DE S.B.] ha perdido un hijo en el Frente del Este. El Partido por tanto no sólo participa en la conducción sino también en la ejecución de la guerra. El Führer es de la opinión de que ello es absolutamente necesario. También él mismo tiene un sobrino, el hijo de la señora Raubal, cercado en Stalingrado, y ciertamente sufrirá allí el mismo destino que el resto de sus camaradas» (8).
Con la rendición del VI Ejército Leo Raubal Jr. cayó en manos del enemigo y no fue liberado hasta doce años más tarde.
Éstos son sólo unos breves pero inequívocos apuntes, por más que las películas no se cansen de mostrarnos a las familias de los dirigentes nazis tan amantes de la buena vida como beneficiarias de un régimen corrupto.
Ignoro si en el campo aliado podríamos encontrar ejemplos familiares de igual sacrificio, pero si nos atenemos a lo sucedido con el yerno del general Patton, John K. Waters, podemos intuir el resto.
El teniente-coronel Waters había sido hecho prisionero en febrero de 1943 durante la campaña de Túnez. Internado en un campo de prisioneros de Silesia, en enero de 1945 a raíz del avance soviético había sido trasladado al Oeste, concretamente a Hammelburg. Este campo albergaba originariamente a oficiales del ejército yugoslavo, pero había sido ampliado para acoger tanto a norteamericanos capturados durante la batalla de las Ardenas como a otros trasladados desde el Este.
En marzo de 1945 el general Patton, conocedor de las condiciones cada vez más precarias que prevalecían en los campos alemanes de prisioneros, ideó un raid que debía atravesar las líneas norteamericanas, adentrarse 50 millas en territorio enemigo, liberar el campo de Hammelburg y traer de vuelta a los prisioneros norteamericanos en general, y a su yerno en particular. A tal efecto hizo que un asistente suyo, el comandante Alexander Stiller, participara en la misión al único efecto de reconocer a Waters, con quien había servido.
Al frente de la misión puso al capitán Abraham Baum. El grupo de combate Baum, que superaba los 300 efectivos, agrupaba 16 carros de combate, 28 semiorugas y una veintena de diversos vehículos.
Aunque sobre el papel pudiera parecer un plan temerario, la guerra estaba pronta a tocar a su fin y Alemania se hallaba exhausta y sin recursos. No obstante, lo que parecía iba a ser un paseo triunfal, tornó en una muestra de lo que los adolescentes y reservistas de Hitler podían lograr cuando no se enfrentaban a un enemigo aplastantemente superior.
Al anochecer del 26 de marzo el denominado Task Force Baum inició su intento de atravesar las líneas alemanas en dirección a Hammelburg. La ruptura no fue tan fácil como se preveía, y además de unos pocos tanques se perdió un tiempo precioso. Tras contraer nuevas bajas, en las primeras horas de la tarde la fuerza norteamericana llegó al campo de prisioneros, siendo recibida con inesperada resistencia. Sin medios con los que enfrentarse a una fuerza blindada, el comandante del campo solicitó una tregua enviando como mediador a un pequeño grupo en el que se encontraba el propio yerno de Patton. Un guardia alemán, en desconocimiento o en desacuerdo con tal negociación, disparó e hirió gravemente a Waters, quien fue operado de urgencia por el cirujano-jefe del ejército yugoslavo. Como si del argumento de una ópera bufa se tratara, lejos de rescatarle la intentona de Patton cerca estuvo de costarle la vida (días más tarde sería liberado en un hospital de campaña).
Una vez ocupado el campo, la cruda realidad era la de que el grupo Baum carecía de vehículos suficientes para traer de vuelta a los aproximadamente seis mil prisioneros norteamericanos, por lo que se seleccionaron 200, en su mayoría oficiales. El resto podía intentar atravesar por su cuenta las 50 millas que les separaban de sus compañeros de armas, pero la inmensa mayoría declinó pues se hallaba debilitada por la desnutrición.
El nocturno regreso fue aún más infernal que la ida. Al llegar a la población de Höllring, el Sherman que lideraba la columna fue neutralizado por el certero disparo de un panzerfaust. Los alemanes se apoderaron del tanque, lo ocultaron en un jardín cercano y respondieron en inglés a los requerimientos de los demás Sherman, atrayéndolos hacia sí. Otros cuatro Shermans fueron puestos fuera de combate.
En vista de la creciente oposición, se decidió que los recién liberados prisioneros regresaran al campo por sus propios medios, pues lo más probable es que perecieran en el intento de atravesar las líneas alemanas. Tras un último y fallido intento desesperado, el capitán Baum dio la orden de que cada uno procurara salvarse como pudiera. Él mismo resultó herido y capturado. Además de perder todos sus vehículos, de la fuerza inicial sólo una décima parte logró regresar. El resto fue hecho prisionero, a excepción de una treintena de sus miembros que ignorantes entregaron su vida por el bienestar de la familia Patton.
En el mejor estilo de las democracias parlamentarias, nadie asumió la responsabilidad del sangriento fiasco y sólo los soldados muertos, heridos y/o hechos prisioneros pagaron por ello. Patton afirmó desconocer que su yerno se hallaba en Hammelburg, lo que además de ser refutado por diversos testimonios y otras evidencias, ha quedado ignominiosamente desmentido por una carta enviada a su esposa el 23 de marzo, en la que le daba cuenta de su intención de rescatar a Waters (9).
Lo anterior no es sino un breve resumen de una acción que bien podría dar pie a una trepidante superproducción cinematográfica, pero “Salvar al soldado Waters” jamás encontrará a un Spielberg que la produzca y dirija.
Por desgracia para éste y sus adláteres, no hay constancia de que alguna columna blindada hitleriana fuera sacrificada en pro de la familia de algún gerifalte del Tercer Reich, y para colmo aniquilada por los restos de un ejército sin facultad ni esperanza. Mas no por ello hay que desesperar, pues lo que la historia deniega la televisión lo concede.

NOTAS:
(1)- La noticia del regreso del hijo de Keitel fue recogida en el periódico “Das Ostpreussenblatt” el 21 de enero de 1956 (concretamente en su página tercera, en el artículo que lleva por título “Alle nicht Amnestierten heimgekehrt” –“No todos los amnistiados han regresado”).
Una reproducción de dicho ejemplar puede ser consultada en internet:
http://archiv.preussische-allgemeine.de/1956/1956_01_21_03.pdf
(2)- Únicamente el mayor de los hijos varones de Keitel, Karl-Heinz, Sturmbannführer de las Waffen-SS, sobrevivió a la guerra.
(3)- “In the service of the Reich. The memoirs of Field-Marshal Keitel”. Edición de Walter Görlitz traducida por David Irving. Focal Point Publications. Londres, 2003. Pág. 87..- “In the service of the Reich. The memoirs of Field-Marshal Keitel”. Edición de Walter Görlitz traducida por David Irving. Focal Point Publications. Londres, 2003. Pág. 179.
(4)- Alfred-Rosenberg-Diary.pdf. Pág. 114 (apunte del 20 de julio de 1941).
Los diarios de Rosenberg se hallan irónicamente depositados en el Museo del Holocausto de Washington. La ironía no se debe tanto al hecho de que estén custodiados por los herederos intelectuales de sus archienemigos, sino por el dudoso papel jugado por dicha institución durante la delictiva y rocambolesca desaparición de los mismos (ver al respecto mi trabajo „El escándalo de los diarios de Rosenberg“).
Los diarios pueden ser consultados en la página web del Museo del Holocausto, aun cuando con la excusa de mostrarlos tal cual son, su lectura resulta algo así como una carrera de obstáculos. Tal vez en razón a que éstos no hagan la más mínima referencia al objeto mismo del museo (si como tal entendemos exterminios, cámaras de gas o matanzas).
Una compilación apta para su lectura se halla, entre otras, en la web del historiador británico David Irving (www.fpp.co.uk), la cual es la aquí utilizada.
(5)- El por entonces as de la Luftwaffe y posterior jefe de la aviación de caza, Adolf Galland, fue testigo de ello y lo relata en su libro “Los primeros y los últimos” (Luis de Caralt; Barcelona, 1974; pág. 132).
(6)- Wolfgang Zdral: “Die Hitlers”. Verlasgsgruppe Lubbe. Bergisch Gladbach, 2008. Pág. 140-5.
(7)- Die Tagebücher von Joseph Goebbels. Editados por Elke Fröhlich y el Instituto de Historia Contemporánea. K.G. Saur Verlag. Múnich, 1993. Parte II, tomo VII. Pág. 179 (apunte del 23 de enero de 1943).
(8).- Die Tagebücher von Joseph Goebbels. Editados por Elke Fröhlich y el Instituto de Historia Contemporánea. K.G. Saur Verlag. Múnich, 1993. Parte II, tomo VII. Pág. 179 (apunte del 23 de enero de 1943).
(9)- Aun cuando la Task Force Baum constituye una de las páginas menos gloriosas de la historia del ejército de los Estados Unidos, existe abundante información al respecto incluido un libro escrito por el propio Baum: “Raid!: The Untold Story of Patton's Secret Mission”. Dell Publishing. Nueva York, 2000.
En la red, además de la omnipresente Wikipedia, hay diversos artículos que tratan la operación en detalle. Uno de los más completos es el escrito por el investigador Richard Whitaker y publicado en la revista “Armor” en su número de septiembre/octubre de 1996, “Task Force Baum and the Hammelburg raid”:
http://www.benning.army.mil/armor/eARMOR/content/issues/1996/SEP_OCT/ArmorSeptemberOctober1996web.pdf

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